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2 de diciembre DE 2007 DOMINGO 1º DE ADVIENTO, CICLO A |
Por D. Juan Apecechea Perurena,
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PRIMER DOMINGO DE ADVIENTO
“Daos cuenta del momento en que vivís”
Esa exhortación de san Pablo a los cristianos de Roma es siempre oportuna, sobre todo, en este comienzo del tiempo de Adviento (Rom 13, 11). Es una llamada a discernir y aprovechar responsablemente una nueva oportunidad que Dios nos da. El Adviento es ante todo un tiempo de esperanza, fundada en la próxima venida del Salvador al mundo. En realidad, la liturgia cristiana recuerda y celebra tres venidas que se entrecruzan inseparablemente. Son como tres ramas del tronco de un árbol frondoso.
La primera venida tuvo lugar hace dos mil años. Pero apenas nadie se dio cuenta entonces de lo que había acontecido en Belén. Un niño había nacido; uno más entre tantos otros. Nadie sabía quién era. Sin embargo, calladamente había comenzado allá la nueva historia de la humanidad y del mundo.
La última venida, la parusía, tendrá lugar al final de los tiempos. Sobre ella habla Jesús frecuentemente, exhortando a todos a vivir vigilantes y sin perder de vista aquel acontecimiento fundamental. Es el tiempo de la suerte final. El momento de la verdad suprema .
“Velad y estad preparados”
Entre la primera y la última venida, la liturgia cristiana nos brinda la oportunidad de celebrar la venida de Jesús, el Salvador, en la fiesta de Navidad. No se trata de un simple recuerdo histórico del pasado. Es algo que acontece ahora realmente y trae el don de la paz y de la salvación a todos los hombres y mujeres de buena voluntad. ¿Qué se requiere para ello?
El Evangelio de hoy nos señala inicialmente el camino. No debemos estar como la mayoría de la gente antes del diluvio. Se limitaban a comer, beber y divertirse, de suerte que “creció la maldad en el mundo hasta el punto de que el Señor se arrepintió de haber creado al hombre” (Gen 6, 5-6). El Adviento es una urgente invitación cristiana a revisar el estado de nuestra vida moral y social. Una invitación “a desechar las obras de las tinieblas y a revestirnos con las armas de la luz” (Rom 13, 12).
El Adviento es un tiempo idoneo para alcanzar la paz interior y, de esa manera, hacer posible la paz social, “forjando arados con las espadas y podaderas con las lanzas” (Is 2, 4). Es una tarea que nos afecta y compromete a todos.
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