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16 de diciembre DE 2007 DOMINGO 3º DE ADVIENTO, CICLO A |
Por D. Juan Apecechea Perurena,
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Domingo III de Adviento
"Dichoso el que no se siente defraudado por mi"
Ésta es una de las muchas bienaventuranzas que Jesús proclamó. Aun en medio de las contrariedades humanas, Él se sentía siempre dichoso y se propuso mostrar a los demás los caminos de la verdadera felicidad. La bienaventuranza de hoy fue proclamada, cuando Juan Bautista mandó preguntar a Jesús sobre su identidad. Constantemente surgía entre la gente esta pregunta: ¿Quién es éste? Su personalidad, su palabra y sus acciones, suscitaban una viva curiosidad y, entre algunos, cierta inquietud.
Juan se sintió también movido a hacer esa misma pregunta. Seguramente estaba. Turbado por lo que oía hablar sobre Jesús y, tal vez, sumido en cierta crisis personal. Pensaba que aquél, a quien él había bautizado, tenía que emplear también un lenguaje de amenaza, castigo y condenación. Pero no era así.
La reacción de Jesús ante la pregunta de Juan fue sorprendente. No justificó su conducta con argumentos teóricos. Se limitó a recordar lo que él hacía en favor de los pobres y los enfermos: "Los ciegos ven, los leprosos quedan limpios (. . .) y a los pobres se les anuncia la buena noticia". Ese era su carné de identidad. Esa fue la entraña de su misión. Ese es el motivo de nuestra alegría. Jesús nunca defrauda.
"El desierto y el yermo se regocijarán"
El mensaje de la liturgia de hoy es precisamente la alegría. El mundo entero está invitado a sentir y pregonar esa alegría: "El páramo y la estepa florecerán y se alegrarán". Y se revela el motivo de la alegría: "Dios viene en persona y os salvará " (1s 35, 1-4). Dios es el fundamento de la verdadera alegría.
¿En qué ponemos nosotros generalmente nuestras alegrías? Es fácil adivinar mirando al mundo. ¿Pero cuál tiene que ser para un cristiano el motivo de su dicha? El Evangelio de hoy nos lo da a entender claramente. Jesús fue, sin duda, la persona más feliz que jamás ha existido y existirá. Y eso aun en los momentos de prueba y sufrimiento. La razón de ello fue porque Dios estaba con él y pasó su vida entera haciendo el bien. El camino más seguro y directo para ser dichosos y estar alegres es consolar a los demás, sobre todo, a los más necesitados. ¿Cuál es mi actitud personal? ¿Qué hago por los demás?
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