|
|
|
30 DE MARZO DE 2008 DOMINGO II DE PASCUA |
Por D. Juan Apecechea Perurena,
|
|
Domingo II de Pascua
Dichosos los que creen sin haber visto
Toda persona humana tiene el deseo innato de ser feliz y se afana en buscar la felicidad por todos los medios al alcance de su mano. ¿Pero qué felicidad? Con ocasión de la historia del apóstol santo Tomás, he aquí el sorprendente camino que el Evangelio nos propone para ser felices: creer en Cristo resucitado, aun sin haberlo visto. El motivo básico de la felicidad cristiana es, en efecto, la resurrección. Para ello es necesario tener una fe viva, personal, gozosa y comunicativa.
El caso de Tomás es una bella historia catequética sobre el proceso de su fe. No se había fiado del testimonio de sus compañeros al decirle que habían visto a Jesús: "Si no lo veo (...) no creeré". Necesitó experimentar y palpar personalmente la presencia viva de Jesús. Es entonces cuando se abrió al mundo de la fe y dijo convencido: "¡Señor mío y Dios mío!". Allá comenzó el camino de su verdadera dicha.
Una de las tareas más serias de la comunidad cristiana es poner todos los medios para que la fe de sus miembros no sea de carácter simplemente sociológico o rutinario. Debe ser una luz interior que nos impulsa a confiar y esperar en Cristo resucitado: "Por la resurrección de Jesucristo, Dios nos ha hecho nacer a una esperanza viva"(1P.1,3). En eso radica la verdadera felicidad.
Todos los creyentes vivían y lo tenían todo en común
La fe auténtica, con su dimensión trascendente, es también una fuerza operativa que nos abre el horizonte de un modo nuevo de vida y convivencia. Así sucedió entre los primeros cristianos, que empezaron a formar comunidades que llamaban la atención por su espíritu y coraje, nunca vistos hasta entonces.
Sus distintivos más notables eran estos: fidelidad a la enseñanza de los apóstoles, fundada en la verdad de la resurrección de Cristo; un modo de orar distinto, dirigiéndose a Dios como Padre; una unión efectiva entre sus miembros, compartiendo entre sí todos sus bienes; la fracción del pan, celebrada en común, alabando a Dios con alegría de corazón (Hch 2, 44-47)
Los cristianos de todos los tiempos deberíamos mantener siempre vivo el espíritu de aquellos primeros cristianos. Es una referencia histórica insoslayable, que habrá que adaptar, pero nunca olvidar.
|