13 DE ABRIL DE 2008

DOMINGO IV DE PASCUA

Por D. Juan Apecechea Perurena,
párroco de Arrarats, Erbiti, Gartzaron, Igoa y Orokieta

 

Domingo IV de Pascua

 

Yo soy la puerta

 

Las deliberaciones y disputas teológicas sobre la identidad personal de Jesucristo han

llenado muchas páginas de la historia del cristianismo. Ya en su tiempo, Jesús fue objeto de ásperas y apasionadas controversias entre la gente. Unos decían que era bueno; otros, por el contrario, le acusaban de embaucador y endemoniado (Jn 7, 12.20). En el contexto de estas controversias se sitúa lo que él dice hoy sobre sí mismo.

 

Para mostrar su identidad personal se sirve del símil del pastor y del rebaño. Pero el  punto central de la alegoría es hoy la puerta del redil. Critica duramente a los dirigentes del pueblo, considerándolos como ladrones que no entran al aprisco por la puerta, sino que lo asaltan turbando y maltratando a todo el rebaño.

 

Por contraste, Jesús afirma de sí mismo algo sorprendente que los irrita: "Yo soy la puerta". Estas palabras fueron, una vez más, causa de división entre unos y otros (Jn 10, 19-21). Mediante esta modesta imagen de la puerta, Jesús afirma de sí mismo algo que tiene un profundo sentido cristológico. Viene a decir que solamente él es el mediador de la salvación y la vida del rebaño (1 Tim 2, 5; Hch 4, 12). Sólo él es la puerta y el camino que nos lleva a Dios Padre: "Nadie puede ir al Padre, sino por mí" (Jn 14, 6). Es un tema central en el diálogo entre religiones, tan en boga actualmente.

 

¿Qué tenemos que hacer, hermanos?

 

La puerta de Jesús la tenemos siempre abierta para entrar por ella y disfrutar así de todos sus bienes. En nuestras manos está aceptar o no esos bienes libremente.

 

De poco nos servirá la puerta abierta de Jesús, si nos negamos a entrar por ella y damos preferencia a otras falsas puertas. ¿No será ese el error que demasiadas veces cometemos con nefastas consecuencias?

 

San Pedro reveló a los habitantes de Jerusalén la identidad de Jesús, diciéndoles que Dios había resucitado a Jesús y lo había constituido Señor y Mesías a quien ellos habían crucificado. Impresionados por sus palabras, se acercaron a él y le preguntaron: "¿Qué tenemos que hacer?" (Hch 2, 37). Esa misma es la pregunta que debemos hacer nosotros, con el fin de que Jesús sea realmente la puerta de la justicia, de la verdad y de la salvación.