|
|
|
10 DE FEBRERO DE 2008 DOMINGO PRIMERO DE CUARESMA |
Por D. Juan Apecechea Perurena,
|
|
Por un hombre entró el pecado en el mundo
· Destinar algún tiempo a la reflexión y sincera revisión de nuestra vida personal es saludable y beneficioso. Más que nunca lo es en un mundo en que el ajetreo febril y los ruidosos reclamos externos nos impiden entrar dentro de nosotros mismos. Esa es la oportunidad que nos ofrece el tiempo de la Cuaresma cristiana. Tratamos de encontrarnos a nosotros mismos, siguiendo y acompañando a Cristo en su itinerario hacia la muerte y la resurrección.
· El combate contra el pecado, en cuanto realidad hostil y destructiva que se hace presente de mil maneras en el corazón humano y en muchas realidades sociales, es un objetivo importante de nuestra hoja de ruta cuaresmal. Es oportuno, por eso, que la liturgia nos recuerde hoy aquel primer pecado, que fue el origen de los males de la humanidad (Gen 3, 1-7).
· Aquel pecado, por el que el hombre quiso endiosarse, fue el que ensombreció, violentó y desfiguró el proyecto original de la historia humana. Pero afortunadamente aquel fracaso fue subsanado y rectificado con creces por Cristo, el nuevo Adán: "Por la obediencia de uno solo, todos alcanzarán la salvación" (Rom 5, 19).
Jesús fue llevado al desierto por el Espíritu para ser tentado
· El relato de las tentaciones es como el preámbulo programático de la misión pública de Jesús. Mediante esta magnífica catequesis se nos revela la conciencia y la actitud mesiánicas de Jesús y, al mismo tiempo, la lucha denodada que a lo largo de su vida mantuvo para ser fiel a su misión.
· Un poco antes le había dicho a Juan Bautista que había venido a cumplir la voluntad de Dios (Mt 3, 15). No iba a ser fácil mantener ese propósito. Tuvo que hacer frente, en efecto, a muchos tentadores que pretendían desviarlo del verdadero camino. Entre ellos estuvieron a veces hasta sus propios discípulos.
· Las tentaciones de hoy son precisamente una imagen viva y un apretado anticipo de las falsas opciones que tuvo que rechazar para llevar a cabo su misión, a saber, la del pan o la opulencia, la de la gloria o éxito personal y, finalmente, la del poder humano. ¿No son, en último término, esas mismas las tentaciones que muchas veces desfiguran nuestra vida personal y la de toda la sociedad?
|