9 DE MARZO DE 2008

DOMINGO QUINTO DE CUARESMA

Por D. Juan Apecechea Perurena,
párroco de Arrarats, Erbiti, Gartzaron, Igoa y Orokieta

 

Yo soy la resurrección y la vida 

  • En otras dos ocasiones le vemos también sumándose conmovido al dolor de los familiares por la muerte de un ser querido. Y los consuela como solamente podía hacer, es decir, devolviendo la vida. Así lo hizo con el joven de y con la hija de Jairo (Lc 7, 11-16; 8,49-56). Su presencia hace que el luto se convierta en la fiesta de la vida.

  • Es en Betania cuando Jesús hace la declaración más sorprendente sobre su poder y su propia identidad personal: "Yo soy la resurrección y la vida". Nadie jamás había dicho cosa semejante.

  • Proclama de esta manera, que tiene poder sobre la muerte y que, efectivamente, ha venido "para que todos tengan vida y la tengan en plenitud" (Jn 10, 10).

 

El que cree en mi, aunque haya muerto, vivirá 

  • El milagro de Betania no es más que el velado anticipo de la resurrección del propio Jesús. Es, al mismo tiempo, signo y garantía de la resurrección de los que creen en él.  Para ello, en efecto, es imprescindible la luz de la fe. Siete veces aparece la palabra fe (pistis) en este pasaje evangélico (vv 15, 25, 26, 27, 40, 42, 45). Es en el corazón mismo del relato donde está situada precisamente la pregunta central de Jesús a Marta: “¿Crees esto?". Esa misma es la pregunta que hoy nos dirige a todos.  

  • Creemos firmemente que, por el bautismo, nuestra existencia quedó vinculada a Cristo y en su muerte y resurrección en orden a la vida eterna: "Si hemos muerto con Cristo, confiamos que viviremos también con él (…), la muerte ya no tiene dominio sobre (Rom 6, 8-9). El bautismo nos abre las puertas de la resurrección y de la nueva vida.  

  • Hemos nacido para vivir. Pero la muerte es una realidad que siempre nos turba e inquieta. Sólo la fe en la resurrección es capaz de llenar ese oscuro abismo y abrimos las puertas de la esperanza y de la dicha eterna.