17 DE FEBRERO DE 2008

DOMINGO SEGUNDO DE CUARESMA

Por D. Juan Apecechea Perurena,
párroco de Arrarats, Erbiti, Gartzaron, Igoa y Orokieta

 

Se transfiguró delante de ellos y su rostro resplandecía como el sol

 

Jesús eligió desde el principio el camino más duro para desempeñar su misión. Rechazó enérgicamente las tentaciones diabólicas en las que se le proponía la atrayente estrategia de los panes, del éxito personal y del poder temporal. Él eligió decididamente el camino arduo del servicio y de la cruz (Mt 4, 1-1 1). Pero sus discípulos se resistían a esa opción (Mt 16, 22).

 

Surgió una tensión interna en el grupo y Jesús tuvo que salir al paso de esa delicada situación. Se le ocurrió una táctica singular. Con los tres discípulos más relevantes se retiró a una montaña alta buscando calma y sosiego. Fue extraordinario lo que allá sucedió. No olvidarían nunca aquella experiencia (2 P 1, 16-18).

 

Un objetivo fundamental tiene el relato. El camino de la cruz no es, sin más, una marcha ciega hacia el abismo de la muerte, sino que está abierto a un horizonte de gloria y de felicidad. La transfiguración es, sin duda, el anticipo de la gloria definitiva de la resurrección. Por otra parte, se nos revela el misterio más hondo de la identidad de Jesús: "Éste es mi Hijo amado". Los discípulos comenzaron desde entonces a   comprender un poco mejor el camino de la cruz. Era la ruta hacia la nueva vida.

 

Sal de tu tierra y de la casa de tu padre hacia la tierra que yo te mostraré

 

En la convivencia, a veces un tanto difícil, entre Jesús y los discípulos, siempre está en juego el problema de la fe. Por eso la liturgia de hoy nos recuerda oportunamente la historia de Abraham (Gen 12, 1-4). Una fe total en Dios marcó la vida del patriarca. Dejó la patria y la casa de sus antepasados y se encaminó hacia una tierra desconocida. Confió plenamente en Dios.

 

Uno de los efectos positivos de la experiencia de la transfiguración fue el de clarificar y fortalecer la fe de los discípulos, aceptando el proyecto de Jesús. Para comprender y emprender el camino de la cruz y luego tener parte en el triunfo de Jesús es imprescindible una fe bien fundada y comprometida.

 

Lo que más daño hace al cristianismo no es la oposición de los enemigos. Es, más bien, la tibieza de la fe de muchos cristianos, que no se comprometen "a tomar parte en los árduos trabajos del Evangelio" (2 Tim 1, 8).