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18 DE MAYO DE 2008 DOMINGO OCTAVO TIEMPO ORDINARIO. LA SANTÍSIMA TRINIDAD. CICLO A |
Por D. Juan Apecechea Perurena,
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Santísima Trinidad
Tanto amó Dios al mundo, que le entregó a su Hijo único
La existencia y la naturaleza de Dios ha sido siempre uno de los graves problemas de la humanidad en todos los tiempos. Desde las más diversas culturas y religiones se ha querido dar respuesta al tema. La fiesta de la Santísima Trinidad, Padre, Hijo y Espíritu Santo, nos brinda hoy la oportunidad de acercarnos un poco más al misterio entrañable e inefable de Dios.
La invocación de la Santa Trinidad tiene una presencia viva en las expresiones más relevantes de la tradición cristiana como los sacramentos o la doxología de la oración litúrgica de la Iglesia. Es también el eje principal del Credo apostólico. Pero esta suprema verdad salvadora es poco sentida y vivida generalmente. La fiesta litúrgica de hoy nos abre las ventanas del misterio y nos invita a penetrar en su interior, como un espacio que nos pertenece y afecta profundamente.
El misterio de la Trinidad nos recuerda y manifiesta la doble dimensión de Dios, la de su unidad y su pluralidad. Sin necesidad de entrar en disquisiciones metafísicas, el evangelio nos ofrece una clave fundamental para penetrar en el misterio: "Tanto amó Dios al mundo, que le entregó a su Hijo único". La clave es el amor. El amor articula las relaciones entre las tres personas divinas, ya que "Dios es amor" (1 Jn 4, 8). Ese amor divino es la matriz de todo verdadero amor y modelo de una auténtica convivencia humana.
El que cree en Cristo no será condenado
¿Cómo podemos comprender de cerca y sentir ese misterio trascendente del amor divino? La respuesta es clara: reavivando y fortaleciendo nuestra fe en Cristo. Cuatro veces aparece el verbo "creer" en este breve texto.
¿Y qué se entiende por creer? Es, en último término, la virtud que nos capacita para conocer y apreciar el amor de Dios manifestado en Cristo e impulsado por el Espíritu. Sólo por la fe podemos penetrar en lo más profundo del misterio amoroso de Dios y participar de su vida.
La fiesta de hoy nos invita a emplear con más fe estas dos fórmulas "Gloria al Padre y al Hijo y al Espíritu Santo" y "en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo". Es una manera sencilla de vivir en comunión amorosa con el misterio de Dios.
Ya en los comienzos del cristianismo, y después a lo largo de la historia de la Iglesia, frecuentemente se ha planteado el problema de cómo entender y coordinar la relación y cooperación entre Cristo y el Espíritu Santo. Como dice un autor, el Espíritu Santo es Cristo resucitado viviendo personalmente entre nosotros. Uno y otro son imprescindibles para la edificación de la Iglesia.
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