24 DE FEBRERO DE 2008

DOMINGO TERCERO DE CUARESMA

Por D. Juan Apecechea Perurena,
párroco de Arrarats, Erbiti, Gartzaron, Igoa y Orokieta

 

El agua que yo le dé se convertirá en él en fuente de vida eterna

 

  El agua es en todas las culturas, antiguas y modernas, uno de los elementos básicos de la vida. Es señal de riqueza y bienestar. Sin ella la tierra sería un desierto fantasmagórico. Su escasez es un problema acuciante de vida o muerte. En el evangelio de hoy Jesús se sirve del símbolo del agua para hablar de una vida sorprendente, que solamente él puede dar.

 

  El diálogo entre Jesús y la mujer samaritana está lleno de ternura y profundidad. Resulta extraño ver a un judío hablar públicamente con una samaritana, ya que las relaciones entre ellos eran tensas y distantes. Pero Jesús mostró muchas veces su libertad de espíritu también en este delicado campo de la relación con los samaritanos. Superó todos los prejuicios existentes y procuró acercarse a todos.

 

  El diálogo dio sus frutos. Se le abrió un nuevo horizonte a aquella mujer. Descubrió que había otra agua trascendente y vivificadora, que podía saciar la sed para siempre. Comprendió también que el verdadero culto consiste en adorar a Dios “en espíritu y en verdad”. Su encuentro con Jesús le llevó finalmente a cambiar de vida y a ser testigo entusiasta del Mesías ante las gentes del pueblo. He ahí un hermoso itinerario de conversión.

 

Señor, dame de esa agua para que ya no tenga más sed

 

 En el agua viva revelada a la samaritana, la tradición cristiana ha visto siempre un símbolo bautismal. Jesús se sirvió de elementos naturales como el agua, el pan o el vino para abrir el horizonte salvífico de los sacramentos. Aquella mujer, que hasta entonces había relacionado el agua simplemente con el pozo de Sicar, de pronto ve en ella una nueva realidad, descubierta en su encuentro con Jesús. El agua nueva era el mismo Jesús.

 

  El sacramento del bautismo no es, como muchas veces sucede, un acto puntual o simple rito cultual que un día se celebró y quedó estancado en el olvido. Es un don de Dios que debe ser cuidado, activado y desarrollado con el fin de que produzca el fruto de una vida nueva.

 

  Pero, al igual que la samaritana, vivimos demasiado absorbidos por otras aguas y otros bienes y no valoramos el precioso don de la gracia bautismal. Revalorizar el bautismo es un buen compromiso cuaresmal.