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20 DE ABRIL DE 2008 DOMINGO V DE PASCUA |
Por D. Juan Apecechea Perurena,
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Domingo V de Pascua
Os llevaré conmigo, para que donde estoy yo estéis también vosotros
La cuestión del más allá es algo que ha inquietado siempre en todos los tiempos, culturas y religiones. De ese tema habla hoy Jesús empleando la imagen de un misterioso viaje. El final de su andadura en este mundo, viene a decir, no será la muerte, sino la vida. Irá a la casa de Dios Padre, el Dios de la vida. Ese encuentro será como un abrazo desbordante de vida y felicidad. Pero todo eso no es un privilegio exclusivo de él. También los demás estamos llamados a gozar de esa misma vida. Así lo promete Jesús: "Donde yo estoy estaréis también vosotros".
Además de la cuestión del más allá, y en estrecha relación con ella, Jesús plantea el tema del conocimiento de Dios. Con asombro de todos afirma que sólo conociéndole a él se puede conocer de verdad a Dios. Dice algo más sorprendente todavía: "Quien me ha visto a mí, ha visto al Padre". De esa manera nos revela el misterio más profundo de su propio ser. Dios ya no es una idea lejana o abstracta. Se ha hecho visible y palpable y convive con nosotros.
La eterna felicidad de Jesús consiste en su unión y comunión plena y definitiva con Dios Padre. También la nuestra. El verdadero cielo consiste en vivir en comunión con Dios Padre por medio de Cristo. No es sólo un ideal de futuro, sino una realidad presente.
Creed en Dios y creed también en mí.
Condición y fundamento ineludible de esa felicidad es la fe. Por eso tiene tanta importancia en el pasaje de hoy. Aparece seis veces (vv. 1.10.11.12). No es extraño que Jesús apremie a los discípulos a creer: "Creed en Dios y creed también en mí".
La fe cristiana no consiste, sin más, en creer en algo, sino en creer en Alguien. Es creer en la persona de Cristo, confiando plenamente en él. Sólo a la luz de esa fe se puede entender y aceptar, como absolutamente cierta, esta extraordinaria afirmación de Jesús: "Yo soy el camino, la verdad y la vida". Una fe auténtica está siempre iluminada y alimentada por la acción del Espíritu Santo.
La fe, por otra parte, no es un castillo o una fortaleza cerrada e inexpugnable. Es más bien un camino abierto, que nos lleva a vivir en comunión amorosa con Dios en Cristo y, así, en comunión viva también con los demás.
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