27 DE ABRIL DE 2008

DOMINGO VI DE PASCUA

Por D. Juan Apecechea Perurena,
párroco de Arrarats, Erbiti, Gartzaron, Igoa y Orokieta

 

Domingo VI de Pascua

 

No os dejaré huérfanos

 

La buena amistad es uno de los dones más gratificantes y satisfactorios de este mundo. Entre Jesús y sus discípulos había nacido una relación de amistad muy especial. Aunque fueron frecuentes sus diferencias y malos entendidos, la mutua estima entre ellos fue admirable: “Os llamaré amigos, porque os he dado a conocer todo lo que he oído a mi Padre” (Jn 15, 15). Es comprensible, por tanto, la desazón de los discípulos ante la despedida de Jesús, oyéndole decir que pronto dejarían de verlo.

  

¿Qué podían hacer sin Jesús? Llenar el vacío que dejaría entre ellos? ¿Iban a quedar desamparados? ¿Habría de quedar en la nada aquella hermosa aventura? ¡De ninguna manera! Por eso el Maestro quiso tranquilizar su ánimo desasosegado con estas palabras: “No os dejaré huérfanos; volveré a estar con vosotros” Pero ¿cómo hacerles comprender su presencia trascendente a través de la acción operativa del Espíritu?

 

Los primeros cristianos, al igual que los discípulos, echaron también de menos la falta de la presencia visible y palpable de Jesús. Recordaban y celebraban, sí, todos los signos y bienes espirituales que les había dejado. ¡Pero a él no le oían ni le veían! El trance de esa ausencia física de Jesús fue precisamente lo que suscitó y fortaleció la fe en la presencia viva y efectiva del Espíritu Santo.

 

Yo pediré al Padre que os dé otro Paráclito para que esté siempre con vosotros

 

Al Espíritu Santo se le da el nombre de Paráclito. Es, en efecto, aquél que siempre está próximo y dispuesto a proteger, ayudar y consolar. Su función fundamental es mantener y activar la presencia viva de Jesús. El Espíritu asegura y avala esa presencia, como fuente de vida nueva: “Seguiréis viéndome y viviréis, porque yo vivo”.

 

La acción del Espíritu nos capacita, además, para dar razón de nuestra fe y esperanza   cristiana ante el mundo: “Estad siempre dispuestos a dar razón de vuestra esperanza a todo el que os la pida” (1 P 3, 15).

 

En la Iglesia existen hoy día afortunadamente relevantes movimientos carismáticos que confiesan y proclaman la acción viva e inefable del Espíritu. A pesar de ello, existe en general un grave déficit de conciencia y convicción sobre su presencia real y eficacia operativa.