3 DE JUNIO DE 2007

DOMINGO DE LA SANTÍSIMA TRINIDAD, CICLO C

Por D. Félix García de Eulate,
párroco de San Miguel de Pamplona

 

GLORIA Y ALABANZA A DIOS.

Los misterios encuentran en la liturgia una expresión asequible. A través de fórmulas, símbolos y plegarias nos hacen atisbar su contenido profundo y sobre todo nos hacen participar de su acción eficaz para nuestra vida espiritual. Nos acercamos a los misterios, más que con elucubraciones mentales, con un acto de fe humilde y sincero y una vivencia concreta en la vida. El misterio de la Santísima Trinidad parece el más abstracto de todos. Nada hubiéramos conocido sobre cómo es Dios si Jesucristo no nos lo hubiera revelado. Produce en nuestra vida: alabanza, adoración, acción de gracias.  experiencia de amor, unidad, comunión y presencia santificadora.

 

ALABANZA

Toda la vida cristiana, desde el bautismo, está bajo la presencia de la Santísima Trinidad. Es la fuente de todos los demás misterios. Las celebraciones están marcadas por este misterio primordial. El cristiano, bautizado en el nombre de la Trinidad, está destinado a alabar a Dios durante toda su existencia. Prestará su voz a todas las criaturas de la creación para orar con el salmo 8: “Señor, Dios nuestro, ¡qué admirable es tu nombre en toda la tierra!”  La Eucaristía es toda ella una oración de alabanza y acción de gracias. Desde el himno del gloria hasta la gran doxología: “Por Cristo, con Él y en Él, a ti, Dios Padre omnipotente, en la unidad del Espíritu Santo, todo honor y toda gloria por los siglos de los siglos”. 

 

EXPERIENCIA DE AMOR

Esta oración sale del corazón agradecido de quien tiene en su vida una experiencia del amor de Dios. Dios es amor que se expande en unas relaciones misteriosas entre las tres divinas personas. Esta vida divina repercute en la vida del hombre, que es creado a su imagen y semejanza y participa del amor de Dios. Creerlo y experimentarlo es capacitarse para amar. Lo más grande e importante de la vida humana es el amor. La persona se plenifica y vive a fondo dando y recibiendo amor a imagen de Dios. Sólo así es feliz. Siempre que se ama como Jesucristo nos ha amado se tiene experiencia del amor de Dios.

 

PRESENCIA SANTIFICADORA

El Espíritu siempre actúa silenciosamente reorientando la historia hacia una mayor espiritualidad. Lo creemos firmemente, aunque el Espíritu trabaja normalmente con suavidad y lentitud, mientras nosotros queremos ver los efectos de la gracia con potencia e inmediatez. Descubrimos el amor sin medida de Trino en la creación, en la redención de su Hijo Jesucristo y en la acción santificadora del Espíritu Santo en nuestras almas. “El que me ama guardará mi palabra-dice Jesús- y mi Padre lo amará, y vendremos a él y haremos morada en él” (Jn 14,23). Creer en la Santísima Trinidad es sentirnos hijos del Padre, hermanos de Cristo y templos del Espíritu Santo. Dios habita en nuestro corazón. Hagamos nuestra hoy la oración de reconocimiento y alabanza a Dios de San Agustín,: “¡Tarde te amé, hermosura tan antigua y tan nueva, tarde te amé! Y ves que Tú estabas dentro de mí y yo fuera, y por fuera te buscaba”.