Cartas desde la fe |
FAMILIA HUMANA Y CRISTIANA
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En el domingo siguiente a la Navidad
celebramos los cristianos la fiesta de la Sda. Familia. En este día
recordamos la vida familiar de Jesucristo, sus relaciones con María y José,
su ambiente humano más íntimo y cercano, la maravilla de su crecimiento
humano como Hijo de Dios en el mundo. Este año,
en este día, 31 de diciembre, último día del año, vamos
celebraremos jubileo de las familias. Todas las familias
cristianas de Pamplona y alrededores, más los que queráis acudir del
resto de Navarra, estáis invitados a la Catedral, el domingo 31 de
diciembre, para ganar las gracias del jubileo, recibir el gran perdón de
Dios y pedir a Dios la fuerza espiritual necesaria para vivir vuestra vida
familiar como un itinerario de santidad y de apostolado. La fiesta litúrgica de la
Sagrada Familia nos ayuda a descubrir la grandeza de la familia. Ser
miembro de una familia es parte de nuestra humanidad y de nuestro ser
personal más íntimo. Nadie es hombre ni mujer como un globo flotante,
sin conexiones vitales y profundas con otras personas. Nacemos de otros,
compartimos la sangre y la vida con otros, estamos vitalmente ligados unos
a otros. El Hijo de Dios, para ser hombre
de verdad, nació de una mujer, vivió en una familia, mantuvo relaciones
de hijo con su madre María y relaciones de parentesco con José, su padre
adoptivo, y con sus
parientes, a quienes los evangelistas designan con el nombre genérico de
“hermanos”. La primera realidad humana
redimida, transformada, bendecida
y santificada por Jesús fue la familia, su propia familia, la vida y el
corazón de su madre María, la vida de José, las familias de los vecinos
y de los amigos que creyeron en El y lo acogieron en su casa. No podemos
imaginar el clima de aquella familia santa, el respeto, el amor y la
confianza, la solicitud de unos por otros, la piedad sincera y la serena
alegría de aquella casa. La vida de aquella familia santa es modelo y
aliciente para todas las familias cristianas. La fe y la experiencia,
confirmadas por las ciencias humanas, nos dicen que la familia, edificada
sobre el matrimonio estable entre varón y mujer, es el contexto propio y
adecuado para el nacimiento y el desarrollo de la persona humana. Estamos hechos de tal manera
que, para poder desplegar adecuadamente las virtualidades de nuestra
existencia, necesitamos venir a la vida en un clima de amor y de
acogimiento, no podemos crecer humanamente si no es en el seno de un
contexto de amor interpersonal íntimo y estable, a la vez masculino y
femenino, vertical y horizontal, con padres y hermanos,
en un clima de confianza, comprensión y aceptación, de
acogimiento y libertad. Sólo el amor variado y estable de la familia hace
posible la existencia humana en su natural plenitud y felicidad. Esta dimensión familiar de
nuestra existencia alcanza su máxima profundidad cuando veneramos juntos
al Dios del Cielo como Padre común. Viviendo en la presencia del Dios que
nos ama, el amor humano que nos sostiene y nos hace ser personas en
relación con los demás, se confirma y engrandece como respuesta al amor
fiel y universal de Dios que es Padre de todos. Presididas por el Padre común,
las familias se integran en una nueva familia más amplia, más honda, más
consistente. El mundo entero es familia, todos somos hermanos, las
diferencias se relativizan y diluyen, todos podemos llegar a ser adultos,
libres, responsables unos de otros, hermanos verdaderos, en esta familia
abierta y universal presidida y alimentada
por el Dios vivo y presente, Padre de todos. Esta visión humana y cristiana
de la familia descubre y facilita la posibilidad de renunciar a la propia
familia carnal para vivir desde la entrega total a Dios, la fraternidad
verdadera con los demás hombres y mujeres, en una vida de consagración
religiosa a Dios y a los hermanos, con el realismo, la efectividad y la
generosidad de un verdadero amor familiar, esponsal,
paternal y maternal, auténticamente fraterno y servicial.
Este esquema de vida, humano y
cristiano, profundamente reconfortante, se ve ahora duramente atacado por
otra concepción individualista y egoísta, donde por conservar la
libertad como único valor absoluto se renuncia al amor, a la convivencia
unión amorosa y estable, a la experiencia gozosa de la comunión
familiar. En el terreno de la familia y
del origen de la vida estamos asistiendo a una profunda regresión
cultural, religiosa y moral, que inexplicablemente nos quieren hacer
tragar como sinónimo de progreso. Comenzamos por sustituir el
verdadero matrimonio de amor pleno y definitivo entre varón y mujer, por
cualquier forma de convivencia entre dos personas, sin consideración de
sexo, sin valorar la estabilidad, y
por tanto sin valorar tampoco las posibilidades de fecundidad ni la
aptitud educativa de esas nuevas formas de familia, que no son familia o
lo son de forma muy precaria y deficiente.
Ya hay aquí un grave desconocimiento de lo que es el amor humano
en su auténtica hondura y en su natural y pleno desenvolvimiento. Se justifican las concepciones y
nacimientos manipulados, programados a encargo, sin necesidad de vivir el
misterio desbordante del amor humano como manantial de la vida. No sólo
se justifican teóricamente, sino que se favorecen prácticamente con unos
gastos económicos desmesurados y unos costes psicológicos y espirituales
incalculables. Si llegáramos a admitir como normal la actitud de quien
encarga un hijo imaginado a su gusto, ¿qué podrían sentir esos hijos al
saber que fueron construidos a encargo según el gusto de sus diseñadores?
El paso de padres verdaderos a compradores interesados desnaturaliza
totalmente la relación de paternidad y filiación. Se sustituye el amor
que recibe por el deseo que busca su satisfacción. El respeto debido a la
nueva persona que viene a la vida, obliga a respetar la forma natural de
la procreación y del nacimiento, en
la cual la persona es siempre un don, una sorpresa, un ser igual que
nosotros que nos viene gratuitamente, sin ninguna intervención dominante
ni manipuladora por parte de nadie. La familia humana, iluminada,
engrandecida, fortalecida por la iluminación cristiana y el espíritu
evangélico que es amor sin medida, es el hogar de la vida, la mejor
defensora de la vida, el gozo de la vida aceptada, compartida, protegida y
custodiada, desde la concepción hasta la muerte. Sin aborto, sin
manipulaciones genéticas, sin eutanasia. Fuera de esto crecen los
fantasmas del egoísmo y del miedo, de
la manipulación y de la muerte. El día 31, en la Catedral de Pamplona, a las doce del mediodía, rezaremos con alma, vida y corazón, para que las familias cristianas de Navarra vivan con fidelidad y felicidad su vocación de hogares de la vida, con amor fiel y perdurable, con hijos que ocupan y alegran la vida, con abuelos que acompañan y reciben el cariño que han merecido con el trabajo y el amor que nos han dado por adelantado. Ni la ciencia, ni la economía, ni la política, nada ni nadie nos puede quitar esta riqueza de la vida humana que es la familia “como Dios manda” y nuestro corazón necesita. Lo demás es soledad y quebranto. Sufrimiento para el corazón y cargas para la sociedad. Tristes consecuencias de un progreso hacia atrás, de unos graves errores históricos, culturales y religiosos que muchos no quieren reconocer. Todavía. Pamplona, 18 de diciembre del 2000
+ Fernando Sebastián Aguilar |