Homilía en la fiesta de San
Francisco Javier
Queridos hermanos sacerdotes concelebrantes
Excmo. Sr. Presidente y
Miembros del Gobierno Foral de Navarra,
Excmas. Autoridades nacionales y locales,
Hermanos y hermanas muy queridos en el Señor,
Un año más acudimos al Santuario de Javier para
celebrar con devota solemnidad
la fiesta de san Francisco Javier, Patrón de Navarra, y por eso mismo
intercesor en nuestras necesidades y modelo de vida para todos nosotros.En
una circunstancia como ésta parece congruente hacer estas dos cosas:
encomendarnos a Dios y renovar los compromisos fundamentales de nuestra
vida cristiana.
Acompañados por la memoria y la intercesión de
nuestro Santo Patrón, encomendamos a Dios los problemas y necesidades más
importantes de nuestra querida tierra navarra.
Pedimos por los ancianos y los enfermos, Por los que
no tienen trabajo, Por los matrimonios fracasados Por los niños sin
familia Por los pobres y necesitados, sean residentes, transeúntes o
inmigrantes, Por los angustiados, los descreídos, Los que han perdido la
esperanza y las ganas de vivir.
Pedimos también también por los jóvenes, Por las
nuevas familias, Por los empresarios y los trabajadores, Por los que
desempeñan la gestión de los asuntos públicos Y se ocupan de garantizar
el bien común, ya sea En los Ayuntamientos, en los Partidos políticos,
En la Administración o en el Gobierno.
La vida en este mundo es toda responsabilidad
nuestra, obra de nuestro propia diligencia y de nuestro trabajo, y es
también don de Dios que ilumina, suscita y purifica nuestros deseos,
orienta y fortalece nuestra voluntad, decisiones y deseos. Por eso hoy
pedimos con humildad y confianza que ilumine nuestra mente y fortalezca
nuestras decisiones en el camino del bien.
En el marco del Año Jubilar es también
obligado revisar nuestra vida, aclarar y fortalecer nuestra fe, examinar y
discernir nuestras actividades a la luz del Evangelio de Jesucristo.
Animado por este deseo, en sintonía con las enseñanzas y recomendaciones
del Santo Padre, quiero poner ante vuestra consideración algunos puntos
que me parecen especialmente importantes en estos momentos.
El primero es de carácter general: Estamos
viviendo en Navarra una época de profunda transformación económica,
demográfica, cultural y también religiosa y moral. En estos momentos de
cambio es preciso que los católicos sepamos mantener viva la estima teórica
y práctica de nuestro patrimonio espiritual, patrimonio de fe y de
espiritualidad, de comunión eclesial y de apertura a las necesidades de
la sociedad entera, patrimonio que es a la vez raíz viva y firme de
nuestra identidad histórica y cultural y estímulo vigoroso y sereno para
afrontar situaciones nuevas con sabiduría y responsabilidad.
Nuestra vida personal y familiar, nuestras
tradiciones populares y culturales están todas ellas impregnadas,
purificadas y enriquecidas por obra de una fe cristiana fuertemente
arraigada y vivida en el corazón de nuestros antepasados. Creemos en N.J.
Jesucristo como Hijo de Dios Salvador, que bajó del Cielo para
anunciarnos la Buena noticia del amor providente de Dios y las promesas de
la vida eterna. Creemos en un Dios Creador y Salvador, que ha puesto en nuestras manos las maravillas de esta
hermosa tierra amada y disfrutada por todos nosotros. Creemos en un Dios
Padre universal que nos enseña y ayuda con su Espíritu a vivir como
hermanos, aceptando el amor fraterno como norma universal y permanente de
vida.
Sería una pérdida irreparable para Navarra
que esta fe que ha sido como la osamenta de nuestra cultura y de nuestra
historia, dejara de ser fe viva y operante para generaciones futuras. Pérdida
especialmente grave y socialmente destructiva si este debilitamiento de la
fe religiosa y de la conciencia moral afecta a la comprensión y respeto
de la familia fundada sobre el matrimonio estable entre varón y mujer.
Sobre nosotros cristianos recae la gran responsabilidad de
transmitir a las nuevas generaciones este patrimonio a la vez religioso,
cultural y moral sobre el cual descansa la estabilidad y el bienestar
espiritual de nuestra sociedad.
Las familias, los centros educativos, las
mismas instituciones sociales, culturales y políticas que tienen algo que
ver con la juventud, las parroquias y todas las obras de Iglesia, cada uno
a su manera, según sus
propias competencias y con los métodos que le sean propios,
tenemos que hacer un gran esfuerzo para que nuestros jóvenes perciban,
asimilen y vivan el valor de la fe cristiana, la fecundidad humana de una
religiosidad sinceramente vivida, la riqueza y la calidad humana que
proporcionan las normas y principios de la moral cristiana en la vida
personal, familiar y social a quien las acoge con convencimiento y trata
de vivirlas con sinceridad y diligencia.
Nadie, ni las personas físicas, ni las instituciones privadas o públicas
deberían atreverse a transgredir las normas morales fundadas en la razón
y en la revelación de Dios, estas normas sagradas que rigen nuestra
convivencia y fundamentan nuestra sociedad. Nadie puede pretender ser
principio del bien y del mal. Todos debemos reconocer humildemente nuestra
condición de criaturas y buscar los caminos verdaderos del progreso, de
la justicia y de la paz en el acatamiento de las leyes de la naturaleza y
del Creador. El verdadero progreso no está en la trasgresión ni en la
mitificación de nuestra libertad, sino en el reconocimiento sensato de
las leyes objetivas inscritas en nuestra propia naturaleza, secundadas y
favorecidas con el despliegue de nuestras facultades y el buen uso de
nuestros recursos.
En este Día de Navarra, y en esta tierra bendita de
Javier, quiero también animaros a todos, seamos lo que seamos y
estemos donde estemos, a trabajar, desde
nuestra fe cristiana, por la eliminación del terrorismo, la distensión
de nuestra sociedad y la consolidación de nuestra convivencia.
Ante la dura ofensiva de atentados y amenazas con que
ETA nos presiona para someternos a sus pretensiones políticas e ideológicas,
nosotros, como cristianos, tenemos que comprometernos seriamente en la
extirpación del terrorismo y la consolidación de nuestra convivencia en
la justicia, en la libertad y en la paz.
La sensibilidad de una conciencia moral cristiana
bien esclarecida tiene que suscitar un rechazo neto y firme en toda la
sociedad navarra contra todo aquello que venga manchado por la violencia
utilizada como método de intimidación y sometimiento de la sociedad. No
hay razón política alguna que justifique el asesinato de ninguna
persona, de ningún ciudadano, de ningún vecino. Ninguna persona honesta
y de buen juicio moral puede apoyar o justificar estas actividades
terroristas.
Por eso mismo quiero llamar una vez más a quienes
recurren al asesinato y a la muerte como instrumento político, para que
renuncien definitivamente a estos métodos inhumanos, fruto de un odio
entre hermanos absolutamente gratuito e irracional, inducido y falsamente
justificado por unas teorías que han fracasado en todas partes y han
sembrado de miseria y de muerte cuantos
países han creído en ellas.
Todos nosotros, pero muy especialmente los cristianos
que tenéis responsabilidades políticas, estáis obligados a buscar este
bien prioritario de la seguridad y de la paz, por encima de cualquier otro
interés partidista. Hay que exigir a todas las instituciones sociales y
políticas que se alejen de ETA y de su estrategia de terror y de muerte.
Pero a la vez hay que reconocer que queda por delante un largo camino de
acercamiento y comunicación, para superar malentendidos, eliminar
sospechas, para identificar y valorar tantos elementos comunes de cultura
fruto de una larga y fecunda convivencia,
para garantizar los derechos de todos en un clima de verdad y de lealtad,
y así consolidar las bases de una convivencia sosegada, justa y
tranquila.
Todo esto puede parecer una tarea excesiva. En las
circunstancias presentes necesitamos confiar en Dios y confiar también
nosotros mismos. En un día como hoy os invito a recordar las palabras del
Señor:
Me ha sido dado todo poder en el Cielo y en la
tierra. Yo estoy con vosotros todos los días hasta el fin del mundo.
Confiado en esta palabra y en esta promesa del Señor,
Francisco de Javier se lanzó a la gran aventura de anunciar el evangelio
por los últimos confines del mundo entonces conocido. Y en esta decisión
encontró la posibilidad de desplegar y multiplicar la grandeza de su
personalidad humana y cristiana.
Ojalá escuchemos también nosotros la llamada del Señor,
una llamada que es a la vez exigencia de nuestra fe y por eso mismo la
gran ocasión de nuestra vida. Vivamos nuestra fe con sinceridad y
hondura, asumamos sin miedo y con entusiasmo esta gran responsabilidad de
transmitir a nuestros jóvenes en todo su esplendor y con todo su fuerza
vivificante la fe en el Dios de Jesucristo que nosotros recibimos de
nuestros padres, y pongamos todo el empeño en construir entre todos una
sociedad justa, una sociedad tranquila, donde nadie se sienta arrastrado
por la tentación del odio o de la violencia, donde nadie recurra a la
mentira o a la amenaza para dominar a los demás, donde haya sitio para
todos los que quieran vivir en paz, sobre el fundamento de nuestro
patrimonio social cristiano, este terreno sólido de la justicia, de la
libertad, del amor y de la paz.
La fe, la valentía y la generosidad de San
Francisco Javier nos iluminen y acompañen en esta empresa. El Dios de la
gracia y de la misericordia bendiga y proteja de todo mal esta hermosa
tierra navarra.
Pamplona, 2 de diciembre del 2000
+ Fernando Sebastián Aguilar
Arzobispo de Pamplona y Obispo de Tudela |