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Cartas desde la fe

 

HOMILÍAS EN LAS FIESTAS DE SAN SATURNINO Y SAN FRANCISCO JAVIER

Homilía en la Fiesta de San Saturnino, patrono de Pamplona

 

Ilmo Señor Deán Y M. Ilustres Capitulares De la S. I. Catedral metropolitana.

Excma. Sra. Alcaldesa e Ilustrísimo Ayuntamiento de la Ciudad de Pamplona, 

Pamploneses y pamplonesas, Hermanos y vecinos queridos Con el amor de N.S. Jesucristo

 Como cada año, venimos hoy a esta hermosa iglesia de San Cernin, cargada de historia, para honrar la memoria de nuestro Patrón San Saturnino y encomendarnos a su protección. En medio de las ocupaciones y los sobresaltos de la vida diaria, nos sentimos invitados a celebrar una fiesta verdadera. La fiesta incluye muchas cosas a la vez. Nos alegramos por  ser lo que somos y vivir donde vivimos, nos alegramos de vivir juntos y poder compartir alegremente nuestras cosas. . Estas fiestas de San Saturnino, en su último fundamento, nos invitan a alegrarnos por el hecho de haber recibido el evangelio de Jesucristo y haber conservado esta fe como forma y fortaleza interior de nuestra vida, base de nuestra cultura y nuestra unidad a lo largo de los siglos. .

 Al evocar la memoria de San Saturnino como primer evangelizador de esta Ciudad, estamos manifestando nuestra gratitud, nuestra conformidad y nuestra alegría por el hecho de haber nacido y crecido en la tradición cristiana. Las lecturas y oraciones de este día nos remiten a este acontecimiento original. San Saturnino, obispo de Toulouse, predicador itinerante del evangelio de Jesucristo, por él o por alguno de sus discípulos, anunció aquí las enseñanzas de Jesucristo y dejó para siempre en estas tierras el germen de la fe cristiana como un fermento profundo y vigoroso de humanidad, de igualdad, libertad y paz.

 Evangelizar es obra del Espíritu. San Pablo nos habla de la rectitud de intención del evangelizador,  del desinterés, la abnegación y la generosidad con la que hay que proceder en el anuncio del Evangelio, hasta estar dispuesto a entregar la propia persona y la propia vida en el servicio del Evangelio y para el bien de los hermanos. El fragmento del evangelio de Juan que hemos escuchado nos habla del resultado de esta evangelización: para ser cristiano hay que saber dejar atrás la vida y los gustos paganos, hay que seguir a Jesucristo y situarse en el mundo y en la sociedad con los mismos sentimientos de Cristo. Este es el gran salto progresista de nuestra historia y de nuestra vida personal.

 En aquellos tiempos remotos los discípulos de Jesús supieron ser evangelizadores. nosotros tenemos que serlo también hoy. Los cristianos de cada generación tenemos que ser capaces de transmitir a las nuevas generaciones el legado de fe y espiritualidad que nosotros mismos recibimos  de nuestros antecesores, de la Iglesia, de la tradición viva de los cristianos que nos precedieron.

 Afortunadamente la validez y la fecundidad de nuestra fe no depende de nuestro propio comportamiento. Creemos en N.J. Jesucristo que bajó del Cielo y nos anunció la verdad del amor de Dios y la seguridad de sus promesas de salvación y de vida eterna. Creemos en un Dios Creador y Salvador,  del que nos habló Jesucristo dejándonos signos elocuentes de su amor y de su misericordia. Creemos en un Dios Padre universal, ante el cual todos somos igualmente valiosos e importantes, un Dios que nos enseña y ayuda con su Espíritu a vivir como hermanos, aceptando el amor fraterno como norma universal y permanente de vida, en especial con los más necesitados, con los más débiles, con los más equivocados y desgraciados.

 Este mensaje tiene hoy una fuerte actualidad. No podemos quedarnos en las apariencias ni podemos ser cristianos de conveniencia. Necesitamos manifestar esta confirmación de nuestra fe porque hoy en materia religiosa nada es fácil ni se puede dar por supuesto. Lo necesitamos porque estamos entrando en una época cultural nueva, en la que para muchos la ciencia, la libertad, la madurez del hombre moderno, sólo se consiguen a costa de abandonar la fe religiosa y cristiana, con el riesgo evidente de vernos sometidos a los determinismos y a los poderes de este mundo.

 Necesitamos reafirmar y fortalecer nuestra fe porque vivimos tiempos de conflictos y de amenazas  que solamente podremos soportar y superar desde un planteamiento serio y coherente de nuestra fe. Es cierto que el terrorismo tiene que ser combatido desde muchas perspectivas y desde distintas consideraciones. Pero también es cierto que nuestra sociedad no podrá eliminar las causas profundas de la violencia sin unas convicciones morales claras, justas y firmes, compartidas y respetadas en la vida privada y pública, vividas por todos con sinceridad y firmeza.

Si las incorporamos plenamente a nuestra vida, nuestras convicciones cristianas nos proporcionarán claridad, unidad  y firmeza para condenar la violencia, para sufrirla y vencerla con magnanimidad y fortaleza, para vencer el odio y la ciega  crueldad de los asesinos con la grandeza de la justicia y de la libertad, con una autoridad ejercida con tanta humanidad como firmeza.

 Las duras circunstancias que estamos viviendo nos obligan a los cristianos, estemos donde estemos, a ser enteramente consecuentes con nuestra fe y con las convicciones morales que ella hace surgir en nuestros corazones. No basta con invocar la justicia y el derecho a la vida cuando somos nosotros los afectados. No seríamos justos si reclamando justicia para nosotros no la reclamásemos también para todos los demás. La moralidad es como los vasos comunicantes y no es sincera si no es completa. No es lógico pedir el derecho a la vida y a la vez abrir las puertas del aborto. No es lógico querer que los jóvenes crezcan con convicciones rectas y virtuosas y a la vez debilitar la verdadera familia asimilando el matrimonio y la familia edificada sobre un matrimonio estable con otras formas de convivencia que no tienen sus cualidades ni asumen tampoco sus mismas responsabilidades sociales. No es lógico pedir respeto y seguridad si dejamos a nuestros jóvenes sometidos a unas ideas y unos proyectos educativos que los adoctrinan para alimentar en ellos la intolerancia y el odio.

Perdemos autoridad moral frente al terrorismo cuando no somos consecuentes en la defensa de la vida contra la muerte, en la defensa del amor verdadero frente al egoísmo, en la defensa de la acogida y de la convivencia contra la discriminación y las marginaciones, en la defensa de la verdad y de los derechos humanos materiales y espirituales contra la mentira y la segregación. .

 Solamente viviendo nuestra fe cristiana con autenticidad y entusiasmo de los primeros cristianos, seremos capaces en las actuales circunstancias de transmitirla a las nuevas generaciones como un patrimonio de valioso vida, verdaderamente estimado y protegido porque es aceptado como una fuente de dignidad, de fraternidad y de paz.

 Nadie ni las personas físicas, ni las instituciones privadas o públicas debería atreverse a transgredir las normas morales fundadas en la razón y en la revelación de Dios, esas normas sagradas que rigen nuestra convivencia y fundamentan nuestra sociedad. Nadie puede pretender ser principio del bien y del mal. Todos debemos reconocer humildemente nuestra condición de creaturas y buscar en los caminos verdaderos de la justicia y de la paz en el acatamiento de las leyes de la naturaleza y del Creador. 

Estemos donde estemos y hagamos lo que hagamos, los cristianos tenemos que ser signos visibles de la presencia de Dios en el mundo, defensores de la justicia y constructores de la paz, testigos honestos y convincentes de la igualdad y de la fraternidad entre las personas y los pueblos, vencedores pacíficos de todos los odios, de todas las exclusiones, de todas las idolatrías y fanatismos. Somos herederos de evangelizadores y de mártires. Hoy tenemos que tener todos algo de lo uno y de lo otro. Nuestro Patrono San Saturnino nos dé el valor, la fortaleza y la gallardía de llegar hasta el final en la profesión de nuestra fe sin dejarnos vencer por el miedo ni por la desesperanza.

 Al terminar mis palabras quiero felicitar a todos los pamploneses representados por vosotros, a todos os invito a vivir alegremente este día y a vivir pacíficamente los trescientos sesenta y cinco días del año.

Quiero llamar una vez más a quienes recurren al asesinato y a la muerte como instrumento político, para que renuncien a estos métodos indignos de nuestra tradición cristiana y de cualquier tradición humanista y simplemente humana. Dirigentes y militantes de ETA, jóvenes navarros seducidos por el falso atractivo de la violencia, no os dejéis engañar por esas viejas ideologías de otros tiempos y de otras tierras, que pretenden justificar lo injustificable para hacer de vosotros no patriotas heroicos sino vulgares y crueles asesinos. Salid de las cárceles espirituales de la mentira y del odio,  dejad las armas, renunciad a matar y a atemorizar a vuestros vecinos,  salid a la luz del día y venid a convivir con todos y como todos,  todos somos hermanos, todos podemos ser amigos y buenos vecinos, venid a vivir pacíficamente en la pluralidad reconocida,  respetada, compartida y querida, venid a disfrutar los dones de Dios, en la libertad, en la justicia y en la paz.

 El espíritu de San Saturnino siga presente en medio de nosotros, nos ayude a conservar y vivir sinceramente la fe en Cristo y en el Dios vivo como fuente de progreso en la verdadera humanidad y en la paz sincera y consistente. Que la Madre santa de Jesús y Madre nuestra nos ayude a vivir como hermanos en esta hermosa tierra que Dios nos ha dado como casa de todos. Dios nos bendiga, que El nos libre de todo mal y conduzca hasta la vida eterna por los caminos de la justicia y de la paz.

 Pamplona, 29 de noviembre del 2000

+ Fernando Sebastián Aguilar
Arzobispo de Pamplona y Obispo de Tudela

 

Homilía en la fiesta de San Francisco Javier

Queridos hermanos sacerdotes concelebrantes

Excmo. Sr. Presidente y

Miembros del Gobierno Foral de Navarra,

Excmas. Autoridades nacionales y locales,

Hermanos y hermanas muy queridos en el Señor,

Un año más acudimos al Santuario de Javier para celebrar con devota  solemnidad la fiesta de san Francisco Javier, Patrón de Navarra, y por eso mismo intercesor en nuestras necesidades y modelo de vida para todos nosotros.En una circunstancia como ésta parece congruente hacer estas dos cosas: encomendarnos a Dios y renovar los compromisos fundamentales de nuestra vida cristiana.

Acompañados por la memoria y la intercesión de nuestro Santo Patrón, encomendamos a Dios los problemas y necesidades más importantes de nuestra querida tierra navarra. 

Pedimos por los ancianos y los enfermos, Por los que no tienen trabajo, Por los matrimonios fracasados Por los niños sin familia Por los pobres y necesitados, sean residentes, transeúntes o inmigrantes, Por los angustiados, los descreídos, Los que han perdido la esperanza y las ganas de vivir. 

Pedimos también también por los jóvenes, Por las nuevas familias, Por los empresarios y los trabajadores, Por los que desempeñan la gestión de los asuntos públicos Y se ocupan de garantizar el bien común, ya sea En los Ayuntamientos, en los Partidos políticos, En la Administración o en el Gobierno.

 La vida en este mundo es toda responsabilidad nuestra, obra de nuestro propia diligencia y de nuestro trabajo, y es también don de Dios que ilumina, suscita y purifica nuestros deseos, orienta y fortalece nuestra voluntad, decisiones y deseos. Por eso hoy pedimos con humildad y confianza que ilumine nuestra mente y fortalezca nuestras decisiones en el camino del bien.

 En el marco del Año Jubilar es también obligado revisar nuestra vida, aclarar y fortalecer nuestra fe, examinar y discernir nuestras actividades a la luz del Evangelio de Jesucristo. Animado por este deseo, en sintonía con las enseñanzas y recomendaciones del Santo Padre, quiero poner ante vuestra consideración algunos puntos que me parecen especialmente importantes en estos momentos.

 El primero es de carácter general: Estamos viviendo en Navarra una época de profunda transformación económica, demográfica, cultural y también religiosa y moral. En estos momentos de cambio es preciso que los católicos sepamos mantener viva la estima teórica y práctica de nuestro patrimonio espiritual, patrimonio de fe y de espiritualidad, de comunión eclesial y de apertura a las necesidades de la sociedad entera, patrimonio que es a la vez raíz viva y firme de nuestra identidad histórica y cultural y estímulo vigoroso y sereno para afrontar situaciones nuevas con sabiduría y responsabilidad.

 Nuestra vida personal y familiar, nuestras tradiciones populares y culturales están todas ellas impregnadas, purificadas y enriquecidas por obra de una fe cristiana fuertemente arraigada y vivida en el corazón de nuestros antepasados. Creemos en N.J. Jesucristo como Hijo de Dios Salvador, que bajó del Cielo para anunciarnos la Buena noticia del amor providente de Dios y las promesas de la vida eterna. Creemos en un Dios Creador y Salvador,  que ha puesto en nuestras manos las maravillas de esta hermosa tierra amada y disfrutada por todos nosotros. Creemos en un Dios Padre universal que nos enseña y ayuda con su Espíritu a vivir como hermanos, aceptando el amor fraterno como norma universal y permanente de vida.

 Sería una pérdida irreparable para Navarra que esta fe que ha sido como la osamenta de nuestra cultura y de nuestra historia, dejara de ser fe viva y operante para generaciones futuras. Pérdida especialmente grave y socialmente destructiva si este debilitamiento de la fe religiosa y de la conciencia moral afecta a la comprensión y respeto de la familia fundada sobre el matrimonio estable entre varón y mujer.  Sobre nosotros cristianos recae la gran responsabilidad de transmitir a las nuevas generaciones este patrimonio a la vez religioso, cultural y moral sobre el cual descansa la estabilidad y el bienestar espiritual de nuestra sociedad.

 Las familias, los centros educativos, las mismas instituciones sociales, culturales y políticas que tienen algo que ver con la juventud, las parroquias y todas las obras de Iglesia, cada uno a su manera,  según sus  propias competencias y con los métodos que le sean propios, tenemos que hacer un gran esfuerzo para que nuestros jóvenes perciban, asimilen y vivan el valor de la fe cristiana, la fecundidad humana de una religiosidad sinceramente vivida, la riqueza y la calidad humana que proporcionan las normas y principios de la moral cristiana en la vida personal, familiar y social a quien las acoge con convencimiento y trata de vivirlas con sinceridad y diligencia.

Nadie,  ni las personas físicas, ni las instituciones privadas o públicas deberían atreverse a transgredir las normas morales fundadas en la razón y en la revelación de Dios, estas normas sagradas que rigen nuestra convivencia y fundamentan nuestra sociedad. Nadie puede pretender ser principio del bien y del mal. Todos debemos reconocer humildemente nuestra condición de criaturas y buscar los caminos verdaderos del progreso, de la justicia y de la paz en el acatamiento de las leyes de la naturaleza y del Creador. El verdadero progreso no está en la trasgresión ni en la mitificación de nuestra libertad, sino en el reconocimiento sensato de las leyes objetivas inscritas en nuestra propia naturaleza, secundadas y favorecidas con el despliegue de nuestras facultades y el buen uso de nuestros recursos.

En este Día de Navarra, y en esta tierra bendita de Javier,  quiero también animaros a todos, seamos lo que seamos y estemos donde estemos, a trabajar,  desde nuestra fe cristiana, por la eliminación del terrorismo, la distensión de nuestra sociedad y la consolidación de nuestra convivencia. 

Ante la dura ofensiva de atentados y amenazas con que ETA nos presiona para someternos a sus pretensiones políticas e ideológicas, nosotros, como cristianos, tenemos que comprometernos seriamente en la extirpación del terrorismo y la consolidación de nuestra convivencia en la justicia, en la libertad y en la paz.

La sensibilidad de una conciencia moral cristiana bien esclarecida tiene que suscitar un rechazo neto y firme en toda la sociedad navarra contra todo aquello que venga manchado por la violencia utilizada como método de intimidación y sometimiento de la sociedad. No hay razón política alguna que justifique el asesinato de ninguna persona, de ningún ciudadano, de ningún vecino. Ninguna persona honesta y de buen juicio moral puede apoyar o justificar estas actividades terroristas. 

Por eso mismo quiero llamar una vez más a quienes recurren al asesinato y a la muerte como instrumento político, para que renuncien definitivamente a estos métodos inhumanos, fruto de un odio entre hermanos absolutamente gratuito e irracional, inducido y falsamente justificado por unas teorías que han fracasado en todas partes y han sembrado de miseria y de muerte  cuantos países han creído en ellas.

Todos nosotros, pero muy especialmente los cristianos que tenéis responsabilidades políticas, estáis obligados a buscar este bien prioritario de la seguridad y de la paz, por encima de cualquier otro interés partidista. Hay que exigir a todas las instituciones sociales y políticas que se alejen de ETA y de su estrategia de terror y de muerte. Pero a la vez hay que reconocer que queda por delante un largo camino de acercamiento y comunicación, para superar malentendidos, eliminar sospechas, para identificar y valorar tantos elementos comunes de cultura fruto de una larga y fecunda  convivencia, para garantizar los derechos de todos en un clima de verdad y de lealtad, y así consolidar las bases de una convivencia sosegada, justa y tranquila.

Todo esto puede parecer una tarea excesiva. En las circunstancias presentes necesitamos confiar en Dios y confiar también nosotros mismos. En un día como hoy os invito a recordar las palabras del Señor:

Me ha sido dado todo poder en el Cielo y en la tierra. Yo estoy con vosotros todos los días hasta el fin del mundo.

Confiado en esta palabra y en esta promesa del Señor, Francisco de Javier se lanzó a la gran aventura de anunciar el evangelio por los últimos confines del mundo entonces conocido. Y en esta decisión encontró la posibilidad de desplegar y multiplicar la grandeza de su personalidad humana y cristiana.

Ojalá escuchemos también nosotros la llamada del Señor, una llamada que es a la vez exigencia de nuestra fe y por eso mismo la gran ocasión de nuestra vida. Vivamos nuestra fe con sinceridad y hondura, asumamos sin miedo y con entusiasmo esta gran responsabilidad de transmitir a nuestros jóvenes en todo su esplendor y con todo su fuerza vivificante la fe en el Dios de Jesucristo que nosotros recibimos de nuestros padres, y pongamos todo el empeño en construir entre todos una sociedad justa, una sociedad tranquila, donde nadie se sienta arrastrado por la tentación del odio o de la violencia, donde nadie recurra a la mentira o a la amenaza para dominar a los demás, donde haya sitio para todos los que quieran vivir en paz, sobre el fundamento de nuestro patrimonio social cristiano, este terreno sólido de la justicia, de la libertad, del amor y de la paz.

 La fe, la valentía y la generosidad de San Francisco Javier nos iluminen y acompañen en esta empresa. El Dios de la gracia y de la misericordia bendiga y proteja de todo mal esta hermosa tierra navarra.

 

Pamplona, 2 de diciembre del 2000

+ Fernando Sebastián Aguilar
Arzobispo de Pamplona y Obispo de Tudela

 
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