Cartas desde la fe |
TODOS HACEMOS FALTA
Día de la Iglesia diocesana
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La vida dentro de la Iglesia tiene muchas cosas interesantes. Una de ellas, aunque parezca mentira es su permanente inacabamiento. La Iglesia es una realidad abierta, nunca acabada del todo, siempre amenazada y siempre renaciente, obra de cada día, débil porque está toda en nuestras manos y fuerte como una roca porque está asentada sobre la Verdad de Jesucristo y guiada por el Espíritu Santo. Hay personas que disfrutan subrayando nuestras
deficiencias y mucha gente de buena voluntad que reconoce con gratitud los
grandes servicios de la Iglesia a las causas más nobles de la humanidad,
en defensa de los derechos humanos, a favor de la paz y de la reconciliación
entre los pueblos, en la atención sincera y desinteresada a los pobres y
olvidados de la sociedad. No es presumir de nada. En la Iglesia sabemos bien
que todo lo bueno viene de Dios, de su presencia, de su misericordia, de
su bondad original. Sólo Dios es bueno, dice Jesús, y de su bondad,
manifestada, presente, operante, comunicativa, procede todo lo bueno que
sentimos, vivimos, lo mucho que queremos hacer y lo poco que realmente
hacemos. En estos tiempos tan activos, tan participativos, es
importantes que los católicos tengamos una idea lo más ajustada posible
de lo que es y de cómo es realmente la Iglesia. Es verdad que todos somos
Iglesia, es verdad que la hacemos entre todos, pero la hacemos en la
medida en que entramos de corazón en la iniciativa de Dios, en la tradición
histórica y en la trama real y concreta de la Iglesia tal como la quiso
Dios, como Cristo la inició y como nos llega de hecho a nosotros. La
fe católica de cada uno de nosotros comienza por ser la apropiación
personal de la fe de la Iglesia histórica, de la Iglesia real, la del
Papa y los Obispos en comunión con él, la fe histórica de los mártires
y de los santos que nos llega por el cauce de la Iglesia católica. Quien
prescinde de este componente radicalmente eclesial de la propia fe
personal, corre el peligro de despistarse gravemente. El Día de la Iglesia diocesana, en las Diócesis de
Pamplona y de Tudela, tiene que ser ante todo una afirmación explícita
de nuestra voluntad común de ser verdadera Iglesia católica, unidos y
fundidos en la Iglesia universal, con la Iglesia de Roma y todas las demás
Iglesias hermanas, sin fronteras, sin opciones ni construcciones
personalistas que nos aislarían y separarían de la sincera comunión
espiritual y visible, franca y expedita. Las reticencias
permanentes contra esta espontánea unidad católica son causa de
frustración y de amargura, semillas de esterilidad espiritual. A los sacerdotes, catequistas, padres y educadores
cristianos os sugiero que en este día de la Iglesia diocesana recéis el
Credo y el Padre nuestro de la Eucaristía con una expresa voluntad de
comunión universal, con el Papa, con los Obispos del mundo entero, con
los cristianos y cristianas de las demás Iglesias que, arraigados en
Cristo, formando parte de la única Iglesia, como en una familia
universal, viven en el mundo entero con sinceridad y alegría la única
vocación cristiana. Y así, con el corazón abierto a la catolicidad,
rezad también con amor y esperanza la
oración por nuestra Iglesia de Navarra. Sólo centrándonos en las grandes afirmaciones de la
fe, sólo dejándonos invadir por la vida y la espiritualidad de la
Iglesia universal, de la Iglesia de siempre, podremos llegar a sentir la
alegría de la unidad, de la solidez apostólica y de la grandiosidad católica
de la fe cristiana, sólo así tendremos el vigor y la decisión
que hacen falta para vivir de verdad cristianamente en el mundo de hoy.
Necesitamos la alegría de la unidad para responder con entusiasmo a las
exigencias del momento presente. En este espíritu, en este clima, con estas
convicciones, me atrevo a pedir vuestra ayuda para esta Iglesia católica
que cree y vive y sufre y sirve en Navarra. Esta Iglesia que quiere ser
fiel al Señor, fiel a su historia, fiel a las expectativas y a las
necesidades de las nuevas generaciones y de la Navarra del futuro. Todos sois necesarios. Sois necesarios los padres y
madres jóvenes para protagonizar y apoyar la educación cristiana de
vuestros hijos. Nadie podría suplir vuestro desinterés o vuestras
ausencias. Sois necesarios las personas mayores para poner en casa y en el
ambiente general de la sociedad ese toque indispensable de sabiduría y
templanza que sólo da la larga experiencia de la vida. Sois necesarios
los jóvenes con vuestra impaciencia, con vuestras críticas y exigencias,
con vuestra generosidad, con vuestros compromisos firmes y realistas para
el día de mañana. Y es también indispensable vuestra colaboración
generosa ofreciendo tiempo, trabajos, dedicación, ayudas económicas. Os
conviene saber que la Iglesia en Navarra tiene muchas más necesidades que
recursos. Hay que atender a los muchos sacerdotes ancianos y enfermos. Hay
que mantener dignamente conservadas las más de setecientas iglesias que
tenemos abiertas al culto. ¿Cómo hacer frente al coste de las nuevas
parroquias que hay que construir en los nuevos barrios de Pamplona? ¿Cómo
restauras las más de 500 iglesias de los pequeños pueblos de la cuenca o
de la montaña donde ya no hay suficientes vecinos para mantenerlas? Está
llegando el momento de un gran esfuerzo de colaboración y solidaridad. El
Gobierno Foral cada vez dedica menos dinero a estos asuntos. Nunca falta
alguien que empuje en esta dirección manejando con habilidad una
interpretación desfigurada de la no confesionalidad. De hecho cada vez
dependemos más de nosotros mismos, de nuestra colaboración y
generosidad, de los donativos ordinarios y extraordinarios de los católicos,
de las familias, de las empresas y comercios, de cuantos quieran apoyar y
favorecer la vida cristiana, el mantenimiento de la fe, la educación
cristiana de nuestra juventud, el vigor y la rectitud de nuestra vida
moral personal, familiar y social. A todos y
para todos, por cuanto hagáis, por vuestra fidelidad espiritual y vuestra
colaboración material, por vuestra vida y vuestras buenas obras, en el
sincero amor y la verdadera fraternidad de nuestra comunión espiritual en
Cristo y en la Iglesia, mi saludo, mi aliento, mi gratitud y mi afecto.
Con una grande esperanza. 12 de noviembre de 2000
+ Fernando Sebastián Aguilar |