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Cartas desde la fe

 

LAS INDULGENCIAS

 

La celebración del año jubilar ha puesto sobre la mesa la cuestión de las indulgencias. Algunos se preguntan sorprendidos ¿pero es que todavía se puede hablar con seriedad de las indulgencias? Ciertamente sí. El Papa nos invita a recuperar este aspecto de la vida cristiana, y esto para un buen católico tendría que ser suficiente.

Es cierto que en la historia de la Iglesia hubo graves abusos en torno a las indulgencias. Y es también verdad que hemos podido mantener una manera de hablar y de entender las cosas excesivamente ingenua y simplista.

Estas circunstancias nos piden el esfuerzo de recordar el verdadero significado de las indulgencias en la historia y en la vida de la Iglesia. Cosas que nos parecen difíciles de aceptar resultan llenas de sentido cuando las conocemos mejor. Esto es lo que ocurre con las indulgencias.

El inicio de la "indulgencia" en los primeros siglos de la Iglesia está relacionado con la forma de celebrar la penitencia sacramental en aquellos tiempos. Los pecadores arrepentidos, sobre todo los apóstatas, confesaban su pecado y manifestaban su deseo de reconciliación al Obispo o al presbítero. Como consecuencia de ello quedaban separados de la comunión, entraban en un régimen de penitencia durante algún tiempo, hasta que recibían la absolución de su pecado y eran admitidos de nuevo a la comunión eucarística.

Durante este período de penitencia exterior eran acompañados por la oración del Obispo y de la comunidad entera. A veces, en virtud de esta intercesión de la Iglesia, el Obispo acortaba el tiempo o el rigor de las penitencias impuestas a los penitentes, es decir, les concedía "indulgencia", sobre todo cuando había razones de edad, debilidad, o simplemente proximidad de la Pascua en la que se celebraba la reconciliación.

Esta indulgencia se concedía a los penitentes sobre todo cuando los cristianos "confesores" (los que confesaban su fe hasta el martirio) oraban por algún penitente conocido o especialmente relacionado con ellos. La Iglesia, el Obispo, reconociendo el valor de la intercesión de los mártires, consideraba que esta intercesión ayudaba al penitente a purificarse de sus pecados. La intercesión de un mártir podía conseguir la pureza del corazón del pecador arrepentido mejor que sus mismas obras de penitencia.

Es preciso tener en cuenta esta misteriosa comunión de los santos con nosotros y de nosotros con los santos, para comprender el verdadero significado de la indulgencia. El amor y la caridad, en la unidad del Espíritu santo, pueden hacer el milagro de que las obras buenas de unos nos alcancen de Dios la purificación completa de nuestro corazón, la purificación de los restos viciosos que dejan en nosotros los pecados, incluso después de haber sido perdonados.

Para comprender mejor la doctrina actual de la Iglesia tenemos que tener en cuenta una distinción fundamental. La esencia de los pecados es la culpa, la desobediencia, el desamor hacia Dios. Los pecados, en lo que tienen de culpa y de negación del amor y de la obediencia a Dios, sólo se perdonan en virtud de la Pasión y Muerte de Cristo por los sacramentos del bautismo o de la penitencia recibidos en las condiciones debidas.

Pero estos pecados, aun después de perdonados, dejan en nuestro corazón un rastro de malos recuerdos y sentimientos que nos pueden atraer de nuevo hacia el mal y en cualquier caso nos dificultan la concentración de nuestra vida en el camino del bien, del amor a Dios y del prójimo. Estas consecuencias del pecado requieren un tiempo de purificación, con el penoso esfuerzo para mantenerse y avanzar en el camino del bien. Si esta purificación no se hace en esta vida, se tendrá que hacer después de la muerte, antes de entrar plenamente en el gozo de la vida eterna, en ese estado transitorio que llamamos Purgatorio.

Tal como se viven ahora estas cosas en la Iglesia, la indulgencia es la aplicación de la intercesión de los santos, de la Virgen María y del mismo Jesucristo, para ayudarnos a purificar nuestros corazones de estas malas reliquias que los pecados cometidos han dejado en nuestro corazón. Así lo explica el Catecismo de la Iglesia Católica en sus números 1471-1479.

Ganar la indulgencia del jubileo significa, por tanto, dejarse llevar por esta intercesión espiritual de la Iglesia, Como una oleada de amor y santidad, para purificarnos de las reliquias de los pecados cometidos y recuperar la pureza del corazón, la completa purificación de los sentimientos desordenados, el ajuste de nuestros afectos según el orden de las cosas querido por Dios.

El Papa, en la Bula de convocatoria del Gran Jubileo del Año 2000, lo explica así:

"el perdón, concedido de forma gratuita por Dios, implica como consecuencia un cambio real de vida, una progresiva eliminación del mal interior, una renovación de la propia existencia. El acto sacramental debía estar unido a un acto existencial, con una purificación real de la culpa, que precisamente se llama penitencia. La reconciliación con Dios no excluye la permanencia de algunas consecuencias del pecado, de las cuales es necesario purificarse." Con la indulgencia, entendida como un "don total de la misericordia de Dios", se perdona al pecador arrepentido la pena temporal por los pecados que fueron ya perdonados en cuanto a la culpa" Es decir, con la indulgencia se nos ayuda a purificar las consecuencias que quedan en nuestro corazón de los pecados ya perdonados, por los cuales tendríamos que hacer penitencia o tendremos que tener un tiempo de purificación después de la muerte. Gracias a la intercesión de los santos y la mediación de la Iglesia a favor nuestro, ..."se establece un maravilloso intercambio..." Nosotros recibimos la ayuda de los santos, y nosotros con nuestro amor y nuestras obras buenas podemos también ayudar a otros hermanos a purificarse interiormente. Este es el admirable "tesoro espiritual" de la Iglesia del que todos podemos ser beneficiarios por la fe y por el amor.

De este modo podemos entender mejor lo que significa la invitación a ganar la indulgencia del Jubileo. El Papa, en atención a la misericordia de Dios, la oración de Cristo y la intercesión de los santos, nos invita a entrar en este torrente de amor y de santidad que es el caudal espiritual de la Iglesia, para que en comunión con los santos purifiquemos nuestro corazón, rompamos las dependencias que nos atan a los pecados del pasado, y caminemos con gozo por el camino de la santidad.

Ojalá el recuerdo de estas realidades misteriosas de la vida eclesial, demasiado olvidadas en estos últimos años, nos anime a proclamar y vivir con humildad y gratitud este gran DON DE LA INDULGENCIA, don de la misericordia de Dios, del amor fraterno de los santos y de la solicitud maternal de la Iglesia santa. Será un buen ejercicio de fe y una fuente de renovación espiritual. La Virgen María, toda santa, nos acompañe en este camino de purificación y de santificación.

Fernando Sebastián Aguilar
Arzobispo de Pamplona y Obispo de Tudela

 
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