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Cartas desde la fe

 

REPARTIR EL PAN DE LA VIDA

(Carta pastoral ante las Javieradas)

 

Javieradas: Repartir el pan de la vida

Desde las primeras semanas del año comenzamos a prepararnos para peregrinar a Javier. Tenemos que estar en forma, con el cuerpo y el alma a punto. Las Javieradas de este año tienen que ser sonadas. Es el año 2000. El Año del Gran Jubileo del nacimiento de Jesús. Ese Jesús que iluminó y llenó la vida de Francisco de Javier. ¿Cómo viviría él este Jubileo?

En este año Dos Mil el Papa nos pide a los cristianos que vivamos con especial atención al misterio de la Eucaristía, de este sacramento que realiza la maravilla de conservar y multiplicar la presencia de Jesucristo en el mundo, la presencia de su ofrecimiento por el perdón de los pecados y la salvación de todos nosotros.

Por eso el lema de este año es así: "En Javier partiremos el pan por la vida del mundo". Es evidente que nos referimos al Pan de la Eucaristía, ese pan transformado por el Espíritu de Dios en el cuerpo de Cristo, en Cristo mismo, ofrecido en la Cruz por la reconciliación universal, por la reconciliación de cada uno de nosotros con nuestro Padre Dios y con todos nuestros hermanos, los de lejos y los de cerca.

Vamos a Javier a vivir esta maravilla de la Eucaristía con la fe y el fervor de Javier. Tendremos que llegar con el corazón limpio, habiendo recibido el sacramento de la penitencia y del perdón, si es necesario. En esos momentos queremos sentir el gozo y la gratitud de los mejores cristianos, todos en torno al Cristo generoso de la Cruz, al Cristo vencedor del pecado y de la muerte, al Cristo de la piedad, de la reconciliación y de la paz.

En este Año Jubilar nuestra peregrinación a Javier tiene que tener estos tres sentimientos fundamentales:

1º. Sentir vivamente la suerte de ser cristiano agradeciéndole a Dios y a nuestra Iglesia cercana el don espiritual de la fe;

2º. Avivar y renovar nuestra vida espiritual, arrepentirnos de los pecados, confesarnos, organizar nuestra vida de acuerdo con las exigencias de la fe y los sentimientos de nuestras conciencia cristiana;

3º. Comprometernos a hacer algunas cosas concretas en la línea de la solidaridad, de la ayuda al prójimo necesitado, de la reconciliación, del apostolado.

Sin un esfuerzo para hacer algo concreto en estas tres cosas no viviríamos de verdad la peculiaridad de estas fechas. Por eso mismo la Eucaristía de Javier tiene que ser especial, un canto de gratitud y de alabanza al Cristo en el año Dos Mil de su aventura humana, una renovación de nuestra fe en Él y nuestro compromiso de fidelidad y de obediencia, un punto de partida para acercarnos a nuestros hermanos necesitados y anunciarles con buenas obras y palabras sinceras la gran esperanza del Evangelio.

Las Javieradas de este año Dos Mil tienen que tener una particularidad, han de ser Javieradas de ida y vuelta, Javieradas con una vuelta comprometida. Que cada uno vuelva a casa y a la vida de cada día con el corazón alegres y el compromiso personal de ser mejor, de tener más en cuenta a Dios en la vida de cada día, con el deseo sincero de ser discípulos de Jesús, viviendo y anunciando el Evangelio de la gracia de Dios y de la salvación en los ambientes reales y verdaderos de nuestra vida. Con ilusión sin miedos ni respetos humanos, con la seguridad de tener algo importante entre las manos, con el valor y la fuerza de Javier.

Cada vez más, Javier tiene que ser un modelo de vida para los cristianos navarros, para los jóvenes, para las familias, para todos los que quieran formar parte de una Iglesia vigorosa y rejuvenecida que se pone en pie para entrar en el siglo XXI con la luz de la fe bien encendida y el corazón puesto en la gran esperanza de la vida eterna. Esta es la meta y todo lo demás es camino. La paz, la reconciliación, el apostolado, la ayuda a los necesitados, todo es camino hacia el encuentro con Dios y con los hermanos en el abrazo final de la vida eterna, con el amor infinito del Espíritu Santo.

Esta es la gran lección que año tras año nos recuerda el santo misionero de Javier, el gran amigo de Jesús, este gran navarro que queremos que sea nuestro modelo; Él fortalecía su fe y alimentaba sus grandes deseos con el Pan de la Eucaristía, con el Cuerpo y la Sangre de Cristo, con el Alma y la vida personal de Jesucristo que le entraban en el corazón cuando comulgaba en la Misa de cada mañana.

Si no tenemos cristianos que se alimenten espiritualmente en el encuentro con Cristo de las Eucaristías de cada día o de cada semana, no habrá jóvenes cristianos que pregonen con gallardía la actualidad de Jesucristo, ni familias cristianas que tengan hijos y los eduquen cristianamente, ni ancianos sabios y ejemplares. En una palabra, sin Eucaristía vivida no hay cristianos y sin cristianos no hay Iglesia presente en el mundo. Si en Navarra llegáramos a perder este encuentro vivificador de la Eucaristía de los domingos terminaríamos siendo un país pagano, oscuro, comido por el egoísmo y la desesperanza. Sin Iglesia no puede haber vida humana iluminada, purificada, liberada de las esclavitudes de este mundo.

Esto es lo que de ninguna manera queremos para Navarra. Por eso vamos a Javier, con fuerza, con convicción, a rezar, a fortalecer nuestra fe, a hacer penitencia de nuestros pecados, a meditar en la soledad de los caminos, a partir el Pan de la Eucaristía y a renovar nuestros corazones para volver a la vida real con la claridad de los testigos y el entusiasmo de los apóstoles.

Éstos son nuestros deseos y ésta tiene que ser nuestra oración. Con esta ambición y esta esperanza iremos a Javier, por todos los caminos de Navarra, buscando el espíritu de Javier. La Virgen María que está siempre a nuestro lado como una madre cuidadosa y solícita, nos ayudará espiritualmente para que entremos de verdad en este mundo de la gracia de Dios y de la renovación espiritual y apostólica.

 Fernando Sebastián Aguilar
Arzobispo de Pamplona y Obispo de Tudela

 
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