Cartas desde la fe |
JÓVENES EN ROMA
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No se reúnen cada día dos millones de jóvenes. Ni en Roma ni en ninguna parte. La celebración en Roma del Jubileo de los jóvenes, del 15 al 21 de agosto, respondiendo a la convocatoria del Papa, ha sido un acontecimiento de significación histórica y mundial. Hemos visto jóvenes de 160 países. Había europeos, americanos del Norte, del Centro y del Sur, africanos, asiáticos, de todos los colores, de todas las culturas. Ellos se sentían unidos y hermanados por la fe en Jesucristo y por su confianza en el Sucesor de Pedro. La cercanía y la unidad eran más fuertes que las diferencias geográficas, culturales, sociales, políticas y hasta militares. El Papa dio la paz a 30 jóvenes de otros tantos países en guerra, algunos de ellos directamente enfrentados. Allí estaba a la vista la capacidad de la fe cristiana para unificar la humanidad y hacer del mundo una verdadera familia pacificada y fraterna. Más de una vez pensé yo con tristeza en nuestras divisiones y conflictos, tan estrechos. Quiero ofrecer a los jóvenes cristianos de Navarra, a sus padres y educadores, a los sacerdotes de nuestras parroquias un testimonio personal de lo que hemos vivido durante estos días y de la interpretación o valoración que me merece este acontecimiento. Por lo pronto hay que quitarse la idea de que los "Papa-boys", como les llaman algunos despectivamente, son niños de papá, o gente rara, jóvenes cobardes, reprimidos o inadaptados. Simplemente, no es verdad. Digan lo que digan los columnistas o los informativos sectarios y manipuladores. Hay que estar allí y ver la realidad. Los que fueron de Navarra, de España y del mundo entero eran chicos y chicas sanos, alegres, expresivos, admirablemente libres y contentos. Algunos pudieron ir un poco despistados, a ver lo que pasaba. Pero la inmensa mayoría iban muy claramente atraídos por una única promesa, una única esperanza: Recibir en las Jornadas una aclaración y una confirmación de su fe cristiana. Todos ellos eran cristianos, la mayoría de ellos cristianos claros y decididos. En el encuentro con el Papa, en el baño de universalidad juvenil y cristiana, en los tiempos fuertes de oración, buscaban una mayor claridad y una mayor firmeza en su fe y en su vida cristiana. Porque tienen el convencimiento de que esta fe y la propuesta de vida que lleva consigo les ayudan sobremanera a crecer como personas, a aclararse en su vida y sus proyectos, a sentirse a gusto en el mundo como hijos de Dios, a afrontar el futuro con generosidad y esperanza. El ambiente resulta exigente y hasta duro. Los viajes se hacen en condiciones dignas pero elementales, baratas, sacrificadas. Los alojamientos son también baratos, a veces claramente incómodos. Los horarios, los medios de locomoción, las comidas, todo exige de los chicos unos comportamientos abnegados, sobrios, fuertes, sin blandenguerías ni caprichos de ninguna clase. Y lo superan todo con elegancia y naturalidad, porque creen en la causa, porque todo ello forma parte de un estilo de vida nuevo y diferente que les gusta, que les convence, que les ayuda a ser mejores y a vivir con más alegría. El mensaje de estas Jornadas ha sido simplemente Jesucristo. Jesucristo presentado a las claras como don de Dios a los hombres, a cada uno de nosotros, como camino y programa viviente de vida. Este ha sido el tema central de las tres admirables homilías que el Papa les dedicó, y éste el centro de las tres catequesis que les ofrecimos en diferentes lenguas en casi un centenar de puntos diferentes. Además de eso el Vía Crucis, la peregrinación del Jubileo, los encuentros locales y personales, el clima general de confianza y alegría. Todo centrado en la persona de Cristo como don de Dios y fuente de vida verdadera. En las Jornadas los jóvenes se encuentran con tres elementos decisivos. El primero es la distancia, la ruptura de los moldes y de las imposiciones ambientales de la vida ordinaria, Los chicos se sienten libres para expresarse religiosamente, cosa que en sus ambientes ordinarios no siempre encuentran. El segundo es la persona y el testimonio del Papa. Es posible que a veces no le entiendan, entre otras cosas por las dificultades de la lengua. Pero le quieren y se sienten queridos. Ellos saben que el Papa les habla con amor y sinceridad de aquello que él mismo vive. Y eso basta para crear una corriente de profunda comunicación y de simpatía que a los chicos les hace vibrar y acoger con confianza los mensajes más exigentes del Papa. Y en tercer lugar, el impacto de la universalidad. En el número y la variedad increíble de los jóvenes participantes, nuestros jóvenes ven la fuerza del Evangelio, la pujanza de la llamada de Jesucristo en el mundo de hoy, la verdad y la importancia de la fe en Dios en el momento presente, la superioridad y la victoria de la fe en el Dios de Jesucristo sobre las culturas materialistas y ateas. Este baño de universalidad les conforta y les anima extraordinariamente. Los largos tiempos dedicados a los testimonios personales favorecen esta experiencia.. En resumidas cuentas, yo me felicito de que en Navarra se haya hecho ya normal la asistencia de un grupo numeroso y creciente de jóvenes cristianos a estos encuentros. Estoy seguro de que estos encuentros nos ofrecen una ayuda importante para creer en la vigencia del evangelio de Jesús y para anunciárselo con fuerza y claridad a nuestros jóvenes. No creo que los escépticos puedan mostrarnos algo mejor. Cuantos hemos estado en Roma tenemos el compromiso de continuar, cada uno en su sitio y a su manera, en el camino de la fidelidad y del apostolado. Los jóvenes han vuelto fuertemente motivados y decididos. El grupo de sacerdotes jóvenes y religiosos que asistieron, los seminaristas, catequistas y monitores no son los que menos han aprendido y recibido. Yo hubiera deseados ver allí más sacerdotes y más catequistas. Desde ahora comenzaremos a preparar el viaje a Toronto. Con una participación más organizada y representativa, con una preparación mejor pensada y más exigente. La asistencia a estos encuentros puede ser, está ya siendo, una ayuda importante para apoyar y lanzar una acción de evangelización y vida cristiana entre los jóvenes navarros que actualmente no tenemos, o que existe muy exiguamente. Por fidelidad a nuestra fe cristiana, por amor a nuestros jóvenes, por el bien de Navarra entera, hemos de empeñarnos en presentar a nuestra juventud de forma auténtica, vigorosa y convincente el rostro de Jesucristo, la amable noticia del Dios Padre, la promesa estimulante de la vida eterna. Como lo hace el Papa, como lo hemos vivido en Roma, como queremos hacerlo en Navarra urgentemente. + Fernando Sebastián Aguilar |