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Cartas desde la fe

 

ANTE DOS LIBROS RECIENTES

 

El Concilio Vaticano II enseña que una de las principales funciones de los Obispos es anunciar el Evangelio y ser maestros auténticos de la fe con la autoridad de Jesucristo. Ellos tienen la obligación de presentar al Pueblo de Dios la fe que hay que creer, y cuando la enseñan en comunión con el Romano Pontífice merecen el respeto de todos como testigos de la fe católica y apostólica (Cf. Lumen Gentium, n.25).

La Iglesia reconoce ampliamente la libertad y necesidad de la investigación teológica. Pero cuando se trata, como en este caso, de libros de divulgación, dirigidos a la animación de la actividad pastoral, es preciso exigirles el respeto a la autoridad de quienes presiden la comunidad eclesial y a las normas que rigen en cada caso la vida y las actuaciones oficiales de la Iglesia.

En virtud de las obligaciones que lleva consigo el ministerio episcopal me veo obligado a advertir a los fieles católicos de Navarra en contra de algunas inexactitudes y sugerencias muy discutibles contenidas en un par de libros publicados recientemente entre nosotros.

Me refiero en primer lugar al libro "La Eucaristía ¿privilegio del clero o derecho de la comunidad?". En esta obra, junto con buenos deseos por el bien espiritual de las comunidades cristianas, se expresan algunas conclusiones contrarias a las disposiciones de la Iglesia.

Según el autor, la Eucaristía es undon de Dios a la Comunidad cristiana, no precisamente a la Jerarquía. Esto, bien entendido, es cierto. Pero en el libro no se tiene suficientemente en cuenta que la verdadera comunidad cristiana incluye la presidencia del Obispo o del Presbítero que la preside en nombre de aquél. No es correcto contraponer la Comunidad a su Presidente, porque éste forma siempre parte de la verdadera comunidad cristiana.

El origen de la confusión está en el concepto de Iglesia que se maneja, excesivamente sociológico y populista, que confunde la verdadera comunidad cristiana con un simple grupo de cristianos. No se tiene en cuenta la verdadera naturaleza de la Iglesia, ni el verdadero origen cristiano del ministerio ordenado de los Obispos y Presbíteros como presidentes de la Comunidad en nombre de Cristo y ministros insustituíbles de la Eucaristía.

Más tarde la Editorial Verbo Divino ha publicado el libro "Para celebrar el sacramento de la Penitencia". Este libro está compuesto por unos cuantos estudios de diferentes autores. Junto a algunos trabajos correctos y aceptables, hay otros que contienen duras críticas gratuitas a algunos usos actuales o pasados de la Iglesia. En el conjunto de la obra se advierte una clara selección de sus afirmaciones en orden a desprestigiar la confesión personal y recomendar la celebración del sacramento de la Penitencia mediante la absolución general sin confesión personal de los pecados.

Sin entrar aquí en discusiones técnicas, quiero llamar la atención sobre un punto fundamental ya propuesto en otras ocasiones. Solamente la autoridad suprema de la Iglesia católica puede interpretar y fijar auténticamente la composición de los símbolos sacramentales en sus elementos necesarios y suficientes. En el caso del sacramento de la Penitencia es evidente que hoy la Iglesia exige la confesión personal de los pecados como parte del sacramento, y sólo admite la absolución general sin confesión previa de los pecados graves como forma extraordinaria del sacramento, en casos de necesidad, con la obligación de confesar los pecados lo antes posible, siempre antes de recibir otra vez la absolución general.

De lo cual se deduce claramente que hoy no es lícito a nadie celebrar el sacramento de la Penitencia mediante el recurso a la absolución general como forma ordinaria del sacramento, que puede resultar una verdadera ficción del sacramento si no se advierte a los fieles de la obligación de confesar los pecados graves lo antes posible.

La secular experiencia de la Iglesia le hace mantener la confesión personal de los pecados como perteneciente a la constitución del sacramento de la Penitencia, a diferencia de lo que ocurre en el Bautismo, como requisito necesario para acompañar pastoralmente el itinerario penitencial del cristiano y garantizarle así el perdón gratuito y eficaz del Dios misericordioso en el nombre y con la autoridad del Señor. Perder la dimensión personal de este sacramento, seriamente vivida y ejercida, sería perder algo decisivo en la atención pastoral a los fieles y acabaría comprometiendo también sus indiscutibles implicaciones eclesiales, comunitarias y hasta sociales.

Así lo tenemos que enseñar a los fieles católicos, en conformidad con la enseñanza de la Iglesia; si queremos cumplir con las graves obligaciones de nuestro ministerio en auténtica lealtad y sincero servicio al bien espiritual de los miembros del Pueblo de Dios. Me dirijo directamente a los fieles cristianos, para animarles a no aceptar unas falsas facilidades que comprometen la autenticidad del sacramento y les privarían a ellos mismos de los bienes espirituales que el Señor quiere concederles por medio del sacramento de la penitencia y del perdón.

En cumplimiento de mi ministerio episcopal, no sin pesar, no puedo menos de advertir a los sacerdotes y fieles de Navarra para que no se dejen llevar por estas falsas doctrinas, que contradicen claramente, en estos dos libros, el magisterio y las disposiciones claras y firmes de la Iglesia católica.

Dios quiera bendecirnos con la necesaria unidad en la doctrina y en la actuación pastoral, condición indispensable para la fecundidad de nuestra misión pastoral y del vigor espiritual del Pueblo de Dios que tenemos encomendado.

 

+ Fernando Sebastián Aguilar
Arzobispo de Pamplona y Obispo de Tudela

 
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