Cartas desde la fe |
LA OTRA NAVIDAD
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Aunque la expresión resulte un poco extraña, me parece que está perfectamente justificada, más aún, creo que comienza a ser necesaria. En estos años de la prosperidad y de crecimiento inmoderado del consumo, las fiestas de Navidad, que eran a la vez intensamente religiosas y profundamente familiares, se han convertido, las hemos transformado en unas fiestas consumistas y callejeras. Desde los primeros días de diciembre, la publicidad, manejada con habilidad en una acción convergente, creciente y envolvente, viene calentando el ambiente hasta meternos a todos en una atmósfera casi ineludible de compras, regalos, celebraciones y festejos de todas clases, excursiones y viajes a mil sitios interesantes o del todo indiferentes. Entre todos hemos creado una manera de entender y vivir la Navidad que tiene ya muy poco de cristiana. La gente entra fácilmente en ese frenesí de entradas y salidas, de compras y regalos, de festejos y libaciones, sin saber apenas por qué. Lo curioso es que esta situación la creamos entre todos, también los cristianos, actuando desde las instituciones, las asociaciones de comerciantes o consumidores, los agentes de la opinión o de la vida pública. Los cristianos practicantes y coherentes, tenemos que rechazar este modo de vivir la Navidad y buscar expresamente otra forma de vivirla que sea más verdadera y más conforme con nuestra fe. Por supuesto que es bueno participar en algunas manifestaciones festivas, familiares, populares, verdaderamente agradables y alegres. Pero en todo es preciso que tengan la primacía las consideraciones y celebraciones religiosas que dan vida y sentido a las fiestas de Navidad. Celebrar cristianamente la Navidad requiere, en primer lugar, dedicar tiempo y atención personal al recuerdo del nacimiento del Hijo de Dios en Belén como Salvador de la humanidad. Para vivir de verdad la Navidad hay que comenzar por sentir asombro y gratitud por este increíble acercamiento de Dios a nosotros que cambia el perfil de nuestra vida y la realidad profunda de la creación entera. En este año dos mil, este recuerdo debería tener un toque especial de veracidad y realismo. Sí, hay una Navidad interior que se vive desde dentro del corazón como una oleada de gratitud y de amor hacia Dios, que nos inunda y luego se rompe en mil sentimientos de piedad, de convivencia, de esperanza y de pacífica alegría. Esta es la Navidad que se anuncia y se vive en la liturgia, en los villancicos y en las maravillosas letrillas de nuestros clásicos. A todos los que queréis vivir como cristianos, me atrevo a pediros que penséis un poco cómo vais a vivir vuestra Navidad. Si elegimos, como supongo, la de Belén, comencemos por leer con corazón de niño el relato de Lucas, acudamos a la Eucaristía con la gratitud y la devoción de los pastores, vivamos la alegría y la devoción en casa, con familiares y amigos, en torno a una mesa donde el mejor plato sea el cariño y la alegría de estar juntos, al calor del amor de Belén, con María y José. Tengamos algún recuerdo efectivo para los pobres, los que padecen soledad o marginación. Abrámosles las puertas de nuestra casa y de nuestra alegría. Si alguien puede y debe estar contento en estas fechas de Navidad somos los cristianos, pero con una alegría verdadera, que arranca desde lo hondo del corazón y fluye por todas las laderas de la vida, con serenidad, con gracia, con un exquisito respeto a las personas y a las cosas, como la aurora luminosa y alegre de una humanidad nueva. Desde Belén nos llega la luz del nuevo día, el día de la redención y de la nueva humanidad. Jesús, María y José son el germen de esta gran familia que somos los cristianos del mundo entero. Esta es la causa y la verdad de nuestra alegría. Una alegría que yo os deseo con todo mi corazón, sin penas ni temores, sin amenazas ni atentados, sin discriminaciones ni injusticias de ninguna clase. Pamplona, 18 de diciembre del 2000
+ Fernando Sebastián Aguilar |