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Cartas desde la fe

 

NAVIDAD DE PUERTAS ABIERTAS

Con esta Navidad culmina la celebración del Año Jubilar, 2000 aniversario del nacimiento del Hijo de Dios como salvador de los hombres y principio de una nueva humanidad, la humanidad de la gran familia de los hijos de Dios, en El, con El y por El.

El primer objetivo de este Año Jubilar era la renovación de la vida cristiana del Pueblo de Dios, renovación personal y comunitaria, renovación espiritual y moral, interior y exterior.

Por eso mismo en esta Navidad se nos hace más fuerte la llamada a la fraternidad. Jesús, el Hijo de Dios hecho hombre, naciendo en una cueva de pastores, sin poder encontrar un sitio en la ciudad, es una interpelación poderosa  a favor de todos los hombres y mujeres, ancianos y niños, que no encuentran sitio en la gran mesa de la vida y de la fraternidad.

Cierto que el primer fin del Año Jubilar es una renovación espiritual de los cristianos, renovación de la fe, de la esperanza y de la caridad, renovación ante Dios y desde el fondo del corazón. Pero esta renovación no será nunca sincera ni auténtica si no lleva implicada una renovación también de las relaciones con el prójimo necesitado, excluído, débil e indigente. Amor a Dios y amor al prójimo son dos caras de un mismo espíritu, de una misma fe, de un mismo amor. Así es el amor y la piedad de Jesús, así es el amor del Espíritu Santo que alienta en nosotros.

Y el amor verdadero es siempre realista, concreto, operante, abnegado, tenaz, consecuente. Si hemos de crecer en fe y en espiritualidad, tendremos que crecer también en sensibilidad social, en acercamiento, en defensa y servicio de nuestros hermanos necesitados.

Con frecuencia se atribuye la pobreza del mundo, dentro y fuera de nuestros países, lejos y cerca de nosotros, a los efectos nefastos de un determinado sistema. La lucha contra la pobreza sería una lucha entre sistemas, en definitiva una lucha política.

Los cristianos sabemos que por debajo de los sistemas, en el origen, en los objetivos y en las aplicaciones concretas de todos los sistemas, junto con muchas luces y muchos aciertos, está también el pecado, la codicia, la ambición, la alta estima de nosotros mismos y el desprecio o desconocimiento de los demás. La debilidad moral de muchas personas e instituciones está en el origen de muchas situaciones de pobreza y de dolor. Amar a Dios sobre todas las cosas y amar al prójimo como a nosotros mismos es la crítica más radical y la corrección más efectiva de todos los sistemas. Ahí es donde deberíamos estar con claridad y firmeza los cristianos.

Vivir a fondo y en cristiano la Navidad del 2000 pide de nosotros que vivamos el nacimiento de Jesús como un acontecimiento real y verdadero, cercano, asombroso y profundamente innovador. Al nacer en Belén como Salvador universal, Jesús rehace nuestra humanidad haciéndonos hijos de Dios, nos reúne a todos en una nueva familia con unos vínculos nuevos de fraternidad, realza la dignidad y la igualdad básica de todos los hombres,  como hermanos suyos y miembros de la gran familia de Dios.

Para vivir la Navidad cristianamente, además de ir a Misa y cantar villancicos, tendremos que revisar nuestras actitudes y nuestras obras concretas en relación con los hermanos, con todos los hombres, empezando por los más cercanos, y también por los más necesitados, los que se quedan fuera de la vida social,  fuera de la educación y de la cultura, fuera del trabajo, fuera del suficiente bienestar, fuera de la alegría y de la esperanza, fuera del amor y de la vida.

Mirando a nuestro alrededor con un corazón cristiano de verdad, descubriremos muchas pobrezas, unas fruto de nuestra propia injusticia, otras fruto de la debilidad, de las dificultades de comunicación y relación que todos padecemos: niños sin familia, ancianos solitarios, enfermos desatendidos, mujeres maltratadas o explotadas, presos olvidados o rechazados, inmigrantes sin documentación o sin trabajo, vagabundos empedernidos. Y más allá de nuestras fronteras, los pueblos del Tercer Mundo, desangrados por las guerras y la explotación, comidos por las enfermedades, humillados por la falta de conocimientos y de capacitación para participar en la convivencia de los pueblos con plenitud de facultades y derechos.

Cada uno verá qué puede y qué tiene que hacer ante este panorama para no ser cómplice de tanto dolor y empujar hacia una situación mejor, con una persona, con una familia, con un grupo determinado de personas.

CARITAS nos ofrece la posibilidad de contribuir a una ayuda organizada, permanente, efectiva. Ayuda en forma de voluntariado o de dinero contante y sonante que ellos emplearán con absoluta transparencia, de la manera más efectiva, con capacidad y profesionalidad reconocidas.

De nosotros depende que llegue a nuestros hermanos indigentes y sufrientes la caricia consoladora del amor de Dios hecho amor de hermanos. Abramos las puertas de nuestros corazones al amor y a la bondad de Dios para abrir también las puertas de la sociedad y de la vida a tantos hermanos que nos miran con ojos tristes desde las afueras de la pobreza, de la necesidad y del sufrimiento. Dios estará con nosotros. Jesús nos admitirá entre sus discípulos. Seremos más felices. El mundo será más hermoso y más feliz. Feliz Navidad para todos con el Espíritu del Señor. 

+ Fernando Sebastián Aguilar
Arzobispo de Pamplona y Obispo de Tudela

 
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