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Cartas desde la fe

 

NO LO BUSQUEIS ENTRE LOS MUERTOS

(Carta pastoral ante el  Domingo de Resurrección)

 

Una de las fotografías más bellas del viaje de Juan Pablo II a Tierra Santa, para mi gusto, es aquélla que lo muestra literalmente desplomado sobre la losa del sepulcro de Cristo en una concentrada y enternecida oración. Una vez más, con su ejemplo, Juan Pablo II nos ha fortalecido a todos los cristianos.

La resurrección de Jesús es el núcleo de nuestra fe. En ella descansa toda la arquitectura de nuestra salvación. Creemos precisamente en el Dios que resucitó a Jesucristo, porque, al hacerlo, se manifestó definitivamente como Padre y Salvador. Adoramos a Cristo porque en la resurrección fue constituido en su carne Señor del Cielo y de la Tierra. Esperamos la vida eterna porque su resurrección es el principio de la nuestra.

Un cristianismo sin resurrección, o con la esperanza de la resurrección debilitada por las brumas de la duda, no es el cristianismo de Jesús, ni el de la Iglesia católica, ni el de los mártires, ni el de los misioneros, ni siquiera el de nuestros padres, honestos en su fe y diligentes en su caridad.

Ser cristiano es vivir con el corazón puesto en los bienes de la resurrección, vivir en este mundo sin ser de este mundo, querer y tratar las cosas con sabiduría, como aquél que vive ya un poco metido en la vida eterna. Esta es la maravilla de la esperanza, que nos permite vivir el presente con la fuerza y el acierto de un futuro presentido y poseído en la oscuridad de las cosas que se tienen aunque no se vean.

La fe y la esperanza en la resurrección es un ingrediente necesario para la plenitud de la vida humana. Sin esta esperanza no hay plena libertad ni podemos llegar a reconciliarnos del todo con Dios ni con nosotros mismos.

Nuestro mundo, nuestra cultura, nuestras formas de vida más actuales y más reales están enfermas por falta de esta esperanza. En la ausencia del "otro mundo" no hay más remedio que entregarse a las cosas caducas de "este mundo". Con las inevitables consecuencias de toda idolatría, ambiciones, angustias, sometimientos, decepciones, rivalidades, injusticias, conflictos y desesperanzas.

Se equivocan los que piensan que Jesucristo quedó muerto en el camino de la historia. Ni quedó muerto Jesucristo, ni está muerta la Iglesia, ni está muerta la fe de los cristianos.

Jesús resucitado es el futuro, el único futuro humano que existe de verdad delante de nosotros, nuestro propio futuro, la estrella polar del verdadero progreso humano. ¿Qué progresos se pueden construir desde el olvido del verdadero futuro y la idolatría de nuestras propias obras?

Los cristianos sabemos que Jesús está vivo, junto a Dios, en el corazón del mundo, como fuente de esperanza y de plena humanidad, justificada, santificada, salvada de la injusticia y del poder de la muerte, libre para la vida verdadera, en la verdad y en la vida, por los siglos de los siglos.

No calléis esta fe. No debilitéis esta esperanza. No renunciéis a esta vida. En este mundo lleno de idolatrías y esclavitudes, los cristianos tenemos que ser testigos de la verdadera libertad, la libertad de los hijos de Dios, los que son libres interiormente para vivir en la verdad y en el bien, viviendo ante Dios una vida justa e inmortal.

En este Año Jubilar os envío a todos mis hermanos en la fe este mensaje lleno de fuerza: RESUCITO, El va por delante, hagamos brillar en nuestra vida y en nuestro mundo la vida nueva que nos viene de la resurrección que esperamos. Anunciemos ante "las naciones" el perdón de los pecados y la verdad del Reino de Dios. Nosotros somos los verdaderos "testigos de estas cosas". Sed felices. El Señor resucitado esté con vosotros.

 Fernando Sebastián Aguilar
Arzobispo de Pamplona y Obispo de Tudela

 
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