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Cartas desde la fe

 

JORNADA POR LA VIDA

 

Resulta curioso que en una cultura tan vitalista como la actual tengamos que celebrar una Jornada dedicada a sensibilizar a los cristianos y a los hombres de buena voluntad a favor de la vida. A lo mejor nuestro mundo no es tan amigo de la vida como parece. A lo mejor hay vidas importantes que merecen la ayuda de todos, y otras vidas menos apreciadas de las que se puede prescindir sin que nadie se escandalice. A lo mejor no somos tan justos ni tan solidarios como creemos.

Puede ocurrir que algunos valores muy exaltados y defendidos en nuestra sociedad quedan desfigurados y pervertidos por la secreta inspiración egoísta de nuestra actual cultura del bienestar. Subrayamos la importancia y el valor de la vida de los sanos, de los jóvenes, de los fuertes, pero no siempre valoramos del mismo modo la vida de los enfermos incurables, ni la de los ancianos, ni la de los niños no nacidos.

Con frecuencia los medios de comunicación se hacen eco de duras críticas contra la Iglesia por oponerse a la justificación del aborto voluntario, o de la eutanasia, o de los experimentos con embriones humanos. Estas posturas morales de los cristianos son interpretadas como negaciones o limitaciones infundadas de la libertad individual. Conviene pararnos a pensar un momento.

A veces se quiere legitimar el aborto voluntario, la manipulación de embriones humanos, o la legalización de la eutanasia, presentando estas posibilidades como una consecuencia del pleno reconocimiento de la libertad individual de los ciudadanos. No debemos dejarnos engañar por unos razonamientos simplistas y poco rigurosos.

La Iglesia y los cristianos reconocemos la libertad como la más alta cualidad del ser humano y estamos dispuestos a defenderla hasta la muerte. ¿Hay mejores testigos y defensores de la libertad que los mártires de la historia cristiana? También es cierto que no siempre las actuaciones de los cristianos han sido coherentes con esta valoración y defensa de la libertad. Gracias a Dios la doctrina actual de la Iglesia en este punto es clara y terminante.

Pero ocurre que nosotros, con nuestra libertad, no somos creadores de la realidad de las cosas, ni dueños de la vida de nadie. Todos estamos en la vida como invitados, sin ser dueños últimos de nada ni de nadie. Por eso mismo nuestra libertad, para ser verdadera y justa, tiene que atenerse a las exigencias de la realidad, respetando la naturaleza de las cosas y los derechos de las personas que son anteriores a nosotros y están garantizados por el único creador que es Dios.

El valor de la postura de la Iglesia consiste en ponerse de parte de los débiles, de los amenazados, de los niños que todavía no han nacido, de los enfermos terminales, de los humildes embriones humanos. Todos ellos son en lo esencial verdaderos seres humanos, sujetos de derechos, y antes que nada sujetos del derecho a vivir, del derecho a recibir la ayuda que necesitan para desarrollarse de manera digna de un ser humano, sujetos incluso del derecho a morir de forma digna de una persona creada por Dios a su imagen y semejanza.

Porque éste es el dato básico de la cuestión. La vida proviene siempre de Dios. Nacemos de nuestros padres por unos procesos naturales queridos por Dios y necesarios para el recto desarrollo biológico, psíquico y moral de un ser humano. Podemos secundar y ayudar estos procesos naturales a favor del buen resultado y del óptimo desarrollo de la vida humana en todos sus niveles. Pero no podemos disponer nunca de la vida de los demás en provecho propio, ni siquiera decidir sobre la nuestra. De Dios la recibimos, con su ayuda tenemos que mantenerla y desarrollarla, en sus manos tenemos que ofrecerla según su voluntad. Lo demás es desmesura, orgullo, idolatría, y a veces cobardía o desesperación.

En este Año Jubilar recordamos con especial veneración la encarnación del Hijo de Dios. El Verbo de Dios se hizo hombre en las entrañas de una mujer. Con su vida y su muerte inocente, dignificó y santificó la condición humana manifestando la dignidad y el valor sagrado y divino de la vida humana. Cualquier ser humano, en la situación más humilde y amenazada, es hermano de Cristo, hijo de Dios y heredero de la vida eterna del Cielo. Por eso solo, sin más argumentos ni consideraciones de ninguna clase, merece la veneración, el respeto, el afecto y la ayuda de todos los demás. Las palabras de Isabel a María valen para todas las madres: Bendito el fruto de tu vientre

En otras ocasiones la justificación del aborto nace del deseo de evitar una maternidad o paternidad no queridas, consecuencia de una mala interpretación de la sexualidad y de un mal ejercicio de la misma. Estos falsos razonamientos se mezclan con una equivocada defensa de la libertad o de la dignidad de la mujer, igualmente mal entendidas dentro de unas tendencias feministas poco clarificadas y excesivamente influenciadas por una explicable reacción reivindicativa.

El razonamiento justo tendría que ir en sentido inverso: no puede ser acertada una mentalidad que necesita de algo tan abominable como la muerte de un ser humano inocente para evitar las consecuencias del todo naturales de lo que se quiere justificar. Si una determinada concepción de la sexualidad necesita del aborto como garantía de la inmunidad contra ciertos efectos no deseados, es que esa interpretación de la sexualidad no es humanamente correcta ni moralmente aceptable.

Los padres, los sacerdotes, los educadores tenemos que hablar claramente a los jóvenes sobre estos asuntos. Hay silencios que más que respeto pueden llegar a ser una verdadera complicidad. Merecen todo nuestro apoyo y aliento quienes trabajan a favor de la vida humana, quienes dedican tiempo y trabajo a difundir la doctrina de la Iglesia, quienes tratan de aclarar la opinión pública en estas cuestiones tan importantes. Ojalá se desarrolle entre nosotros un fuerte movimiento de clarificación y rectificación en un asunto tan importante para el futuro de nuestras familias y de nuestra sociedad. El Señor y la Virgen María nos ayuden.

Fernando Sebastián Aguilar
Arzobispo de Pamplona y Obispo de Tudela

 
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