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Cartas desde la fe

A FAVOR O EN CONTRA DE LA VIDA

El primer domingo de febrero celebramos en España la Jornada Nacional por la Vida. Respondemos así a la sugerencia de Juan Pablo II en su encíclica "Evangelium vitae", sobre el valor inviolable de la vida humana.

Uno se pregunta ¿qué pasa en nuestro mundo para que sea necesaria una jornada en favor de la vida? La vida es el bien básico. Parece que tenía que ser respetada y estimada siempre y por todos. Curiosamente no es así. A la vez que se desarrolla la valoración de la persona y de los derechos del hombre, se aceptan actitudes y actuaciones que van directamente contra el amor y el respeto a la vida.

Es difícil explicar, por ejemplo, cómo a la vez que se proclaman los derechos del niño, se admite tan fácilmente la legitimidad del aborto voluntario. 0 cómo, a la vez que se gastan tantos recursos para prolongar la vida a veces en condiciones deplorables, se nos quiere presentar la eutanasia positiva, que es un verdadero homicidio, poco menos que como una obra de misericordia.

Digamos, ante todo, que la mentalidad cristiana tiene que ser decididamente favorable a la vida. Dios es un Dios de vivos, el hombre tiene siempre la dignidad suprema de estar creado a imagen y semejanza de Dios.

La vida del hombre es un don sagrado, irrevocable y absoluto, que lleva el toque de Dios, y debe ser respetada y venerada, desde su principio hasta el fin, en todo momento y circunstancia (Cf Juan Pablo II, Encíclica "El evangelio de la vida", n. 61). El viejo mandamiento de no matarás es el principio de un creciente respeto y amor a la vida.

Hay dos convicciones difundidas en nuestro mundo que nos llevan fácilmente a justificar lo injustificable:

  1. La primera es la idea de que la vida tiene que ser necesariamente feliz, en cada momento, sin lo cual no merece la pena vivirla.
  2. La segunda, más profunda, es la idea de que nuestra libertad es una libertad ilimitada, con la que podemos decidir sobre el bien y el mal, sobre la vida o la muerte, sobre el ser o no ser, como si fuéramos creadores del mundo y de nosotros mismos. Esta libertad omnímoda es un mito engañoso y frustrante.

Por debajo de estas actitudes hay una visión materialista de la vida que nos puede llevar, casi sin darnos cuenta, a una cultura egoísta y atea, una cultura errática, sin norte moral y sin horizonte de vida, una cultura cerrada que termina siendo una cultura de muerte. Entrar por este camino sería aceptar en poco tiempo la disolución de nuestro patrimonio espiritual. Quien justifica el aborto, la eutanasia, e incluso, quien favorece de manera sistemática la mentalidad antinatalista, pierde las razones para afirmar la primacía y el valor de la vida de uno mismo y de sus seres más cercanos y queridos. No digamos nada de los riesgos de la menor indulgencia con el terrorismo.

No se puede decir esta vida es respetable y esta otra no, simplemente porque me molesta o me resulta aburrida. Nadie puede decir qué vidas tienen derecho a existir y cuáles no. Si esto fuera así, todas las normas éticas quedarían sometidas al libre albedrío de cada uno, a los gustos o las conveniencias del más fuerte o del más poderoso o del más desquiciado.

En contra de esta mentalidad, la Iglesia y los católicos queremos favorecer una actitud positiva que respete la vida en toda su plenitud, desde la concepción hasta la muerte y hasta la vida eterna, que ponga la riqueza de los hijos por delante del coche, de las vacaciones y de las ofertas del bienestar material que no acaban nunca.

En Navarra es especialmente urgente que las generaciones jóvenes descubran el valor humano y humanizador del sexo puesto al servicio responsable de la multiplicación y el crecimiento de la vida, en el marco del matrimonio estable, en un clima de amor y de profunda confianza vital.

Sin una visión positiva, seria y profunda de estas cuestiones, caeríamos sin remedio en una cultura del egoísmo y la inestabilidad personal, con un estilo de vida calculador y egoísta, sin el calor humano y la riqueza afectiva que durante siglos han enriquecido y dignificado el espíritu y la convivencia de las familias navarras y de nuestra sociedad entera.

La Jornada en favor de la Vida, celebrada con claridad y seriedad, en las parroquias, en los colegios, en las mismas familias, ha de ser una llamada a la reflexión y una invitación a programar el futuro con mayor atención a los valores básicos de nuestra cultura, nuestro patrimonio espiritual y nuestra convivencia. Dios nos ayude, y Santa María, porque están en juego muchas cosas importantes.


Fernando Sebastián Aguilar
Arzobispo de Pamplona y Obispo de Tudela

 

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