Cartas desde la fe |
EL DOMINGO, DÍA DEL SEÑOR Y DE LA IGLESIA
| En Navarra ha descendido notablemente el número de las personas que acuden a Misa los
domingos. Ante esta realidad no hay por qué reaccionar con aspavientos ni lamentaciones.
Las cosas son como son. Lo correcto es reconocer lealmente la realidad, tratar de
interpretarla con acierto y buscar la manera de mejorarla. Más que entretenernos en el análisis de las causas, lo importante será sacar las consecuencias oportunas. No nos podemos engañar con las grandes manifestaciones religiosas que se dan de vez en cuando. La movilización religiosa más numerosa de Navarra son las Javieradas. Puede ser que este año durante la semana de la Novena de la Gracia y de las Javieradas hayan pasado por Javier más de 60.000 personas. Es un número muy alto, pero no pasa del 12 %. Seguimos en cifras minoritarias. Algunos pensarán que todo está bien así. Nos dirán que antes la gente iba a la Iglesia medio forzada por el ambiente. Ahora van con mayor libertad. Según estos optimistas del progreso garantizado, aunque ahora vayan muchos menos a la Iglesia no habría por qué preocuparse, lo de ahora es mucho mejor. Puede que algo de esto sea verdad. Puede ser que algunos fieles vivan ahora la fe cristiana con más libertad y conocimiento que antes. Aunque también es cierto que antes los cristianos de verdad eran más que ahora y acudían a la Iglesia con entera libertad. Lo malo es que un número tan alto de navarros no vayan habitualmente a Misa y puede que no vayan apenas nunca en verdadera actitud de oración y de recogimiento interior. Eso supone normalmente un alejamiento personal de Dios que les priva de muchos bienes espirituales, religiosos y morales. Esta situación significa una falta de reconocimiento a Dios y un empobrecimiento grave de la vida espiritual, religiosa y moral de muchas personas y de muchas familias, un descenso del tono espiritual y moral de la sociedad entera. Esta es nuestra responsabilidad y ésta tiene que ser nuestra preocupación. Ante una situación así, quienes tenemos una responsabilidad pastoral y educativa hemos de preguntamos: ¿qué podemos, qué debemos hacer? Yo me lo pregunto a mí mismo e invito a los sacerdotes, a los religiosos y religiosas educadores, a los padres de familia, a los catequistas y profesores cristianos, a todos los hombres y mujeres que influyen en la educación de los jóvenes y en la opinión pública, a que se hagan esta misma pregunta. Parece que el primer paso que tenemos que dar es recuperar la estima de la Eucaristía dominical como un hecho capital en la vida de la Iglesia y de las comunidades cristianas. Si estas asambleas dominicales se debilitan, la vida entera de la Iglesia se debilita y la fe personal de los cristianos también. El domingo es la fiesta primordial de los cristianos. El día del domingo conmemoramos la resurrección del Señor, el acontecimiento central de nuestra fe y de la historia del mundo, la manifestación definitiva de la bondad de Dios y de la grandeza de nuestra vida. A partir de este reconocimiento se pueden pensar muchas cosas. Y tendremos que hacerlo. Pero en el caso concreto del domingo, una cosa resulta indispensable: tenemos que vivirlo mejor. Hemos de aspirar a que los cristianos recuperen el convencimiento de la importancia de la Misa dominical, no por la vía del temor, sino por la del convencimiento y la estima. Hoy, como en los primeros tiempos del cristianismo, los cristianos no podemos vivir sin el domingo. La estima del domingo tiene que apoyarse en el reconocimiento de la resurrección de Jesús como el gran acontecimiento de la historia de la salvación, el centro de la vida personal de cada uno. Ante la fuerza de las tentaciones a las que nos vemos sometidos no valen los recursos sociológicos o psicológicos. El domingo es verdadera fiesta para quienes celebran en ese día la gracia y la bondad de Dios que abre ante nosotros la esperanza de la vida eterna. Esa referencia a Dios y a la vida eterna tiene que estar presente en la mente y en el corazón de los cristianos con fuerza y claridad. No siempre es así. Entonces podremos decir con fundamento: Venid, vamos a celebrar juntos la fiesta de la gracia y de la salvación, la fiesta de nuestra esperanza común, el secreto interior que sostiene y configura nuestra vida. Supuesta esta fe clara y vigorosa, podremos insistir en otros aspectos importantes. Es preciso que nuestras celebraciones tengan la dignidad, el espíritu y hasta la belleza que les corresponde. En un acto tan importante no caben improvisaciones ni arbitrariedades. La preparación de la celebración dominical tiene que ser una de las ocupaciones más importantes del sacerdote y de sus colaboradores durante la semana. A veces, por descuido o por una falsa condescendencia, dejamos que cada uno quite y ponga lo que le parezca. Quienes intervienen en ella, desde el presidente hasta los lectores y cantores, tienen que someterse a la norma básica de la unidad de la celebración y el provecho espiritual de sus participantes. Nada ni nadie puede distraer o desviar la atención y la piedad de los participantes. Las celebraciones dominicales de la Eucaristía deben marcar el ritmo básico de la vida de las comunidades cristianas y aun de la vida espiritual de las familias y de las personas que las integran. De ellas vivimos durante la semana. Las celebraciones tienen que desarrollarse de tal forma que sean el principal acto de oración de cuantos participan en ellas. Todo está al servicio de esta participación espiritual de los asistentes. Ellos han de ser los que recorran conjuntamente el itinerario de la oración comunitaria desde el principio hasta el fin. Cada vez más, las lecturas, los comentarios, las breves moniciones y el contenido objetivo de la celebración misma han de ser el alimento de la vida de los cristianos y la referencia espiritual básica de las personas, las familias y los diversos grupos durante la semana. Si entre todos nos esforzamos por hacer que las cosas sean así, los verdaderos cristianos irán descubriendo que necesitan la Eucaristía dominical para crecer en la fe, para vivir espiritualmente despiertos durante la semana, para cristianizar desde dentro, por obra del Espíritu Santo, su vida real de la semana y de cada día. No permitamos que las prisas, las muchas ocupaciones, o el simple espíritu de comodidad y de descuido nos vayan comiendo la fe poco a poco.
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