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Cartas desde la fe

TRABAJO PARA TODOS

La celebración anual del Día del Trabajo nos invita a los cristianos a reflexionar desde nuestra fe cristiana en los múltiples aspectos y problemas de una realidad humana tan importante como es el trabajo.

La fe nos ayuda a valorar el trabajo en el marco de nuestras relaciones con Dios Creador y Salvador. El ha puesto el mundo en nuestras manos para que lo acomodemos a las necesidades del hombre y lo utilicemos a favor de la vida y de la creación entera.

El trabajo dignifica la vida humana, estimula el desarrollo y la estima personal, descubre y desarrolla las admirables virtualidades de la creación material, enriquece cada vez más la maravillosa obra de Dios. De esta manera el trabajo humano nos acerca a Dios y nos hace colaboradores suyos en la inmensidad y grandeza de la creación.

Nuestro trabajo es también una de las formas más importantes de ejercer el amor a los demás, en forma de justicia, de servicio, de solidaridad y de ayuda. Las muchas horas que todos dedicamos al trabajo en nuestra vida tienen que ser vividas con una inspiración religiosa y humana, como alabanza de Dios y servicio a los demás.

Por todo ello, el trabajo es el medio más importante de integración social de cada persona y el modo normal de procurarse cada uno los recursos suficientes para vivir y desarrollarse humanamente en lo material y en lo espiritual.

Por eso es tan grave la amenaza y la triste realidad del paro, de la imposibilidad de trabajar con un trabajo socialmente reconocido y gratificado. El hombre o la mujer que no pueden trabajar se ven privados de una proyección personal necesaria, marginados en buena parte de la vida social, incapacitados para procurarse aquellos bienes o servicios que necesitan para vivir y sentirse personas suficientemente reconocidas en la convivencia social.

En esta situación, resulta obligado que todos los integrantes de la sociedad, personas, familias, asociaciones y grupos, nos sintamos obligados a reflexionar sobre el valor del trabajo y a colaborar para suprimir las causas de este fenómeno tan grave como es el paro.

La Iglesia no tiene una capacidad especial para analizar la situación ni ofrecer soluciones técnicas que permitan ampliar las posibilidades del trabajo a los que ahora no lo pueden conseguir.

Pero desde la doctrina y la experiencia cristiana, sí podemos y debemos ofrecer a la sociedad y a todas las personas de buena voluntad una serie de consideraciones de orden moral que nos sirvan a todos de estímulo y contribuyan a movilizar las voluntades en la búsqueda de las soluciones necesarias.

Hay que reconocer que el fenómeno del paro o de la escasez del trabajo tiene causas complejas que muchas veces se escapan a nuestra comprensión o a nuestra capacidad imnediata de actuación.

El mismo desarrollo social y técnico destruye la posibilidad de ciertos trabajos, crea necesidades más amplias y requiere soluciones cada vez más amplias y exigentes.

Pero hay unas cuantas cosas claras, fáciles de comprender, que podemos poner en práctica desde ahora mismo:

1.- Es evidente que nuestra sociedad puede y debe tomar medidas para ayudar a los que padecen las consecuencias morales y económicas de una situación rigurosa de falta de trabajo.

2.- Es también claro que en esta materia se debe proceder con absoluta verdad. No es aceptable la actitud de quienes ocultan su trabajo para beneficiarse de las ayudas a los parados, o de quienes se instalan fácilmente en el cómodo "vivir del paro".

3.- Tanto las personas como las instituciones podemos y debemos contribuir a buscar y fomentar las medidas necesarias para favorecer que todos, hombres y mujeres, puedan participar en el gran esfuerzo común del trabajo.

4.- Otras muchas cosas deben ser tenidas en cuenta: la adaptación del trabajo de la mujer a su especial vocación en la familia y en la sociedad; la preparación de las nuevas generaciones para las exigencias crecientes del trabajo productivo; la colaboración sincera entre empresarios y sindicatos; la orientación del trabajo y de las actividades económicas al bien común, a las verdaderas necesidades de la sociedad, de las familias, de las personas; la- indispensable apertura a la presencia de imnigrantes.

Los cristianos deberíamos estar, desde todos los sectores sociales, en la primera fila del esfuerzo sincero, objetivo, desinteresado, perseverante para lograr un orden social que ofrezca la posibilidad de que todos encuentren en un trabajo digno y bien retribuido el camino de su significación personal, la posibilidad de vivir y actuar libremente y el instrumento para colaborar con la sociedad y servir seriamente a los demás.


Fernando Sebastián Aguilar
Arzobispo de Pamplona y Obispo de Tudela

 

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