Cartas desde la fe |
AYUNO Y ORACIÓN
Aquí no se engaña a nadie. Vamos a hablar de lo que vamos a hablar. En nuestro mundo, ahora mismo, hay cuestiones amargas y preocupantes. Ahí está la guerra (porque es una guerra) entre judíos y palestinos. Un poco más lejos la guerra terrible de Afganistán, como un sangriento capítulo de esa guerra indefinida contra el terrorismo mundial que los EE UU pretenden dirigir. Y en el origen de todo, o de casi todo, un error terrible de la cultura contemporánea, la obstinada voluntad de muchos dirigentes de resolver los problemas de la humanidad sin contar con Dios, sin respetar sus mandamientos, sin escuchar las recomendaciones de la Iglesia ni de las grandes religiones de la tierra. No basta con invocar a Dios de palabra, hay que ajustar nuestra vida a sus mandamientos. Los acontecimientos del 11 de septiembre fueron de una extraordinaria crueldad. Nadie duda del derecho a una justa defensa. Pero muchos nos preguntamos si lo que ha venido después respeta las exigencias de la justicia. Una cosa es indiscutible. Después de la guerra habrá que pensar en cambiar algunas actitudes y desarrollar un nuevo estilo de relaciones entre los diferentes pueblos y culturas, unas relaciones más respetuosas, más abiertas y positivas, mejor dispuestas a la colaboración y al mutuo enriquecimiento. El Papa Juan Pablo II, movido por el dolor de un mundo dividido y enfrentado, hace cuanto puede para impulsar estos cambios en la calidad moral de las relaciones internacionales en favor de la paz universal, por los caminos de la justicia, la comunicación, el respeto y la tolerancia entre los pueblos. Una gran contribución para este nuevo orden universal será la colaboración entre las grandes religiones de la tierra. Aunque de distintas maneras, todos adoramos al mismo Dios, al Dios único, clemente y misericordioso, un Dios que es Padre de todos los hombres, que quiere la salvación de todos y nos invita a vivir en el mundo como hermanos. Demasiadas veces hemos abusado del nombre de Dios y hemos pervertido la verdadera religiosidad, haciendo de la religión un incentivo para la intolerancia, la confrontación y el exterminio. Para que crezca entre nosotros esta preocuipación, para avivar nuestros deseos de paz, para pedir la ayuda de Dios en estos buenos propósitos, el Papa nos pide a los católicos que dediquemos unos días al ayuno y la oración. Los católicos somos ahora demasiado iconoclastas, poco amigos de símbolos y prácticas exteriores. Pero lo cierto es que cuando no hay actos externos, los sentimientos interiores se diluyen pronto en fantasías. El ayuno real y sincero nos ayuda a fortalecer la libertad interior frente a las falsas necesidades, nos obliga a renovar y confirmar el deseo de recurrir a Dios, de purificar nuestra vida y ejercitarnos en la oración y en la justicia. El ayuno y la sobriedad favorecen el acercamiento espiritual a Dios y a los hermanos que sufren. Uno y otra terminan fácilmente en oración y en obras de amor y solidaridad. En Pamplona y en otros lugares de Navarra oramos frecuentemente por la paz. En estos días intensificaremos nuestra oración, pidiendo a Dios un entendimiento entre judíos y palestinos en Tierra Santa, pidiendo el final de todas las guerras, de todas las injusticias entre los pueblos de la tierra. Que los ricos y poderosos ayuden de verdad al desarrollo de los países pobres. Que los dirigentes de los países pobres acepten con honestidad y diligencia la ayuda de los más ricos para remediar las necesidades de su pueblo. Que consigamos instituciones internacionales eficaces que favorezcan la colaboración y acaben de una vez con el recurso a la guerra como medio inevitable para recuperar la justicia. Rezaremos también por el fin del terrorismo y el establecimiento de la convivencia y de la paz en nuestras tierras. Siguiendo la invitación y el ejemplo del Papa Juan Pablo II, os invito a los católicos navarros a estas tres cosas: 1ª) Declarar el día 14 de diciembre DÍA DEL AYUNO POR LA PAZ. Escogemos este día porque es el día último del Ramadán. De este modo expresamos nuestra voluntad de acercamiento y fraternidad con los creyentes musulmanes. Ofreceremos nuestro ayuno como expiación por las injusticias, por los atentados y los pecados del mundo, de nuestro mundo cercano y del gran mundo de todos los hombres. Expiación, sobre todo, por el afán enloquecido de conquistar el poder y la felicidad al margen de la ley de Dios, desde la permisividad sexual y la legitimación del aborto, hasta la explotación de los pobres y el expolio o el sometimiento de los pueblos más débiles, pasando por los odios, las agresiones y los crímenes del terrorismo. Nos privamos de lo justo para ser capaces de rechazar lo injusto. 2ª) EL DÍA 1º DE ENERO nos reuniremos en nuestros templos para pedir a Dios el don de la paz y el fin de todas las guerras, de todos los terrorismos y de todas las violencias. Ese día es la fiesta de María, Madre de Dios y madre nuestra. En unión de la Iglesia universal, nuestras iglesias tienen que ser altavoz de los deseos de paz que se levantan desde todos los corazones rectos y justos. Que la paz de Belén, la paz de Dios, que es la paz anunciada y ofrecida por Jesús, llegue a todas partes y para todos. Una paz firme y verdadera, asentada en la paz interior de los corazones, la paz de la justicia, del amor, del perdón y de la misericordia. 3ª) EL DÍA 24 DE ENERO, en unión con el Papa en Asís, haremos una plegaria especial para pedir a Dios el acercamiento entre las grandes religiones de la tierra y la colaboración entre todos los creyentes e instituciones religiosas, en pequeña y grande escala, en favor de la convivencia y el acercamiento entre los pueblos y las culturas, en favor de la paz y la fraternidad universal. Que nunca más sea invocado el nombre de Dios como arma de guerra contra nadie. Que nunca más la fe cristiana ni ninguna otra fe religiosa sea causa de enfrentamientos entre personas o entre pueblos. Que no haya más guerras entre cristianos, que judíos, musulmanes y cristianos honremos el nombre de Dios cumpliendo el mandato de la fraternidad universal. Todos estáis invitados a los actos de la Catedral. Invito a los Párrocos, Rectores de Iglesias, Responsables de comunidades religiosas y grupos cristianos a hacer suyas estas sugerencias, anunciarlas en sus comunidades y vivirlas fraternalmente del mejor modo posible. Invoquemos a Dios con humildad y confianza. El se apiadará de nosotros, y nosotros nos animaremos a sentir y actuar de acuerdo con su voluntad santa y santificadora.
Pamplona 8 de diciembre de 2001 + Fernando Sebastián Aguilar |