Cartas desde la fe |
CLARIDAD Y FIRMEZA
Hace ya tiempo que algunos defensores de las instituciones y procedimientos democráticos, en contra de las pretensiones y ataques terroristas, critican duramente a la Iglesia por mantener posturas tibias y utilizar un lenguaje ambiguo. En nombre de una pretendida claridad y firmeza, acusan a la Iglesia de mantenerse en una imposible e injusta equidistancia. La acusación es muy grave. Porque si la Iglesia, si los cristianos (sacerdotes y obispos, religiosos o seglares), no estuviéramos claramente frente a ETA y no rechazáramos abiertamente el terrorismo de ETA, estaríamos siendo infieles a nuestra propia identidad, a nuestra conciencia y a la obligación que tenemos en estos momentos como discípulos de Jesucristo y miembros de su Iglesia. Pero a la vez esta acusación se vuelve contra los deseos de quienes la manejan, porque debilita gravemente la reacción moral de la sociedad contra el terrorismo. En efecto, quienes tienen alguna confianza en la Iglesia, pueden entender estas acusaciones de otro modo. Pueden pensar que "si la Iglesia no está claramente contra el terrorismo de ETA, por algo será". De este modo, los que acusan a la Iglesia y a los Obispos de equidistantes, hacen daño a la Iglesia, por supuesto, pero al mismo tiempo, lo quieran o no, debilitan la reacción moral de la sociedad y por eso mismo favorecen a ETA. Ellos son los responsables de que los pronunciamientos de la Iglesia no alcancen la fuerza moral que podrían alcanzar si los interpretasen rectamente. En este esfuerzo por evitar lo que entienden como ambigüedades, algunos dicen que se debe prescindir de los términos y conceptos utilizados por ETA y por los nacionalistas radicales, como p.e. "paz", "diálogo", "reconciliación". Estas palabras son utilizadas por ellos para justificar sus pretensiones y procedimientos. Quien las utiliza sigue necesariamente la lógica del terrorismo y favorece sus fines. Los vocablos, dicen, obtienen su sentido del contexto social en que son utilizados. Hablar de "paz" y de "diálogo" es hablar necesariamente de la paz y del diálogo que quieren los terroristas, en el fondo vendría a ser una manera indirecta de darles la razón. Esta manera de hablar, que parece muy firme y contundente, tiene poco fundamento. En primer lugar, porque los término usados por un escritor o un locutor no significan lo que otro escritor o locutor quiere significar con ellos, sino lo que cada uno quiera expresar en el contexto de su propio pensamiento. En el arte de escuchar y de interpretar es elemental el cuidado de interpretar cada palabra por el contexto del mismo escritor y aún del mismo escrito que se pretende entender y comentar. Todas las palabras pueden ser objeto de una mala interpretación si no se las coloca en el contexto intelectual, moral y social en el que las sitúa quien las emplea. Los que consideran poco claras las palabras de "paz" y "diálogo" proponen sustituirlas por las de "libertad" y "justicia". No se dan cuenta de que estas palabras también se pueden entender de manera muy diferente si uno se atiene al sentido que tienen en los ambientes del nacionalismo radical. Cuando alguien reclama "justicia", se podría entender que está apoyando la misma petición que hace ETA cuando pide justicia tal como ellos la entienden, es decir la pretendida justicia de la autodeterminación y la independencia de Euskal Herria. Y cuando alguien pide libertad, podremos entender que está reclamando la misma libertad que piden los nacionalistas radicales, es decir la libertad de configurar el nuevo Estado independiente de Euskal Herria. Para evitar estas tergiversaciones, no hay más remedio que recurrir al criterio básico y honesto de cualquier interpretación, que consiste en interpretar el lenguaje de una persona o institución por el contexto de sus afirmaciones y de sus comportamientos. Un lenguaje puede coincidir con otro en el uso material de algunos términos. Pero el verdadero sentido de esos términos en cada texto hay que deducirlo del contexto en el que son empleados, dentro del mismo escrito o en otros del mismo autor, dentro del ambiente social y cultural en el que ese locutor vive y se expresa. Lo contrario es confundirse y confundir. Y si se hace pertinazmente, puede llegar a ser una falta de honestidad, un verdadero linchamiento moral. No estoy hablando de memoria. En esta perspectiva, las expresiones de la Iglesia hay que entenderlas según el sentido que tienen las palabras en el contexto religioso y moral en el que la Iglesia se mueve. Cuando yo digo "paz" no quiero decir lo que los terroristas o los nacionalistas puedan significar con esa misma palabra, ni siquiera lo que un demócrata pueda expresar con ella, sino lo que en el contexto moral y cultural de la Iglesia y del cristianismo significamos con esta palabra, con sus elementos sociales, personales, espirituales y religiosos. ¿Es que en una sociedad amenazada por los atentados de ETA no está alterada y suprimida esa tranquilidad personal y social que da el vivir en un orden justo y consistente? ¿Es que no se puede decir que ETA, con sus extorsiones y asesinatos, perturba, rompe y destruye nuestra paz, la paz a la que tenemos derecho los españoles? ¿Es que reclamar la paz amenazada y alterada por ETA es favorecer sus designios y sus procedimientos? Lo mismo ocurre con el uso de la palabra "diálogo". Cuando se pide que haya más diálogo en nuestra sociedad, entre nuestros políticos, no es justo acusarnos de que estamos pidiendo el diálogo que quiere ETA para salirse con la suya. Acusar de esto a los Obispos es tenernos por tontos. Si en otro lugar de nuestras manifestaciones condenamos los crímenes de ETA, lo lógico es pensar que cuando usamos esta palabra "diálogo", o cualquier otra, la usamos en un sentido propio, que hay que buscar en el conjunto de nuestros escritos y no en los manifiestos de ETA. ¿O es que no hay otros diálogos posibles que los que ETA quiere y como ETA los quiere? Claro que para entender bien un texto hay que molestarse en leerlo, cosa que no siempre hacen algunos comentaristas muy ocupados y suspicaces. La Iglesia los cristianos, los sacerdotes y los Obispos tenemos el derecho de pronunciarnos con nuestro propio lenguaje; tenemos el derecho de reclamar una interpretación objetiva y leal de nuestros escritos. (También tenemos la obligación de facilitarla). Y tenemos además el derecho de expresarnos desde nuestro propio punto de vista, fundamentalmente religioso y moral, con el sentido que los términos y conceptos tienen en el mundo espiritual del evangelio y de la tradición cristiana, que muchas veces no coincide con el lenguaje social o político, ni de los nacionalistas ni de los antinacionalistas. Este es el precio de nuestra libertad, y éste es también el verdadero valor de nuestros pronunciamientos. Cuando hablamos, hablamos para todos los que quieran vivir y actuar con actitudes morales, con las actitudes morales del Evangelio y de la fe cristiana, por encima de cualquier enfeudamiento social, político o simplemente geográfico e histórico. Esto no es equidistancia. No coincidimos con los terroristas. Pero no por eso tenemos que coincidir siempre y en todo con los contrarios. El sentido religioso y moral de algunos conceptos desborda las significaciones políticas. No verlo así, no querer aceptarlo así, es no querer aceptar la libertad y la identidad de la Iglesia, difamarla injustamente, despreciar la aportación específica de los cristianos en esta dura tarea de la lucha moral contra el terrorismo, debilitar la reacción moral de la sociedad y facilitar las cosas a la propaganda ideológica y cultural de ETA. Lo contrario de lo que aparece y seguramente de lo que se desea. Todo muy complicado y bastante triste.
Fernando Sebastián Aguilar |