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Cartas desde la fe

 

DESPUÉS DE LA ENFERMEDAD

A estas horas muchos de vosotros sabéis que vuestro Obispo ha andado un poco justo de salud durante todo este verano. No ha sido nada grave, pero sí largo y complicado. Primero fue una infección de salmonella, luego pneumonía. Esto me trajo una fibrilación ventricular. Y cuando parecía que me iba a reponer de todo, tuve que someterme a una intervención quirúrgica de urgencia para que me extrajeran la vesícula fuertemente inflamada e infectada. En total, desde principios de agosto hasta ahora fuera de servicio.

 

Pero ahí está la cosa. Tengo la sensación de que durante este tiempo no he estado "fuera de servicio". Sino que el Señor ha querido que aprendiera a servir de otra manera, desde la debilidad, con la oración y el sufrimiento, reconociendo efectivamente el valor de su gracia y la superioridad de los demás. Una buena lección.

 

Durante este período he estado hospitalizado en dos ocasiones. En las dos he podido experimentar la buena acogida, la amable solicitud, la admirable competencia y diligencia de nuestros sanitarios, médicos, enfermeras, auxiliares, celadores, limpiadoras. Sin olvidar a los invisibles y efectivos administrativos. No creo haber tenido ningún trato de privilegio. Me alegro de haber compartido el buen trato que reciben todos nuestros enfermos.

 

Muchos de vosotros me habéis acompañado en estos días de enfermedad y necesario aislamiento con vuestras oraciones, vuestro interés, vuestras visitas o mensajes de afecto y aliento. Con todos estoy en deuda, y a todos os quiero enviar mi sincero agradecimiento. Quiero saldar esta deuda de gratitud, compartiendo con vosotros y con todos nuestros amigos de Iglesia y de convivencia lo que he podido vivir y aprender en estos días de enfermedad.

 

La primera enseñanza que te da la enfermedad es caer en la cuenta de la provisionalidad y fragilidad de nuestra vida. La enfermedad siempre es algo imprevisto. No está en nuestra agenda. Mientras estamos sanos, damos por supuesto que siempre vamos a seguir así, sanos y fuertes. Pero llega un día en que el cuerpo no responde y nos damos cuenta de que nuestra aparente fortaleza se sostiene sobre un cúmulo pirámide de maravillas que nosotros no controlamos y conocemos muy escasamente.

 

Esta fragilidad también es parte de la verdad de nuestra vida, por eso la enfermedad nos ayuda a conocernos con más realismo. Y nos ayuda a ver mejor la verdad de nuestra sociedad. La visión de la calle, sin tener en cuenta lo que hay en los hospitales, no es verdad. Una visión de la vida, sin tener en cuenta la importancia del dolor, la realidad de la enfermedad y de la muerte, no es verdadera. Lo que no es verdadero tampoco ayuda a ser feliz. La mentira trae siempre frustración y amargura.

 

Somos mucho, valemos mucho, pero lo que somos y valemos todo está sustentado en algo que no depende de nosotros, que es anterior a nosotros y se nos escapa. La salud, la vida, todo lo que somos es un don. Lo disfrutamos, lo utilizamos, pero no podemos olvidar que lo estamos recibiendo de más allá de nosotros mismos continuamente. Al pensar así, te sientes movido a valorar lo que recibes, a cuidarlo y a emplearlo responsablemente. Si lo que somos y tenemos lo recibimos de Dios, tendremos que emplearlo como Dios quiere, de acuerdo con El, viviendo a su estilo, como hijos suyos, con gratitud y responsabilidad.

 

La enfermedad nos hace valorar también lo que recibimos de los demás. Uno no puede valerse para las cosas más insignificantes. Dependes de la ayuda de los demás en todo. Alguien tiene que estar a tu lado par ayudarte a vivir. Esta dependencia ayuda a descubrir otras muchas dependencias que tenemos habitualmente casi sin advertirlas. Así nos hacemos más humildes, más agradecidos y valoramos más la generosidad y la solicitud por el bien de los demás como una actitud humana indispensable. Vivir es ayudar y ser ayudado, querer y ser querido. Siempre con Dios al fondo.

 

En los días de enfermedad se reza más, se siente más cerca la presencia de Dios que nos consuela y fortalece, resultan más claras aquellas palabras de Pablo: "Te basta mi gracia". "La fuerza de Dios se manifiesta en nuestra debilidad". La aceptación de la propia debilidad ayuda a valorar más las posibilidades de los demás y sobre todo la gran fuerza del amor de Dios que nunca falla. La enfermedad es un tiempo de clarividencia. Se comprende mejor el misterio del dolor, la fuerza del amor, la necesaria solidaridad, la sabiduría definitiva de la Cruz de Cristo, amor inocente realzado en el dolor como camino de libertad y salvación.

 

Mi experiencia se ha visto reforzada por la enfermedad y muerte de dos amigos y hermanos muy cercanos, los Obispos Conget y Osés. Ellos han llegado hasta el fondo de la experiencia y han entrado por la puerta estrecha de la muerte hasta el encuentro glorioso con el Dios del Amor y de la Vida. Los demás hemos aprendido de ellos a morir y a vivir cerca de este Dios que nos espera con paciencia y misericordia.

 

Al volver a la vida normal intentaré ofrecer día a día todo lo que recibo, con sencillez y alegría, sin pensar en mí mismo, mirando sólo a lo que está por delante. Así quiero vivir los años que Dios disponga ejerciendo este maravilloso ministerio de ser entre vosotros y con vosotros testigo de la resurrección de Jesucristo y del amor misericordioso de nuestro Dios.

 

Queridos amigos, gracias por todo lo que de vosotros he recibido en estas semanas de enfermedad. Estoy seguro de que estos días de retiro van a ser muy ricos y provechosos para mí y para vosotros, así es de buena y de grande la providencia de Dios con nosotros. Nosotros somos débiles, pero viviremos y triunfaremos por la fuerza de Dios desplegada en Cristo. El está con nosotros hasta el final de los tiempos.

 

Pamplona 30 de octubre de 2001

 + Fernando Sebastián Aguilar
Arzobispo de Pamplona y Obispo de Tudela

 
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