Cartas desde la fe |
UNA LLAMADA INESPERADA
Ante la fecha cercana de San Francisco Javier, quiero hablaros un minuto sobre la vocación misionera. Me gustaría hacer pensar a alguno de vosotros, especialmente de los jóvenes, en esta posibilidad de vida, en esta inesperada vocación. En la vida civil nos preocupamos de muchas cosas. Tenemos por delante los estudios, el trabajo, la familia y mil otras preocupaciones menores. De vez en cuando cruza ante nosotros el panorama inquietante de los problemas y necesidades que se presentan en otras latitudes, problemas de pobreza, de guerras, de refugiados. Puede ser que estas noticias susciten en nosotros un sentimiento de compasión o de rebeldía. Pero estas reacciones pasan pronto y volvemos enseguida a preocuparnos de nuestros asuntos. Se cumple en nosotros el despiadado refrán: "Cada palo que aguante su vela". Y si esto ocurre en la vida civil, algo parecido sucede también en nuestra vida cristiana y en los diferentes ambientes eclesiales. Nos preocupamos de nuestros problemas inmediatos, de nuestra parroquia, de nuestras celebraciones o de las diferentes iniciativas de nuestro grupo. Pero pensamos poco en la necesidad de anunciar el evangelio de Jesucristo en otros lugares del mundo y de llevar el conocimiento y el disfrute de los bienes del Reino de Dios allí donde no está presente la Iglesia o no lo está de forma firme y suficientemente desarrollada. Con ocasión de la fiesta de san Francisco Javier, los cristianos de Navarra, las parroquias, grupos, comunidades y asociaciones de nuestra Iglesia de Navarra, tenemos que refrescar y avivar la conciencia de nuestra responsabilidad misionera. Cuantos hemos recibido el don de la fe y de los bienes del Reino de Dios, tenemos obligación de corresponder colaborando de alguna manera en la difusión de este evangelio de salvación que nosotros hemos recibido. El primer requisito necesario para sentir esta llamada es apreciar y valorar los bienes tan grandes que hemos recibido y estamos recibiendo con la fe cristiana. Por la fe podemos vivir libres de la imposición de falsos dioses, libres de esclavitudes y temores, sostenidos por una esperanza que no falla, iluminados en nuestra conciencia para obrar lo que es bueno y mantenernos libres del mal y de los engaños del demonio. Los cristianos tenemos el peligro de creer que estas y otras convicciones que nos parecen tan normales, son tan naturales y seguras como la luz del sol o la hierba de los campos. No nos damos cuenta de que la cultura en la que vivimos y la paz que tenemos en el corazón son fruto de la fe, de la revelación de la gracia de Dios que nos hace Jesucristo, en la cual vivimos y crecemos por obra de la Iglesia y de la fe personal. Conviene que profundicemos en esta idea, las ventajas de nuestra vida, la firmeza de nuestra esperanza y la consistencia de nuestra libertad, son consecuencia del don de la fe al que tenemos que corresponder ofreciendo a los demás lo que nosotros hemos recibido sin merecerlo, por pura bondad de Dios y por la mediación de otros hombres y mujeres fieles que nos ayudaron a conocer a Dios y a vivir en su gracia. Valorar y agradecer el don de la fe, con los muchos bienes que de ella nacen, para este mundo y sobre todo para la vida eterna, es la raíz de la vocación misionera. El amor y la solidaridad con los hermanos que sufren en otras tierras, en otros países, nos harán sentir la necesidad de llevarles el sorprendente anuncio de Jesucristo: tenemos un Padre en el Cielo que nos ama y cuida de nosotros, todos somos hijos de Dios, El nos ha creado para que vivamos eternamente en su presencia con los ángeles del Cielo, mientras tanto nos da su Espíritu para que seamos capaces de vivir en este mundo como hermanos, libres del mal y dueños del mundo mediante el esfuerzo de nuestra inteligencia y nuestro trabajo. Este mensaje estrictamente religioso libera las conciencias, purifica las culturas y estimula desde dentro el crecimiento espiritual y el desarrollo material de los pueblos. La obra de las misiones y de los misioneros, cuanto más religiosa es, más profunda y ampliamente influye en el desarrollo y el acercamiento de los pueblos. Los cristianos de Navarra, que nos honramos de tener a Francisco de Javier como patrón y modelo, tenemos que vivir intensamente esta dimensión misionera y universal de la fe. Ahora mismo tenemos desplegados por el mundo más del mil quinientos misioneros y misioneras. Casi todos son religiosos y religiosas, hay unos cuantos sacerdotes diocesanos y comienza a haber también pequeños equipos de seglares, incluso familias misioneras, que dejan todo por unos años o definitivamente para ir a anunciar el evangelio allí donde la Iglesia es minoritaria, donde no se ha anunciado suficientemente la buena noticia que Jesús trajo al mundo para el bien y la salvación de todos. El conocimiento cercano de los conflictos y de las mil calamidades que azotan en los cinco continentes a tantos hermanos nuestros, nos tiene que hacer escuchar la llamada misionera del Señor: Id por todo el mundo y anunciad a las gentes lo que vosotros habéis oído y recibido. Esta llamada es para todos los discípulos de Jesús, sacerdotes, religiosos y seglares. Durante estos días, en las parroquias, en las comunidades y grupos cristianos conviene que meditéis sobre esta llamada, que pidáis con humildad y confianza la bendición de algunas vocaciones misioneras entre nuestros jóvenes, vocaciones escuchadas y aceptadas eficazmente como proyecto de vida, en una congregación religiosa, en un sacerdocio universal y misionero, en una vocación seglar cristiana efectiva y abierta a las necesidades de la Iglesia en las anchuras del mundo. Si anunciamos y vivimos la fe con hondura y alegría, en una clara y efectiva comunión eclesial, estas vocaciones volverán a florecer entre nosotros, ellas serán honor y vigor de nuestra fe y de nuestra Iglesia. Dios lo haga, con su gracia y la generosa respuesta de todos nosotros.
Pamplona 15 de noviembre del 2001 + Fernando Sebastián Aguilar |