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Cartas desde la fe

 

¿CÓMO PREPARAMOS LA NAVIDAD?

Es evidente que todos preparamos las fiestas de Navidad de una manera o de otra. Las preparan los comerciantes, los restauradores, los Ayuntamientos. Y las preparamos cada persona y cada familia. En estas fechas ya estamos haciendo compras, previendo encuentros, viajes y toda clase de celebraciones.

Y es también una evidencia que cada uno prepara la Navidad según la idea que tiene de ella y el modo como la quiera celebrar. Porque no todos tenemos la misma idea de lo que es la Navidad ni todos pensamos celebrarla de la misma manera. Ni siquiera entre los cristianos. Las fiestas navideñas tienen muchos aspectos y están compuestas de muchos elementos distintos y no todos les damos a cada uno de ellos la misma importancia, ni nos interesan las mismas cosas.

Con permiso de quien piense de otra manera, yo me atrevo a sugerir unos criterios que los cristianos deberíamos tener en cuenta para preparar bien la Navidad.

Conviene, en primer lugar, no dejarse impresionar por la publicidad. Desde todas partes y por múltiples altavoces intentan convencernos de que tenemos necesidad de muchas cosas, perfumes, viajes, restaurantes, bebidas, regalos de todas clases. Se impone la distancia y el discernimiento. ¿Cuál es la verdad de todo lo que nos dicen? ¿Qué es lo que verdaderamente nos interesa? Primera cuestión.

En segundo lugar, hay que evitar entrar en la competencia del gasto y de la ostentación. "Si otros compran, yo también; si otros regalan, yo más; si otros invitan, yo no voy a ser menos". Lo sensato es hacer cada uno, o cada familia, lo que verdaderamente nos parezca razonable, justificado, proporcionado, sin fijarnos en lo que hacen los demás ni pretender pasar por delante de nadie.

Me parece muy importante un tercer criterio, que podría formularse así. En las fiestas, y en las de Navidad más que en otras, el pasarlo bien no depende del gastar mucho o poco, ni del mucho o poco barullo. Lo vamos a pasar bien si hacemos aquello que nos llena interiormente y no podemos hacer en los días ordinarios, estando a gusto con quienes nos dan paz y nos hacen pasar un buen rato, o con aquellos que nos van a agradecer un rato de atención y comunicación, buscando la manera de vivir, solo o con otros, lo más auténtico y lo más propio de la Navidad. Nada de esto cuesta mucho dinero.

Las estadísticas dicen que los navarros vamos a gastar en extraordinarios navideños un promedio de 125.000 pts (en euros, unos 750). Si lo pensamos bien, veremos que aun gastando más dinero no está garantizada la felicidad, ni siquiera el pasarlo bien. Un enfado, o un simple dolor de muelas, nos puede echar todo a perder. Y también es verdad que con mucho menos dinero podemos pasarlo muy y ser bastante felices. La felicidad no está necesariamente en proporción del dinero que gastamos.

La felicidad nace más adentro, nace de la conformidad con uno mismo, de la cercanía espiritual con los demás, de la conformidad de nuestros deseos con la realidad en que vivimos. Aquí entra el verdadero sentido de las fiestas, la auténtica sabiduría de la Navidad.

Para celebrar bien la Navidad hay que saber alegrarse de que Dios haya querido vivir con nosotros. Hay que alegrarse de este nuevo principio de la vida y de la historia que es Jesucristo. Alegrarse de que el nacimiento del Hijo de Dios hecho hombre como uno de nosotros, haya iniciado en el mundo y nos haya hecho posible una forma nueva de entendernos a nosotros mismos y de vivir en este mundo, como hijos de Dios, hermanos unos de otros y herederos de la vida y la felicidad eternas. Quien no haga un esfuerzo para dejarse empapar por esta noticia sorprendente, se quedará sin gustar la verdadera alegría de la Navidad y sin poder aprovechar a fondo todas las demás alegrías de estos días maravillosos.

No es difícil de hacer. Basta recordar y creer. Basta recibir con sencillez, con asombro y agradecimiento la buena noticia de la Navidad: Os ha nacido un Salvador, Gloria a Dios en el Cielo y paz en la tierra a los hombres de buena voluntad. Basta con escuchar el evangelio de estos días con fe y alegría de corazón. Todo esto lo haréis fácilmente si os tomáis la molestia de leer tranquilamente en casa el relato del nacimiento de Jesús en el evangelio de San Lucas. Y mejor todavía si os sentáis un rato a la Iglesia delante del sagrario a pensar el misterio del "Dios con nosotros". En la vida y en la muerte. Id con tiempo a la Misa de Nochebuena. Vivid intensamente la Misa del día de Navidad. Esos son los momentos mejores para que la alegría del misterio nos inunde y nos renueve.

En esta Navidad no debe faltar una oración cargada de dolor y de deseos sinceros de paz para los habitantes de la tierra de Jesús, israelitas y palestinos, musulmanes y judíos. Como no debería faltar una oración ardiente por el fin de la guerra de Afganistán, el fin de los mitos fratricidas, de los odios asesinos, de las conspiraciones y las agresiones terroristas, las de lejos y las de aquí mismo. Para todos y en todas partes la paz que viene de Dios, la paz que nace dentro del corazón y crece en todas las actividades y relaciones de los hombres y de los pueblos.

De esta paz y de esta alegría del corazón brotarán otras muchas alegrías, en casa, en la calle, con los amigos, en torno a la mesa familiar y en las celebraciones litúrgicas, en la realidad misma y en la rica complejidad de nuestra vida. De Dios nos viene la Navidad verdadera, y de El nos ha de venir también la verdadera alegría.

Esta es la alegría que os deseo a todos, cercanos y lejanos, católicos practicantes y los que viváis más o menos alejados por las distancias de las dudas o de las decepciones. Para todos la paz y la felicidad de la nueva humanidad que nos llegó con Jesús y está al alcance de todos. Estos días más que en otros momentos.

Pamplona, 15 de diciembre de 2001

+Fernando Sebastián Aguilar
Arzobispo de Pamplona y Obispo de Tudela

 
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