Cartas desde la fe |
ESCUELAS VIVAS DE ORACIÓN
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Anunciar en nuestro mundo una “Escuela de oración” puede parecer algo perfectamente inútil y fuera de lugar. Algo así como “vender neveras en el polo norte”. Pero, si bien se mira, es exactamente lo contrario. Aprender a orar en estos tiempos es como tener un buen congelador en el trópico. Donde más falta hace. Comencemos por decir que la oración es una actividad difícil, escasa, pero absolutamente necesaria para vivir en la verdad de nuestra vida. Orar es vivir ante Dios, contar con El, aceptar y ejercer nuestra condición de creaturas, de hijos de Dios, queridos y atendidos por El, dependientes y pendientes de su providencia y de su gracia. Es evidente que para orar hay que tener fe, saber que Dios está delante y dentro de nosotros, que nos ama personalmente y vivimos sostenidos por la fuerza creadora de su sabiduría y de su amor. Los cristianos lo sabemos y aun así oramos poco. Otros, que fueron cristianos, que viven ahora en un ateísmo más o menos difuso, pueden sentir también la necesidad de orar en algunos momentos de su vida especialmente intensos y clarividentes. Es evidente que la oración no está bien vista en nuestro mundo. Es explicable. Se trata de una actividad que requiere fe, sentido personal y cercano de Dios, reposo, hondura, soledad, libertad y señorío por encima de las cosas de este mundo. La cultura y el trasiego en que vivimos no proporcionan estas circunstancias. La prisa, el enajenamiento, las múltiples aspiraciones en las que vivimos atrapados y dispersos, no nos permiten vivir con nosotros mismos y mucho menos con Dios. Hay en la Iglesia unas pocas personas, hombres y mujeres, que se retiran de la vida ordinaria para dedicarse a la oración como la ocupación central de su vida. En Navarra tenemos dos comunidades masculinas y 32 femeninas, en total unas 500 personas que viven generosamente esta vocación. Antes de que amanezca el día están ya alabando a Dios por todos nosotros y pidiendo su bendición para esta tierra de Navarra y para todos los rincones de la Iglesia y del mundo. Ellos y ellas suplen y compensan lo que nosotros no hacemos. Les debemos amor, admiración y gratitud. Su vida es para todos nosotros una enseñanza, una ayuda, una verdadera llamada interior. Sus casas son un lugar de silencio y recogimiento donde todos podemos encontrar fácilmente la paz y el sosiego que necesitamos para encontrarnos con nosotros mismos, con Dios, con la verdad de nuestra vida, con la mirada y el amor de Cristo. A su lado podemos aprender a orar, con calma, con serenidad, con un escondido placer espiritual, en unión de corazones con la Iglesia del mundo entero. En este día de la Stma. Trinidad pedimos a Dios por nuestros contemplativos y contemplativas, los recordamos con gratitud, pensamos en conocerlos y ayudarles de alguna manera. Podríamos incluso pensar en buscar unos días de descanso para acercarnos a un Monasterio como aprendices de este arte maravilloso que es la oración. Aprender a orar es aprender a vivir en comunión con Dios, con Jesucristo, con la Virgen María y con los santos, con lo más bello y valioso de la Iglesia y de la humanidad entera. Ahí queda esta palabra de recuerdo y homenaje para unos, de invitación y aliento para los demás. Dios quiera que nuestros Monasterios sean de verdad escuelas de oración para los cristianos de Navarra. Dios quiera que los cristianos navarros descubran el valor y la riqueza espiritual que pueden encontrar en nuestros Monasterios. Pamplona, 10 de junio del
2001
Fernando Sebastián Aguilar |