Cartas desde la fe |
LOS OBISPOS Y EL PACTO ANTITERRORISTA
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Hace ya unos cuantos días que desde varios medios de comunicación se viene acusando a los obispos de mantener actitudes tibias y ambiguas en relación con el terrorismo de ETA. Las declaraciones del primer Vicepresidente y de otros miembros del Gobierno en esta misma línea elevaron el tono y la gravedad de la polémica. Las intervenciones del Presidente de la Conferencia y una breve nota del Comité Ejecutivo de la Conferencia Episcopal han dado respuesta clara a estas acusaciones. Pero dado que estos asuntos llegan tan profundamente al sentimiento y a la conciencia de las personas, me siento obligado a ampliar algunos razonamientos con el fin de aclarar la postura de los obispos ante los católicos navarros y ante las personas de buena voluntad que me quieran atender. En la catarata de críticas y acusaciones que ha caído
sobre nosotros hay una confusión de bulto que a veces parece interesada.
No es lo mismo la resistencia o la lucha contra el terrorismo de una
persona o de una institución, que su relación con un Acuerdo que por muy
importante que sea no deja de ser un hecho concreto
que tiene lugar entre dos partidos políticos en un momento
determinado. Se puede estar fuera de este pacto sin desentenderse de la
lucha contra el terrorismo. Hay muchas acciones de muchas personas e
instituciones que tienen un gran valor en la lucha contra el terrorismo y
sin embargo no entran en este pacto, ni antes ni ahora. Los Obispos tenemos muchas razones para no refrendar este pacto. En primer lugar porque nadie nos lo ha pedido oficialmente. ¿Cómo se puede echar en cara el que no nos hayamos adherido al pacto cuando ni desde el Gobierno ni desde ninguno de los partidos firmantes se nos ha pedido formalmente esta adhesión? Además, si los partidos firmantes tenían intención de que la Conferencia Episcopal firmase ese texto lo menos que podían haber hecho era invitarnos a intervenir de algún modo en algún momento de su redacción. Querer obligarnos a firmar un texto en el que no hemos tenido arte ni parte es una actitud excesivamente impositiva y muy poco respetuosa con la libertad y la misión de la Iglesia. Hay otras razones de más calado eclesiológico y teológico. El pacto es un texto político, en el mejor sentido de la palabra. Es cierto que tiene una finalidad muy importante, como es la defensa del derecho a la vida, la libertad y la seguridad. Pero una cosa son los fines del pacto y otra cosa distinta son los medios. Los medios previstos por el pacto son estrictamente políticos, como no puede ser de otra manera. Y responden a la visión y los propósitos de unos partidos políticos en unas determinadas circunstancias políticas. Los partidos firmantes se comprometen a colaborar para desarrollar una determinada “estrategia política”. Ahora bien, cualquier estrategia política, aun siendo acertada, es siempre opinable, se apoya en análisis circunstanciales y responde a puntos de vista particulares que los Obispos no podemos avalar con la autoridad moral de la Iglesia. El bien común de la Iglesia, y aun de la misma sociedad política, requiere que nadie pueda decir que, a cuenta del antiterrorismo, en el País vasco, la Iglesia española ha tomado parte en la caravana electoral de unos determinados partidos políticos. Nuestra negativa a adherirnos al pacto no significa que no lo apoyemos o que no estemos de acuerdo con sus fines. Significa simplemente que no vemos conveniente vincular la autoridad moral de la Iglesia a algo que, aunque responda a fines que nosotros compartimos, contiene también otros elementos que pertenecen estrictamente al orden de lo contingente y opinable, de aquello que no puede ser impuesto a nadie por razones religiosas o morales. Es moralmente obligatorio para todos los hombres de buena voluntad estar claramente contra el terrorismo de ETA. Pero no es igualmente obligatorio configurar esta lucha de una manera o de otra, con unos medios o con otros. Cada uno verá cómo lo hace mejor en cada momento y en cada circunstancia. Aun suponiendo que la estrategia recogida en el Acuerdo sea un óptimo instrumento político para luchar contra ETA, es indudable que se podría haber hecho de otra manera, en otro momento, con otras circunstancias y otras colaboraciones. ¿Debemos los Obispos sancionar con la autoridad de la moral católica todas las circunstancias políticas y contingentes del pacto? ¿Podemos cargar la conciencia de quienes tienen otra manera de ver las cosas? Las instituciones políticas tienen que llevar el principal protagonismo en la lucha contra el terrorismo. Pero junto a ellas, otras muchas instituciones tienen que participar también en esta lucha, con su propio lenguaje y con sus propios métodos. La sociedad es bastante más amplia que la política y los políticos. Todos hemos alabado el gesto de los Rectores de Universidad firmando un manifiesto a favor de la justicia, la libertad y la democracia. Si no estoy mal informado, tampoco ellos han querido adherirse explícitamente al pacto de los partidos. La comunidad universitaria tiene otros elementos de cohesión y otros modos de actuar distintos de los partidos. Esto mismo vale a fortiori para la Iglesia y para otras muchas instituciones. Pero no por eso se nos puede acusar de no participar con suficiente claridad en la lucha social contra el terrorismo. La Iglesia está claramente y decididamente contra el terrorismo de ETA y contra todas las agresiones que se puedan hacer contra el derecho a la vida y a la libertad de las personas. Así lo ha dicho el Papa refiriéndose a España en varias ocasiones. Lo hemos dicho los Obispos siempre que ha habido ocasión. Hemos presidido los funerales de las víctimas, hemos estado con sus familiares, nos hemos pronunciado en las homilías y en muchos escritos tanto personales como colectivos. Lo hemos manifestado recientemente en un acto de oración ante más de 50.000 personas que acudieron a rezar por el fin del terrorismo. Sólo una inexplicable falta de información o unas intenciones torcidas explican que se nos acuse a los Obispos en general y a la Iglesia entera de “quitarnos de en medio” o de “andar con medias tintas” en la lucha moral y social contra el terrorismo. Después del Vaticano II, y metidos en la democracia, los Obispos consideramos que para el bien de todos, católicos y españoles en general, es preciso que la Iglesia católica se mantenga al margen de las actuaciones políticas. Digo al margen de las actividades políticas, no al margen de los problemas sociales que afectan a la sociedad y a los ciudadanos. No somos ni podríamos ser indiferentes ante los asesinatos o extorsiones de ETA. La mayoría de las víctimas son cristianos, miembros de nuestras parroquias, hijos de familias cristianas conocidas y queridas por muchos de nosotros, en muchos casos los mismos asesinos están bautizados y han participado en la vida cristiana hasta que las ideas marxistas y paganas los apartaron de la Iglesia, los zarpazos del terrorismo siembran el dolor y la tragedia en muchos pueblos de España, dividen y enfrentan a la sociedad en que vivimos, amenazan la convivencia y atropellan los derechos fundamentales de nuestros feligreses, de nuestros conciudadanos y hasta de nuestros familiares y amigos. ¿Cómo podríamos mirar hacia otro lado? Seríamos del todo cínicos y perversos. Los Obispos estamos en contra de ETA, en contra del terrorismo, de los atentados y de cualquier agresión contra los derechos de las personas. Pero, señores del Gobierno y periodistas colaboradores, déjennos hacerlo y decirlo a nuestra manera, con razonamientos y motivaciones de orden religioso y moral, dentro de nuestra misión específica y con los médios propios de nuestra tarea de clarificación y animación moral de la sociedad entera. Estamos dispuestos a luchar contra el terrorismo aunque nos cueste la vida, pero tenemos que hacerlo en nombre de Dios y del evangelio de Jesucristo sin someternos al dictamen de ningún poder humano. En nombre de Dios hablamos a todos, denunciamos los crímenes del terrorismo, exhortamos a todos a vivir con libertad y justicia, pedimos a todos los ciudadanos y a las instituciones más diversas, que colaboren activamente en este esfuerzo general por eliminar de nuestra sociedad la violencia terrorista y fortalecer los fundamentos de una convivencia amplia, justa, libre, pacífica y democrática. Esta es nuestra manera específica de servir a la sociedad y de luchar contra el terrorismo. Es necesario que en una sociedad agredida y crispada, junto con las otras voces, se oiga claramente la voz de la Iglesia y del Evangelio, la llamada de Jesucristo a la convivencia y a la paz, sin limitaciones ni acomodamientos de ninguna clase, que junto a las actuaciones de las instituciones políticas o sociales aparezcan también claramente las actuaciones religiosas de la Iglesia y de los creyentes, sin confundirse con las demás, aunque todas sean legítimas, buenas y necesarias. No verlo así, no reconocerlo así, me parece una injusticia y una torpeza. Yo estaba convencido de que todo esto estaba claro desde los tiempos del Concilio y de la Constitución. ¿Acaso alguien quiere hacernos volver a los esquemas de tiempos anteriores? Haya paz entre nosotros. Contra el terrorismo la primera respuesta consiste en no perder los nervios y mantener la cabeza clara. Pidamos a Dios que nos conceda a todos la claridad y la fortaleza necesarias para cumplir con nuestras obligaciones con decisión y acierto. Mantengamos la calma y actuemos todos en una respetuosa colaboración contra la perversión terrorista y a favor de una sociedad sin agresiones ni amenazas, segura y abierta, justa y pacífica, en la que la ley moral sea acogida en su integridad y respetada por todos para bien de todos. Pamplona, 20 de febrero del 2001
Fernando Sebastián Aguilar |