Cartas desde la fe |
PENTECOSTÉS
La fiesta de Pentecostés es una fecha central en el calendario cristiano. Recordamos y celebramos el hecho de mayor repercusió n en la vida de la humanidad. El cumplimiento de la Gran Alianza entre Dios y los hombres. El resultado de la obra redentora y renovadora de Cristo. La efusión del Espíritu de Dios sobre los Apóstoles, sobre la Iglesia de Dios, sobre todos los hombres y mujeres de buena voluntad. A partir de esta comunicación del Espíritu de Dios podemos hablar de un hombre justo y libre, de una humanidad nueva, de una historia abierta y con fundamento para la esperanza. Este acontecimiento es la clave del progreso de la humanidad, del crecimiento de la verdadera libertad, en la verdad y para obra el bien, en l a vocación de unidad y fraternidad que empuja desde todos los puntos de la tierra. Queda mucho por hacer. Hay que anunciar esta gran noticia (este evangelio) a muchos millones de hombres que no lo conocen. Quienes lo conocemos hemos de vivirlo con mayor claridad y alegría. Todos hemos de sacar las infinitas consecuencias de crecimiento humano, religioso, moral, cultural y social que están contenidos en este don de gracia y de vida. Seguramente el primer paso tendráque ser que los cristianos vivamos con más advertencia, con mayor estima, con una coherencia más efectiva esta maravilla de estar visitados y renovados interiormente por el Espíritu de Dios y de Cristo. Cómo podemos ser tan fríos y tan desinteresados a la hora de valorar este don inmenso de Dios que es el auténtico fundamento de nuestra mejor humanidad? Estamos malbaratando lo mejor de nuestro patrimonio espiritual y humano por el plato de lentejas de las holguras y comodidades del momento. Los cristianos del siglo XXI necesitaremos la iluminación y la fortaleza del Espíritu Santo para orientar nuestros pasos con justicia y humanidad en el futuro, cuanto más crezcan las posibilidades de la humanidad más acierto y más rectitud interior necesitaremos para encontrar los caminos de la verdadera humanidad y de la auténtica felicidad. Esto quiere decir que necesitamos vivir a la sombra de Pentecostés, fortalecidos y santificados con el fuego interior del Espíritu de Dios. Ante semejantes perspectivas, muchos cristianos de Navarra se plantean la misma pregunta que se hicieron los oyentes del anuncio de los Apóstoles en el aquel primer día del perenne Pentecostés: ¿Qué hemos de hacer, hermanos?. En comunión con el Papa y con la Iglesia universal, os podemos ofrecer esta respuesta: Vivir con asombro, gratitud y entusiasmo nuestra vocación cristiana. Ser cristiano es la forma más cabal y más bella de vivir la propia vida en toda su grandeza. No conformarnos con la mediocridad, busquemos con humildad y realismo los caminos de la santidad. Arraigar y crecer en la Iglesia, buscar el grupo, la comunidad, la asociació n, el hogar cristiano donde alimentar la fe, donde podamos encontrar el apoyo de otros hermanos en la fe, donde podamos renovar nuestra fe y alimentar nuestros compromisos de vida y de acción. Buscar siempre y en todo la voluntad de Dios, purificar con el aliento de Dios esta pequeña porción del mundo que somos nosotros, que llevamos entre las manos, en nuestra familia, en nuestras relaciones personales, en el ejercicio de n uestra profesión, en nuestras diversiones, en la pasta real y concreta de nuestra vida de cada día. Con mucho amor, con mucha oración, con mucha generosidad y una firme esperanza. Por eso mismo, Pentecostés es el día del apostolado seglar, el día de la Acción Católica, el día de los cristianos profesantes y militantes que quieren unirse con los sacerdotes y los Obispos para ser Iglesia y anunciar el evangelio de Dios en el mundo, para que todos alcancen la vida plena y verdadera que Cristo conquistó e inició para todos. Una gran tarea, una hermosa de vivir que muchos cristianos tienen demasiado olvidada. Ven, Espíritu Santo, llena nuestros corazones y haznos testigos y servidores del Reino de Dios, que es también el Reino de los hombres y mujeres libres, justos y solidarios, defensores de la vida y servidores de los pobres. Pamplona, 26 de mayo de 2001
+ Fernando Sebastián Aguilar |