Cartas desde la fe |
LA PÍLDORA DE LA MUERTE
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En estos días se habla mucho de la píldora del día después. Desde muchos lugares se les está proponiendo a nuestros jóvenes como el modo más seguro de poder disfrutar del sexo sin riesgos. Entiendo que es un paso muy grave en la destrucción de la humanidad de nuestros jóvenes. Veamos. En primer lugar, se quiere implantar un modo de interpretar y vivir la sexualidad al margen de toda consideración moral. Esto quiere decir al margen de una valoración verdaderamente humana de la sexualidad. Sin el esfuerzo de integrarla personalmente para poder vivirla de forma verdaderamente humana, de acuerdo con la voluntad de Dios y con las exigencias de nuestro propio ser personal. Curiosamente alguien ha decidido que el ideal de la vida, y por tanto la única norma moral verdadera, es el disfrutar de la vida y de todas sus posibilidades sin trabas de ninguna clase. Incluso sin la traba fundamental de ajustar nuestra conducta a la naturaleza de las cosas, a las exigencias internas de nuestro propio ser humano y personal. Aplicado este criterio a la sexualidad se convierte en la invitación a disfrutar de la sexualidad, del erotismo, del orgasmo, sin ninguna otra consideración. Simplemente con la precaución de evitar los riesgos posibles, riesgo de contagio y riesgo de embarazo. Los riesgos de contagio se previenen con el preservativo, los del embarazo, hasta ahora, se prevenían con los anticonceptivos, desde ahora con la píldora del día siguiente. En este procedimiento hay dos omisiones graves que pervierten el sistema y preparan una vida desgraciada. La primera omisión es no querer enterarse de que la píldora del día siguiente es abortiva. En el caso de que haya habido fecundación, impide que el embrión fecundado, que es ya un verdadero ser humano, sea acogido en el útero, lo expulsa, lo mata. Es, en verdad, una píldora de muerte. La segunda omisión gravísima es el no enseñar a los jóvenes a valorar y ejercitar su sexualidad en el verdadero contexto humano de una relación personal amorosa, plena, definitiva, estable. El sexo sin riesgo se convierte en sexo sin humanidad, sin hondura, sexo sin amor y por eso mismo sexo sin felicidad. Los padres, los educadores, los sacerdotes, quienes quieran ayudar de verdad a los jóvenes, tienen que ayudarles a conocer la verdadera realidad humana del sexo. El sexo es invitación al acercamiento personal, invitación al encuentro y al amor entre dos personas, con un amor pleno, amor de donación y de recepción, interpersonal, estable, definitivo. Sólo en el seno de una relación conyugal de amor estable, la comunicación sexual manifiesta y alcanza toda su riqueza personal, humanizante, feliz, verdaderamente liberadora. Hay que volver a valorar la virtud de la castidad. No es enemiga de la sexualidad, sino condición indispensable para vivirla humanamente en cada momento y en cada situación de nuestra vida. Los que ridiculizan esta virtud no saben lo que dicen. El sexo sin amor, el sexo de los fines de semana, el sexo de los preservativos y de las píldoras, es sexo sin hondura personal, sexo sin humanidad, sexo egoísta y explotador, sexo animal, degradante y destructor. No pretendo provocar polémicas ni discutir con nadie. Sólo quiero defender a los jóvenes de un magisterio interesado y pervertido. Proponer como camino de progreso esa concepción deshumanizada de la sexualidad es invitar a los jóvenes a entrar por un camino frustrante. La genitalidad aburre. Sólo el amor personal es capaz de mantener durante toda la vida el atractivo y la felicidad de la comunicación sexual entre dos personas. Empobrecer y pervertir el juicio de los jóvenes sobre la sexualidad es herirlos en algo muy íntimo que luego va a influir en el desarrollo de toda su vida y en su capacidad de comunicarse con los demás. Es verdad que la relación sexual entre hombre y mujer cumple una función básica en la estructuración de la persona y de la sociedad, alterarla, deformarla, es trastornar la vida personal y social de una persona para mucho tiempo. Los falsos profetas del progreso indiscriminado deberían pensar algo más en la responsabilidad de sus soflamas. Es fácil halagar a los jóvenes prometiéndoles paraísos de libertad y felicidad. Si destruimos la visión humana y moral de la vida estamos abriendo un portillo que no sabemos hasta donde puede llegar. Progresar es crecer en humanidad, no librarse del peso y de las exigencias de una existencia humana y personalizada. Al margen de cualquier oportunismo, y de cualquier deformación rigorista, los cristianos tenemos una manera de ver la sexualidad profundamente humana y positiva. La fe no nos predispone contra la sexualidad sino que nos ayuda a verla como parte de nuestra existencia personal, nos ayuda a valorarla como signo e instrumento de comunicación personal en el amor, en la verdad profunda de un amor interpersonal, estable y definitivo, sin el cual no puede haber donación sino posesión y explotación. Este es el gran valor de la enseñanza católica acerca de la castidad y del matrimonio. Como consecuencia de una mala conciencia, los católicos, me refiero a los padres y a los educadores católicos en general, no nos atrevemos a enseñar a nuestros jóvenes la verdadera visión cristiana del sexo. Los hemos abandonado a la propaganda de los intereses ideológicos, políticos y económicos de quienes utilizan la nueva cultura como instrumento de sus ambiciones. Por cobardía, por falta de seguridad y de fidelidad personal, estamos pecando gravemente de omisión. De esta forma estamos comprometiendo gravemente el futuro de nuestros jóvenes y de nuestra sociedad. No somos fieles a Dios ni a nosotros ni a nuestros jóvenes. Que el Señor nos perdone, nos ilumine y nos ayude a rectificar. Pamplona, 16 de junio del 2001 + Fernando Sebastián Aguilar |