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Cartas desde la fe

 

UNIÓN DE LA IGLESIA, UNIÓN DE LOS PUEBLOS

(En torno a la Semana de Oración por la unidad de los cristianos)

 

Nunca pasa el tiempo en balde. Cada año, del 18 al 25 de enero,  repetimos esta semana de oración por la unidad. Pero de un año para otro vemos con más claridad la gravedad de esta situación. Por eso cada año rezamos con más convencimiento, con un deseo más intenso y hasta más impaciente: “Señor, danos el don de la unidad. Unidad entre los cristianos, entendimiento y colaboración entre las grandes religiones, acercamiento y paz entre todos los pueblos y todos los hombres del mundo”.

En el día a día no conocemos los caminos de nuestra vida. Pero si nos remontamos a niveles más altos, o entramos en la profunda realidad de las cosas, sí que sabemos cuál es el camino que nos lleva de verdad a la vida. Sabemos que Dios quiere nuestra salvación. Sabemos que esta salvación está hecha y ofrecida para todos en Jesucristo. Sabemos que la salvación de Dios la anuncia y la ofrece Jesucristo por medio de su Iglesia, que la podemos vivir y alcanzar en Ella y por Ella.             Y para conseguir todo esto, sabemos también que Jesús es el camino, la verdad y la vida. Jesús es siempre y en todo  lo verdaderamente importante.

A medida que pasa el tiempo, vamos descubriendo qué consecuencias tan graves han tenido y tienen para el mundo entero las divisiones entre cristianos y las malas relaciones entre los que adoramos al Dios vivo y personal.

La división entre los cristianos debilita la fuerza moral de nuestro testimonio y cuando estas divisiones, como ha ocurrido tantas veces, son causa de tensiones y conflictos, el mal ejemplo de los cristianos desprestigia el evangelio de Dios. No es una buena lógica pero es muy común.

Lo mismo se puede decir de las malas relaciones entre las grandes religiones monoteístas. ¿Sería lo mismo el Cercano Oriente si judíos, musulmanes y cristianos nos entendiéramos mejor y pudiéramos influir conjuntamente en la creación de unas bases para la convivencia en aquella tierra, bendecida por Dios y desgarrada por los hombres?

Basta este ejemplo para vislumbrar el gran bien que podríamos conseguir para la convivencia de todos los pueblos si las Iglesias o Comunidades que se marcharon de la Unidad católica volvieran a la comunión plena dentro de la Iglesia católica, Universal y Unica. ¡Cuánto más podríamos influir, por ejemplo, para que la Unión Europea mantuviera vivo y vigente su gran patrimonio moral!  ¡Cuánto más podríamos hacer los cristianos del mundo entero a favor de la solidaridad de Occidente con los pueblos del Tercer Mundo! La división nos debilita en la fe, en la eficacia de la misión y en la efectividad de la solidaridad y del servicio.

La unidad religiosa de los hombres y de los pueblos es como el núcleo y el fermento más activo de la unidad de los hombres y de los pueblos. Hablo de una fe y de una unidad verdaderas, no impuestas por la fuerza sino aceptadas libremente mediante un proceso libre y personal,  estrictamente religioso. Donde hay una misma fe hay también unos mismos principios morales, una profunda convergencia cultural, un sereno y profundo acercamiento social, una unidad espiritual sólida. La unidad cristiana, una vez recuperada, será un gran fermento de renovación espiritual para los cristianos y un refuerzo incalculable para la acción humanizadora y pacificadora de la Iglesia en el mundo entero.

Aquí no percibimos mucho estas cuestiones de las divisiones y del ecumenismo. Pero hemos de abrirnos a una visión universal de la Iglesia,  en toda su amplitud, a lo ancho y a lo largo del mundo, encuadrando los grandes problemas religiosos en los problemas del mundo y viceversa. Eso nos hará amar más a nuestra Iglesia católica y sufrir más el dolor de sus heridas y de sus deficiencias.

La unidad de la Iglesia, la paz y la colaboración entre las grandes religiones monoteístas, hará patente en el mundo la unidad del Espíritu de Dios que nos envuelve en un mismo amor, un amor en el que cabemos todos y todos pueden encontrar la plenitud de su historia, de su cultura y de su vida. La unidad de la Iglesia es también la unidad de Cristo, de su Palabra, de su vida histórica y celestial, de su Cuerpo y de su Sangre, de su Realeza universal que preside el mundo y nos abre a todos en la mediación de su carne y de su Iglesia el camino hasta la Casa Eterna de Dios.

Oremos por la unidad, hagamos unidad, vivamos con gozo la unidad de la fe, la unidad de la Eucaristía y de los demás sacramentos, la unidad del amor. En humildad, en obediencia, con alegría y agradecimiento. Vivamos el gozo de la unidad católica, recemos por la unidad de todas las Iglesias en la única Iglesia católica y hagamos con nuestro amor y con nuestras obras que sea más fuerte, más gozosa, más atrayente y más fecunda la unidad viviente de nuestra Iglesia, en Cristo y por la fuerza del Espíritu Santo.

+ Fernando Sebastián Aguilar
Arzobispo de Pamplona y Obispo de Tudela

 
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