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Cartas desde la fe

 

AMAR Y VENERAR LA VIDA

Muchas veces hablamos de respetar la vida. Me parece poco. La vida hay que amarla, venerarla, disfrutarla con gratitud y alegría. La vida es el don de Dios, la vida es Dios mismo, que nos llama a compartir y disfrutar con El la maravilla de lo que es vivir, con inteligencia, con libertad, con amor y comunicación.

La revelación de Dios y la fe cristiana nos ayudan a descubrir lo que el Papa llama el evangelio de la vida, el anuncio de la vida humana en su plenitud, tal como Dios nos la ofrece y nos la da, tal como nos la manifiesta en Jesucristo y nos la pone al alcance de nuestra libertad, en comunión con Cristo, por el don del Espíritu Santo, en la comunión de la Iglesia apostólica y católica.

Desde el primer momento de nuestro ser personal, somos creados por Dios a su imagen y semejanza, tenemos una chispa de Dios que nos hace capaces de relacionarnos directamente con El, que hace brotar constantemente en nosotros la nostalgia y la necesidad de su presencia y de su amor, que nos abre las puertas de su vida trinitaria y nos invita a vivir con Cristo como hijos suyos, señores del mundo, hermanos de los santos y ciudadanos del Cielo.

Por eso el hombre, cada hombre, en su condición más pobre y desnuda, desde el principio hasta el fin, es un ser sagrado. Somos algo más que animales con suerte. Recibimos de Dios la vida personal y espiritual, El nos hace responsables de nuestra propia vida y de la de los demás, en amor y generosa solidaridad. Tanta es nuestra grandeza y nuestra responsabilidad. Ante El tendremos que responder de lo que hayamos hecho con este tesoro y esta misión.

Jesús, el Redentor, es el gran Revelador y el gran Realizador de la grandeza de la vida humana. Su vida dedicada a dar testimonio de la Verdad y a hacer el Bien, muestran el rostro más bello de la humanidad. Incluso los momentos más oscuros del sufrimiento, de la soledad y de la muerte, los ha iluminado por dentro, viviéndolos con amor, con fidelidad y obediencia, y los ha transformado en puerta abierta hacia el esplendor de la resurrección y de la gloria. Por eso es El nuestra vida y nuestra salvación.

El pecado de soberbia y desesperanza, tan frecuente en nuestro mundo, con la consecuencia sombría del ateísmo, priva a muchos conciudadanos nuestros de esta visión grandiosa de la vida humana. Sin Dios, el hombre queda reducido a una criatura estrictamente mundana, desarraigada, sin sentido ni garantías de vida. Si no hay inteligencia ni amor en el origen, tampoco lo puede haber en el crecimiento ni en el final de la vida. Todo es azar, pura mecánica, nadie responde de nada, porque no hay nada de lo que responder, ni hay tampoco nadie ante quien podamos hacerlo. Todo es impersonal, sin rostro, sin sujetos ni intimidad verdadera. Para los cristianos el hombre es imagen de Dios. Pero si no hay Dios personal, tampoco puede haber hombres que lo sean.

En esta visión inhumana y nihilista nadie puede justificar el valor supremo de la vida humana ni la obligación de respetarla siempre y en todo momento. Las leyes morales son sólo normas consensuadas entre los vivos y los poderosos para defender su propio bienestar. Los adultos, los sanos, los fuertes, nos ponemos de acuerdo para defender nuestra vida, pero podemos suprimir la de los demás siempre que nos resulte molesta. En absoluto, los demás también podrán suprimir la mía cuando sean más fuertes, y yo les resulte molesto o inútil. Así de dura y de cruel es en el fondo cualquier cultura atea. Si el hombre es el ser supremo, cada hombre tiene derecho, si puede, a disponer de todo y de todos los demás en provecho propio. Y esto vale tanto para las personas, como para los pueblos, como para los Estados.

De la negación de Dios nace sin remedio la negación y la destrucción del hombre, por lo menos la negación del valor sagrado de cada hombre, de cada persona. Si en un momento dado, estorba un recién llegado podremos recurrir al aborto, si estorban los enfermos o los ancianos se abre la posibilidad de la eutanasia, si queremos hombres o mujeres a nuestro gusto, podremos rechazar a uno y seleccionar a otros, podremos incluso producirlos como un producto más de consumo y de entretenimiento, programando artificialmente la producción de algunas personas a la medida de nuestros deseos o de nuestras necesidades. Todo tiene una perfecta lógica en una visión del mundo sin Dios, donde cada uno de nosotros ocupa el centro y trata de reordenar todo lo demás a la medida de sus gustos y de sus deseos. Esta es la cultura del ateísmo, la cultura de la esclavitud y de la muerte, la cultura de la soledad y de la desesperanza. ¿Cómo puede ser éste el camino del verdadero progreso? Algún día los amigos del mundo sin Dios, sin Jesucristo, sin Iglesia, tendrán que reconocer que ese mundo ya no es un mundo para el hombre. Si son honestos tendrán que cambiar y volver a Dios, a Jesucristo y a la Iglesia, a la fe verdadera y a la vida santa.

Aquí también la fe cristiana es bastante más que una religión, es una manera de entender la vida y de estar en el mundo, en libertad y en comunión universal, con el esplendor de la verdad y el gozo del amor, con generosidad y esperanza. En el mundo que viene los cristianos tenemos que ser los testigos visibles y sinceros de la vida personal amada y querida, acogiendo a los hijos con normalidad y generosidad, como el bien principal del matrimonio y de la familia, como el primer compromiso de amor y de solidaridad. Con los amigos y vecinos, conviviendo y compartiendo, ayudándonos en todo, sosteniéndonos unos a otros. Con los extranjeros y alejados, abriéndoles las puertas de nuestras ciudades y de nuestra sociedad, con verdadera fraternidad humana, siempre que tengan necesidad de nosotros. Hasta con los enemigos, tratando de vencer sus envidias y sus odios con la fuerza del perdón y de la magnanimidad. Si los cristianos somos discípulos de Jesús, verdaderos hijos de Dios, tendremos que ser servidores de la vida, sembradores de paz, educadores de la fraternidad universal.

Así lo vivió Cristo y así nos lo enseñó. Así lo queremos celebrar y vivir. Así queremos mostrárselo a los demás con nuestras obras y nuestro testimonio, personal y familiar, eclesial y comunitario. Viviendo en Cristo, ante el Padre, con el vigor y el amor del Espíritu Santo, en la Iglesia y bajo el amparo de la Virgen María. Venerando a Dios en la vida de los demás, y venerando la vida de todos en la presencia de Dios.

Pamplona, 09 de febrero de 2001

+ Fernando Sebastián Aguilar
Arzobispo de Pamplona y Obispo de Tudela

 
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