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Cartas desde la fe

SUPERAR LA VIOLENCIA

El día 12 de julio E.T.A. asesinó cruelmente a Miguel Angel Blanco Garrido. Este crimen provocó una extraordinaria reacción del pueblo pidiendo el fin del terrorismo, la convivencia en paz y libertad.

Desde entonces han cambiado algunas cosas. Muchas personas e instituciones se están alineando contra la violencia con más claridad y eficacia. Los acontecimientos políticos tienen su propio movimiento. Pero la existencia de la violencia entre nosotros nos afecta a todos y debe ser examinada desde todos los puntos de vista. Con este escrito quiero invitar a los cristianos, y a todos los hombres y mujeres de buena voluntad, a examinar el hecho de la violencia desde el punto de vista moral y en consecuencia desde las obligaciones morales que nos impone la persistencia de las agresiones y de la violencia en nuestra tierra. Desde el punto de vista de la conciencia moral, es claro que todo lo que sea agresión a los derechos de las personas tiene que ser rechazado sin paliativos. No es lícito recurrir a las amenazas, ni a las extorsiones, ni a los secuestros, ni mucho menos a los asesinatos como medio de presión o de estrategia política.

Estos hechos no son solamente delitos, sino que son, más profundamente, pecados contra la ley santa de Dios, agresiones contra el respeto que merecen las personas en cualquier circunstancia. Lo mismo se debe decir respecto de los posibles abusos de autoridad, de las torturas o de las actuaciones criminales y contrarias a la ley que se hayan cometido o se puedan cometer por personas pertenecientes a los Cuerpos de Seguridad del Estado.

Algunos opinan que no se debe indagar por las causas de esta violencia endémica. Piensan que podemos unirnos mejor en nombre del sufrimiento y de los que sufren. No hay duda de que la comunión en el sufrimiento puede y debe cambiar las actitudes y desarrollar en los corazones un movimiento de perdón y de acercamiento.

Aun así, incluso quienes dicen que no hay que indagar las causas de la violencia no dejan de hablar de ellas, interpretadas de una u otra manera. Para superar la violencia no hay más remedio que preguntarnos por qué se da esta violencia entre nosotros. Aquí y ahora quien mata y secuestra es E.T.A. Y E.T.A. mata porque piensa que es la forma más efectiva de imponer al Estado Español y a toda la sociedad vasca y navarra su propio proyecto político: hacer de Euskal Herria una República independiente y democrática, como era independientes y democráticas la república de Albania o la gran China maoísta.

Los cristianos tenemos que decir con toda claridad que las ideas políticas no justifican el ejercicio de la violencia de ninguna manera. No se puede matar para imponer las propias opiniones, no se puede secuestrar a nadie para obligar al Estado a cumplir los dictados de una minoría. Los cristianos tenemos que ir más allá. No es lícito colaborar de ninguna manera con quienes ejercen o justifican la violencia. No es lícito colaborar con quines no condenan los crímenes de E.T.A. Los buenos servicios en un Ayuntamiento, el amor a la cultura vasca, incluso el deseo legítimo de una posible independencia, no justifican el apoyar a un Partido que ahora mismo no condena los asesinatos o los secuestros de E.T.A.

Todas las personas de buena voluntad tienen que ponerse de acuerdo para excluir la violencia de la vida social y política, para aislar a quienes no se quieran apartar de quienes utilizan la violencia como instrumento político habitual. Ninguna sociedad puede subsistir ni actuar con firmeza si no mantiene con claridad las fronteras entre el bien y el mal. Quienes pretenden justificar la muerte de un inocente pervierten las bases de la convivencia.

En el origen y en el fondo de la violencia de Navarra y del País Vasco late otro problema más complejo: el nacionalismo independentista. En teoría está claro que el independentismo es una opinión y un proyecto político moralmente aceptable y políticamente posible.

Pero las cosas hay que valorarlas en concreto. Alguien tiene que preguntar qué razones hay ahora en el Estado español que hagan moralmente legítima la reivindicación de la independencia. Reclamar la independencia del País Vasco o de Euskal Herria supone alterar una situación histórica de siglos que ha creado lazos profundos entre los diferentes pueblos de españa y que ha dado lugar a un amplio patrimonio cultural común, por encima o por debajo de las innegables diferencias.

Es también iniciar un camino nuevo lleno de dificultades y de riesgos. Nada de esto se puede hacer lícitamente si no hay razones importantes que lo justifiquen. Los nacionalistas creen que estas razones existen. Habría que hablarlo y examinarlo serenamente.

En cualquier caso, para que la sociedad entera con sus instituciones sociales y políticas, pueda hacer frente a la violencia y a los violentos, es preciso que representantes del pueblo español y representantes del pueblo vasco, nacionalistas y no nacionalistas, unas fórmulas políticas aceptadas por todos a partir de las cuales sea posible presentar un frente democrático sólido y unas propuestas políticas bien definidas ante la presión y el chantaje de la violencia.

Si queremos eliminar la violencia de nuestra sociedad, la violencia del terrorismo y otras violencias, tenemos que tomar muy en serio la formación religiosa y moral de nuestros jóvenes. Los padres y los educadores tienen que tener el valor de educar a los jóvenes en el conocimiento y la estima de la vida moral, con claridad y exigencia, sobre bases verdaderas y firmes, sin omisiones ni falsas condescendencias. Hablamos a veces de valores impersonales. No sé si hablamos con suficiente claridad del respeto al Dios vivo y personal como base de la convivencia humana, del amor al Dios de la salvación como principio del verdadero amor al prójimo, perseverante, sacrificado, universal.

¿No caemos a veces en una formación demasiado retórica, algo narcisista, sin las exigencias de abnegación y sacrificio que resultan indispensables para que las bellas palabras sean también verdaderas?.

Son los educadores, quienes más se deben sentir interpelados son los políticos. De manera especial los políticos cristianos. Estén en el partido que estén. Es hora de que los partidos políticos que quieran ser justos, porque no basta el recurso al apelativo de demócratas, vayan al fondo de las cuestiones de manera sincera, sin miedo a las consecuencias.

La lucha contra el terrorismo tiene que estar por delante de los objetivos particulares de los partidos políticos. Nadie gana nada si con sus estrategias partidistas debilita la seriedad y la eficacia de la lucha común contra la violencia terrorista.

No se puede disimular que detrás de esta violencia está sin remedio la cuestión de los nacionalismos. ¿Es verdad o no que Navarra y el País Vasco son países ocupados por fuerzas extranjeras? ¿Es verdad o no que los derechos fundamentales de los vascos y navarros no están ahora suficientemente reconocidos?

Quienes piensen que algo de esto es verdad, tienen que sentarse a hablar hasta resolver esta cuestión de manera sincera y honesta. No se puede confundir el nacionalismo con la violencia. Pero hay que reconocer que no será fácil normalizar la convivencia mientras haya grupos que sistemáticamente cuestionan sus fundamentos. Hay que procurar que nadie tenga razones, ni siquiera excusas, para mantener la reivindicación de la independencia, que puede degenerar fácilmente en violencia.

Espero que se me entienda bien. Como Obispo no abogo por ninguna fórmula política concreta. Digo que la convivencia pacífica y tranquila requiere la existencia de un ordenamiento político aceptado por todos. Cosa que ahora en algunos lugares y para ciertas personas no existe.

Por supuesto, todo esto se puede y se debe hacer no sólo de manera legal, sino de forma justa, sin imposiciones violentas, sin actuaciones oscuras o criminales. La justicia, ahora y siempre, es imprescindible para luchar contra el terrorismo con fuerza moral, con verdadera autoridad y plena eficacia. Los abusos tienen que ser condenados para recuperar y mantener la plena autoridad moral contra el terrorismo.

Los ciudadanos, por nuestra parte, para ser justos, tenemos que apoyar el trabajo de los políticos de manera perseverante, racional, sacrificada. Y tenemos que apoyar también a las Fuerzas de Seguridad como servidores de la paz y de la libertad.

A quienes tienen el monopolio de la fuerza en nombre de la justicia, hay que exigirles que la ejerzan de forma justa y comedida, pero a la vez hay que apoyarlos en el cumplimiento de su duro trabajo y ser cautos frente a las acusaciones que pueden formar parte de una estrategia calumniosa.

El rechazo sincero de la violencia requiere el rechazo de cualquier forma de colaboración con quienes la ejercen. Para no apoyar a E.T.A. hay que negar el voto a quienes les apoyan, a quienes justifican de forma directa o indirecta la violencia y las injusticias de E.T.A.

Conviene también estar prevenidos y no aceptar fácilmente la propaganda antiinstitucional que debilita el rechazo social de la violencia y de quienes la ejercen como instrumento de subversión y corrupción social.

Negar la colaboración política no quiere decir negar el respeto y la estima que merece cualquier persona. Debemos aprender a rechazar con claridad ideas y procedimientos, sin ofender a las personas. La fórmula cristiana de "vencer el mal con el bien" no sólo es más humana sino que es también más convincente y más eficaz que la venganza y el odio.

Esta cuestión será para algunos un problema cotidiano y familiar. Quienes hayan de convivir con personas partidarias del nacionalismo radical y violento, tienen que encontrar la manera correcta de actuar. Sin perder la calma pero sin dejarse tampoco intimidar.

No es bueno evitar la cuestión ni dejarse llevar por las ideas de los demás. Lo mejor es buscar el modo y el momento de poder hablar de estas cosas de manera amable y sincera, en un clima de comprensión y claridad, tratando de ayudarles a descubrir los excesos o las deficiencias de sus ideas, facilitándoles el paso difícil de reconocer su equivocación y liberarse del ambiente que les condiciona.

Estemos seguros de que los cristianos podemos y debemos contribuir de forma importante a eliminar la violencia de nuestra sociedad, quitándola de las mentes y de los corazones, y creando las bases positivas de una convivencia abierta, fundada en la verdad y en el amor, en la serenidad y la comprensión, en la justicia y la generosidad.

Dios nos ayude y bendiga a todos.

Fernando Sebastián Aguilar
Arzobispo de Pamplona y Obispo de Tudela

 
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