Hace ahora diez años apareció
el "Catecismo de la Iglesia Católica" Desde entonces una referencia
indispensable en la formación de los cristianos y en el anuncio de la fe. Según como se
considere, la Catequesis es una de las actividades más antiguas y constantes en la
Iglesia católica, pero ahora, desde hace ya unos cuantos años, la entendemos y queremos
vivirla de otra manera, con características diferentes.
Una de estas características es su carácter catecumenal y bautismal. Las dos cosas
vienen a significar lo mismo. Catequesis catecumenal quiere decir catequesis que prepara
para recibir consciente y adecuadamente el bautismo, o, en el caso de los ya bautizados,
para descubrir, aceptar, renovar y vivir el propio bautismo de manera consciente y
efectiva. .
Esta catequesis catecumenal es un proceso, un camino, una verdadera transformación
personal, desde la ignorancia hasta el conocimiento de Jesucristo y de Dios, desde la
indiferencia a la conversión y al amor, desde el pecado a la justicia interior, desde la
idolatría hasta la verdadera piedad, desde la apatía hasta las buenas obras. En pocas
palabras, desde la existencia perdida hasta la existencia rescatada y santificada de los
que están y viven en Cristo.
Por eso mismo, queremos que sea una catequesis continuada. Es decir, no una catequesis
esporádica, que se hace un poco precipitada e interesadamente para ponerse en condiciones
de recibir a plazo fijo un determinado sacramento ("catequesis de comunión",
"catequesis de confirmación"), sino un proceso continuado que conduce al
catecúmeno o bien a prepararse interiormente para recibir el bautismo e ingresar en la
Iglesia por la puerta de la fe y de la conversión a Jesucristo, o, en el caso de los ya
bautizados, les lleva a descubrir la realidad de su propio bautismo y de su condición de
cristianos, miembros de la Iglesia y de Cristo, hijos de Dios y templos del Espíritu
Santo. En definitiva, el catecumenado es, para todos los bautizados, antes o después del
bautismo, el camino indispensable hacia la verdadera existencia cristiana.
Estas cualidades de la catequesis tienen que estar presentes igual en la catequesis de
adultos que en la niños y jóvenes. La catequesis de los niños y adolescentes no puede
ser menos bautismal ni menos catecumenal que la de los adultos. Podrá tener otras
características pedagógicas, pero en lo esencial tiene que ser también una catequesis
de conversión, que les ayude a conocer la belleza y grandeza de Jesucristo como Hijo de
Dios y Salvador nuestro, que les descubra la cercanía, la bondad y la soberanía de Dios
como Creador y Padre, que les enseñe poco a poco a vivir como cristianos en toda la
variedad de las circunstancias de la vida, con convencimiento y motivaciones personales,
con la sinceridad y la seriedad propias de las decisiones profundas que orientan la vida
para siempre.
Es evidente que el factor decisivo para que haya buena catequesis son los catequistas.
Ellos son los que, en último término, "hacen" la catequesis. Por ellos pasa la
doctrina de la Iglesia y la misma revelación de Dios que llega a los catecúmenos. Ellos,
con su vida, son los primeros testigos y el principal argumento que el catecúmeno tiene
para percibir la importancia, la verdad y la bondad de la fe. Antes nos enseñaban a ser
cristianos en nuestra casa. En casa comenzábamos a rezar y hacíamos el primer
aprendizaje de las virtudes cristianas. Ahora, en muchos casos, es el catequista, que es
casi siempre "la" catequista, quien tiene que enseñar a los niños las primeras
oraciones, y transmitirles el primer encuentro vital con el mundo de la fe, con
Jesucristo, con la Virgen María y con los santos, con el Dios del cielo, con la vida
justa y santificada de los hijos de Dios, enseñándoles los hábitos virtuosos propios
del cristiano.
Por todo ello la figura del catequista está adquiriendo una importancia de primer orden
en la composición y acción pastoral de nuestras parroquias. Es probablemente la
participación más importante que los seglares pueden tener hoy en la misión de la
Iglesia. Anunciar a las nuevas generaciones la salvación de Dios hecha en Jesucristo,
ayudarles a creer en la manifestación de Dios y enseñarles uno por uno a vivir como
cristianos es la tarea fundamental de una Iglesia evangelizadora y convertidora en la
mayoría de nuestros pueblos y ciudades. Y eso, en buena parte, nuestra Iglesia lo hace
hoy por medio de los catequistas.
Estos catequistas no se improvisan. Son el fruto de una vida de piedad y fidelidad, de un
trabajo intenso de formación doctrinal y pedagógica, de unos cuantos años de
experiencia y perseverancia. Una de las tareas más importantes que el sacerdote debe
hacer en su parroquia es descubrir y seleccionar los futuros catequistas, ayudarles a
formarse bien, atenderles en todo lo necesario para que vivan una vida cristiana intensa y
ejemplar. La fe y la vida cristiana se transmiten sobre todo por imitación. El mejor modo
de aprender a ser cristiano es viendo cómo viven otros cristianos, admirando e imitando
la vida de algunas personas queridas y admiradas. El primer ejemplo tiene que venir de los
padres, y su mejor complemento es el del sacerdote y el de los catequistas.
El esfuerzo de los catequistas ha de centrarse en transmitir la doctrina de la Iglesia,
sin mezclarla con opiniones ni líneas personales, tratando de despertar en los
catecúmenos el amor a la vida santa de los buenos cristianos, en estrecha comunión y
comunicación real con las personas y la vida de la Iglesia. No se trata de enseñar
muchas cosas, sino de saber transmitir el núcleo central de la fe cristiana, aceptada y
querida de tal manera que llegue a ser el centro inspirador de la vida entera de cada
catecúmeno. Catequistas y catecumenado tienen que estar arraigados en el corazón mismo
de la parroquia, muy cerca del párroco, como manantial suave y constante de la comunidad
parroquial en continuo crecimiento y en continua renovación espiritual.
Es una pena que los padres cristianos no apoyen más la formación cristiana de sus hijos.
Con frecuencia se da más importancia al deporte, al ballet o a la música que a la
educación cristiana de los hijos, hecha de manera ordenada y sistemática. Es
indispensable este apoyo para que los niños y jóvenes asistan con asiduidad, para que la
valoren, para que ellos sientan que en casa se da importancia a lo que él está
aprendiendo y recibiendo en la catequesis. Esto no siempre ocurre. Y es una de las
carencias más graves de la Iglesia en estos momentos.
No quiero terminar sin antes agradecer a nuestros catequistas su colaboración, los
esfuerzos que hacen para formarse bien, el testimonio admirable de su vida y de su amor
hacia los niños y jóvenes de nuestras parroquias, hacia nuestra Iglesia de Navarra y la
Iglesia universal y católica. Ellos forman parte del capital más importante con el que
cuenta la Iglesia de Dios para cumplir hoy su misión en nuestra tierra. Que el Señor y
la Virgen María os bendigan, os conforten en todo momento y os den el gozo de colaborar
intensamente en el crecimiento espiritual de nuestra Iglesia, el advenimiento del Reino de
Dios y la mejora profunda de nuestras vidas y de la sociedad entera.
Noviembre de 2002
+ Fernando Sebastián Aguilar
Arzpo. de Pamplona, Obpo. de Tudela |