Cartas desde la Fe |
Misa de Acción de Gracias por la canonización de S. Josemaría Escrivá
(Homilía de Mons. Fernando Sebastián)
Quedan un poco lejos las escenas del día 6 de octubre. Sin embargo, si atendemos a la fuerza del recuerdo y a la intensidad de la devoción, aquellas escenas de la plaza de San Pedro están todavía presentes y enteramente vivas ante nosotros. Está viva la imagen del Santo Padre leyendo solemnemente la fórmula de la canonización "para gloria de la Stma. Trinidad", están vivos los distintos momentos de la celebración eucarística, y sobre todo está grabado en nuestra mente el testimonio de aquella inmensa multitud silenciosa, recogida, orante, aquellos cientos de miles de peregrinos centrados todos en el altar del Papa con una misma fe, con un mismo amor, hermanados todos por la fe en el Cristo presente y por la inspiración del Espíritu Santo. Al volver a casa tenemos ciertamente la obligación de dar gracias a Dios por todo lo que aquella espléndida jornada ha dejado en nuestros corazones y puede representar para el bien de la Iglesia en el mundo. Damos gracias a Dios por la vida y la obra de San Josemaría, por sus virtudes, por sus enseñanzas, por su obra en favor de la Iglesia y de la vida espiritual de tantos miles y miles de cristianos esparcidos por todo el mundo. Y damos gracias a Dios por todo lo que se manifestó en aquella grandiosa manifestación de fe. Le damos gracias por habernos llamado a ser santos en su presencia, redimidos y recreados en N.S. Jesucristo, le damos gracias por su Iglesia donde San Josemaría y todos nosotros hemos encontrado el camino de Jesús, el camino que es Jesús, para conocer el gran amor de Dios, nuestro Padre, que nos mantiene en la vida y nos conduce hasta su presencia. Al pensar en el amor y la misericordia de Dios, animados por el ejemplo de San Josemaría, nos sentimos llamados a amar a Dios como un padre verdadero, a vivir constantemente en su presencia, a poner en nuestras actividades el sello y la influencia del amor a Dios, que es obediencia, fortaleza, confianza, y del amor al prójimo que es generosidad, diligencia, abnegación, testimonio y apostolado. En el magisterio de San Josemaría santidad y apostolado van inseparablemente unidos. No se puede ser santo, no se puede amar a Dios sin tratar de anunciar su bondad y ayudar a nuestros hermanos a conocerle y servirle, a conseguir el gozo de la fe y de la vida santa viviendo como hijos, con Cristo, en la familia de Dios que es la Iglesia. Y no se puede hacer un verdadero apostolado si no nace de un corazón lleno del amor de Dios y de Jesucristo, iluminado por su palabra y agradecido por sus dones y promesas. En estos momentos es preciso bajar del Tabor y enfrentarse con el dolor de la incredulidad, las amenazas del mal, y las tareas de la reconstrucción del mundo según la sabiduría y la voluntad de Dios, en la verdad, en la libertad, en la justicia y en el amor. Queridos amigos, si Dios os ha dado en San Josemaría un padre y un maestro es para que ahora os empeñéis con todo entusiasmo a seguir su ejemplo y cumplir sus enseñanzas. La enseñanza fundamental de la santificación sencilla, realista, en el marco de la vida ordinaria, poniendo toda la novedad del amor de Cristo en vuestras actividades y relaciones, en la vida familiar, en las actividades profesionales, en todo el tejido de las relaciones y ocupaciones ordinarias de la vida. Y la enseñanza del apostolado incesante, haciendo vuestra la gran tarea del apostolado actual que es la evangelización. Esta evangelización, insistentemente recomendada por el Santo Padre, y reclamada de forma apremiante por nuestras circunstancias. Una evangelización que no se podrá conseguir nunca sin la colaboración entusiasta de los cristianos seglares. Una evangelización que tiene que ser anunciada por la Iglesia entera, pero que tiene que ser asumida y realizada por los seglares en el contexto real de la vida de los hombres. Una evangelización que quiere decir,
Pamplona, 9 de noviembre de 2002 + Fernando Sebastián Aguilar Arzpo. Pamplona, Obpo. Tudela |