Documento pastoral |
La conciencia cristiana ante el terrorismo (*)
Con los acontecimientos del 11 de septiembre en los Estados Unidos de América, el terrorismo se ha manifestado con unas proporciones gigantescas, como una amenaza universal que pone a toda la sociedad occidental en situación de alarma. En estos ataques terribles hemos podido comprobar esa ficción de omnipotencia destructora que alcanza el que no teme a Dios ni respeta las normas de la vida. Todo lo que es terrorismo tiene los mismos elementos esenciales: violencia, crueldad, imposición, menosprecio de la vida, desesperación, destrucción. En estos semanas pasados lo hemos podido ver como proyectado en una pantalla gigante. Hace ya más de treinta años que el terrorismo está presente entre nosotros. En los años finales del gobierno del General Franco y en los años de la transición democrática hubo en España varios brotes de actuaciones terroristas De todo aquello solamente han quedado dos organizaciones de muy diversa naturaleza y consistencia, los GRAPO y ETA. En este escrito nos referiremos exclusivamente al terrorismo de ETA. Después de tantos años, parece que los cristianos deberíamos tener un juicio moral sobre el origen, naturaleza y actuaciones de ETA, suficientemente claro y compartido por todos. Pienso que no es así. Y esto por distintas razones. Primero, porque como todos los fenómenos sociales, ETA no aparece como una realidad plenamente configurada desde el principio, sino que se va constituyendo poco a poco, históricamente, a medida que los acontecimientos obligan a las personas a ir clarificando sus propias posiciones y decisiones. Hay que tener en cuenta, en segundo lugar, que una organización terrorista busca en la clandestinidad y en el encubrimiento su mejor defensa y protección. En concreto ETA apareció en el contexto del rechazo social contra el franquismo y la defensa, entonces generalizada, de las libertades políticas de la sociedad. Muchos que ahora acusan al Estado o a la Iglesia de ser poco contundentes en su rechazo de ETA, fueron entonces indulgentes y casi colaboradores con las primeras actividades terroristas de ETA. Otro factor importante que ha ocultado la verdadera naturaleza de ETA y ha dificultado durante mucho tiempo a muchas personas hacerse con una valoración moral adecuada del conjunto de sus actuaciones y colaboraciones, ha sido su carácter nacionalista. ETA se presenta como un movimiento de liberación política del pueblo vasco y vive de hecho inserta dentro de un amplio movimiento de aspiraciones nacionalistas más o menos independentistas, del cual se alimenta y al que infunde también sus propios puntos de vista, estilos y aspiraciones. Esta situación le ha permitido camuflarse dentro del mundo nacionalista y le ha hecho disfrutar de una cierta indulgencia por parte de muchas personas honestas, enemigas de la violencia, que, por sus sentimientos nacionalistas no se decidían a juzgar a ETA como un fenómeno del todo negativo, manteniendo siempre la esperanza de que el buen sentido y las afinidades políticas terminarían por atraer a los más radicales a la unidad de la familia nacionalista una vez superadas las tentaciones y espejismos de la violencia. Hasta ahora no ha sido así. Y es muy poco probable que alguna vez llegue a ocurrir. Sin embargo, esta esperanza explica algunas cosas que desde fuera son difíciles de comprender. También ante la manifestación del terrorismo internacional antiamericano, hay quienes aducen consideraciones más o menos atenuantes y justificativas: el imperialismo, la prepotencia, la desesperación de los países pobres, las interpretaciones fundamentalistas de la religión, etc. Es evidente que todo lo que ocurre, ocurre por algo. Es de personas inteligentes buscar las causas de las cosas para comprenderlas mejor y saber reaccionas adecuadamente ante ellas. Pero comprender, en este caso, no puede significar justificar, aceptar ni tolerar. Las actuaciones terroristas, en pequeña o grande escala, son absolutamente perversas y no tienen justificación ni aceptación posibles. Otra cosa es tratar de comprender por qué los terroristas actúan como actúan y ponerse en condiciones de aclarar las cosas y suprimir en lo posible los procesos que han llevado a los terroristas a sus actuaciones de odio y de muerte. Pero estas actuaciones, en sí mismas y por sí mismas, son siempre injustas, inmorales, criminales, antisociales y antihumanas, directamente contrarias a la santa ley de Dios. A estas horas nadie sabe exactamente la trama de intereses, contactos, coincidencias y desavenencias que une y separa a la vez las diversas instituciones nacionalistas y sobre todos los grupos y familias que militan en una u otra de ellas. Tanto en la CAV como en Navarra, las familias vascas desarrollan y mantienen entre sí unas relaciones de sangre y unas referencias territoriales que influyen fuertemente en los sentimientos y en las ideas y que condicionan hondamente la manera de pensar y de sentir de las personas y de los grupos locales ante cualquier fenómeno social. Estos vínculos y estos sentimientos de sangre o de paisanaje aglutinan y provocan afinidades y complicidades más sentimentales que racionales que tienen mucho que ver con la inexplicable dificultad que muchas personas sienten al enfrentarse con la condena neta y eficaz del terrorismo de ETA. Personas y familias tienen en ETA o en sus círculos más próximos parientes, amigos, paisanos. Saben que hacen mal, que el camino de la violencia no resuelve nada, pero a la hora de condenarlos son incapaces de enfrentarse con ellos y más incapaces todavía de formar bloque con los de fuera, con los castellanos en contra de su propia gente. Si no se tiene en cuenta este aspecto sentimental de la cuestión, no se entiende nada de lo que realmente ocurre en la sociedad vasca, ni es posible tampoco ver con claridad cómo hay que actuar para luchar contra ETA y eliminar su apoyo social. Dejando por delante estas consideraciones, intento resumir aquí los elementos primordiales y comunes de un juicio cristiano y eclesial de la actividad terrorista de ETA tal como ahora se presenta y como podemos conocerlo sin tener más información que la que aparece en nuestros medios de comunicación y es patrimonio común de cualquier persona interesada en el seguimiento de este fenómeno. 1. Situarnos ante los hechos. Es evidente que la primera obligación de quien pretenda llegar a hacerse una idea suficientemente clara de lo que es ETA y alcanzar una valoración moral de todo el conjunto de sus actuaciones, es hacerse una idea de lo que realmente es ETA. Cosa nada fácil de conseguir. Aun así, se puede decir con suficiente seguridad que ETA no es una realidad aislada sino que es más bien la sección armada de un movimiento de liberación vasco de naturaleza revolucionaria y marxista que alcanza caracteres de una insurrección social y política, encuadrada en una ruptura cultural. Este movimiento social tiene tres dimensiones estrechamente unidas que es preciso tener siempre en cuenta para poder comprender lo que ocurre: hay, ciertamente, una organización armada que vive en una estricta clandestinidad y que actúa violentamente, matando, secuestrando, extorsionando con la fuerza y la amenaza de las armas y de los explosivos. Esta organización está estrechamente relacionada con una amplia corona de organizaciones políticas, incluidas en las instituciones del Estado y sustentadas por el voto de muchas personas. Primero Herri Batasuna, luego Euskal Herritarrok y ahora Batasuna son organizaciones políticas que trabajan en el campo político, con procedimientos legales, dentro de la sociedad democrática, promoviendo los mismos fines que ETA y con una unidad de dirección poco discutible. Los votos de muchas personas respaldan estas organizaciones. Con las instituciones propiamente políticas, hay otras muchas que podríamos llamar organizaciones sociales que actúan en la sociedad y mueven la opinión pública en favor de los mismos objetivos. En un círculo más amplio se mueve la influencia de tipo cultural que se desarrolla en los colegios y escuelas públicas, en las asociaciones juveniles, en las fiestas y movimientos culturales, aprovechando incluso las subvenciones de las mismas instituciones del Estado, con el fin de difundir e inculcar a los jóvenes las convicciones históricas y culturales que justifican los análisis, las afirmaciones y los proyectos políticos del abertzalismo radical y de la misma ETA. El nacionalismo radical necesita el apoyo de una previa mentalización social que haga creíbles y operantes sus mensajes: somos un pueblo ocupado, estamos sufriendo la injusticia histórica y política de no tener nuestro propio Estado, padecemos discriminación y persecución por ser vascos, no somos españoles ni franceses, tenemos que conseguir a toda costa nuestro propio Estado independiente para poder ser nosotros mismos. Junto a estos mensajes hay otros que se dicen menos, pero que no son menos reales ni menos operantes: la independencia es el único camino posible para hacer la revolución y construir un Estado socialista. ETA lucha al servicio de la independencia de un territorio llamado Euskal Herria y por la construcción de una sociedad socialista de la que se suele hablar muy poco y cuyos verdaderos perfiles apenas se conocen. Ambos objetivos se condicionan mutuamente y son como una misma cosa. Se dice que ETA nació en las sacristías. Lo justo es decir que ETA nació de la conjunción del marxismo con el nacionalismo frustrado y radicalizado al final de los años del franquismo. El nacionalismo radical tiene poco que ver con el nacionalismo de Sabino Arana. A mi juicio es consecuencia directa de los acontecimientos de la guerra civil y de la situación del nacionalismo durante los años del franquismo. El nacionalismo queda en una situación de profunda y radical oposición con el franquismo. Desde el antifranquismo pasa fácilmente al antiespañolismo. Aun hoy sus incompatibilidades con España son más con la España franquista que con la España democrática. El nacionalismo no ha entrado de verdad en la transición democrática. No cree en la democracia española. No cuenta seriamente con ella. En el declive de las instituciones franquistas, ven la posibilidad de forzar la ruptura institucional y de alcanzar en poco tiempo la independencia. Cuando esta esperanza nacionalista se funde con una visión marxista de la historia y de la política, nace ETA. Una aspersión sobreañadida de Teología de la Liberación aplicada a la situación minoritaria del pueblo vasco completa la fórmula y la hace atrayente para no pocos cristianos y algunos pocos clérigos. El nacionalismo radical no ha entrado en la transición democrática. No cree en la democracia española. No cuenta seriamente con ella. La democracia del nacionalismo radical es la "democracia" del marxismo-leninismo, la democracia del partido único, mesiánico y omnipotente. Democracia real sería únicamente el reconocimiento de la independencia de Euskal Herria, tal como E.T.A. la concibe y por los pasos que E.T.A. señale. Las demás opiniones no cuentan, no son verdaderas, no expresan el verdadero sentir del pueblo. Esta construcción, compleja y confusa al mismo tiempo, es la que explica esa situación viscosa y pegajosa que hace exclamar a muchos: ¿qué tiene que ocurrir para que el pueblo deje de apoyar a ETA con su voto? Entre otras cosas, tiene que ocurrir que se aclare todo esto, que la gente aprenda y se atreva a llamar cada cosa por su nombre, que no queramos justificar una cosa con otra, que superemos el miedo y nadie intente aprovechar la condena de ETA para condenar también otras cosas ni otras mentalidades ni otros proyectos. Esta situación es lo que en el lenguaje de los nacionalistas se designa como "el conflicto vasco" que es como el postulado fundamental del que se deducen todas las demás conclusiones. Hay un conflicto original que consiste en el no reconocimiento de los derechos políticos del pueblo vasco. Los nacionalistas afirman que hay un pueblo vasco, perfectamente diferenciado, que ocupa desde siempre un territorio, injustamente ocupado por el Estado español (y en parte por el Estado francés) al que se le niega el derecho de autodeterminarse y organizarse en un Estado independiente. Si este postulado se acepta como una realidad histórica y objetiva todas las demás consecuencias están ya implícitamente aceptadas. Así opinan los nacionalistas, pero ¿es ésta una realidad objetiva históricamente demostrable o es más bien una pretensión opinable y discutible sólo sostenida por una parte de la población vasca? Esta es la cuestión capital. ¿Se trata de un conflicto real o de una situación creada artificialmente por ellos mismos? Bien pudiera ocurrir que en vez de tratarse de un conflicto verdadero , fuera, más bien, "su" conflicto, pero no el conflicto de otros muchos vascos, que viven perfectamente en España y compaginan sin dificultad su condición de vascos con la de españoles. Lo que dicen los votos es que casi la mitad de los ciudadanos de la Comunidad Autónoma Vasca , y la inmensa mayoría de los navarros, ven las cosas de otra manera y no tienen dificultad para compaginar su identidad vasca o navarra con su ciudadanía española. 2. Formular un juicio moral libre y responsable. Para los que viven y actúan en el mundo de ETA, la situación política y cultural del pueblo vasco justifica la insurrección armada y la guerra contra el Estado español, es decir justifica las actividades terroristas de ETA. Hay que entrar en la visión de la realidad de los independentistas y analizarla con una mentalidad revolucionaria y marxista para poder asimilar esta manera de ver y juzgar las cosas. Sólo una fuerte y rígida ideologización explica la posibilidad de esta deformación moral. Otras muchas personas, aunque no lleguen a afirmar la legitimidad moral de los atentados y asesinatos, sí encuentran razones atenuantes y sobre todo razones para transigir con los abusos de ETA sin oponerse clara y decididamente. Quienes comparten las ideas nacionalistas e independentistas, insisten en la injusticias objetivas que padece el pueblo vasco, en los abusos de las Fuerzas de Orden público, las torturas, las detenciones indiscriminadas, la discriminación y la presión que padece la lengua vasca, etc. El victimismo es una forma indirecta de justificar el terrorismo y llega a ser una verdadera técnica psicológica para justificar y hacer moralmente tolerables las agresiones y los crímenes de ETA. Ante los numerosos asesinatos perpetrados por ETA, secuestros, extorsiones, amenazas, la conciencia cristiana obliga a decir que las actividades terroristas son absolutamente incompatibles con una conciencia moral recta, cristiana y simplemente humana. No parece que se pueda afirmar que en la España actual, los vascos padecen tales discriminaciones jurídicas que justifiquen la insurrección armada y mucho menos los asesinatos indiscriminados y alevosos que ETA comete para imponer su voluntad contra el sentir de la mayoría de los ciudadanos. Se puede opinar de una u otra manera acerca de la independencia del pueblo vasco, pero esta manera de pensar que reclama y exige la independencia como un derecho, no es tan clara, ni tan fundada, ni tan universal, como para justificar una situación de opresión y de grave injusticia. Por otra parte, nadie puede tomarse la justicia (o la injusticia) por su mano, ni decidir sobre la vida de los demás, ni decretar la muerte de una persona inocente para atemorizar a la sociedad o suprimir físicamente a quienes no comparten sus ideas o resisten a su predominio en un pueblo, en un barrio, en una ciudad o en una nación entera. Al margen de cualquier intención política, este procedimiento es intrínsecamente perverso y gravemente inmoral. Si E.T.A. es una organización dirigida esencialmente a promover la independencia del País Vasco mediante el ejercicio del terror, hay que decir que es incompatible con la conciencia cristiana no solamente la ejecución de estos atentados sino cualquier colaboración que apoye la existencia y las actividades de ETA, tanto en el orden cultural como en el social y político. En consecuencia, la conciencia católica afirma que no es lícito apoyar a las instituciones que acepten directa o indirectamente la dirección de ETA, ni es lícito apoyar de ninguna manera a aquellas instituciones que no condenan expresamente los atentados de ETA y no muestran de este modo su independencia institucional e ideológica respecto de esta organización. Ante la exigencia del pretendido derecho a la autodeterminación, es preciso hacer una serie de observaciones que debilitan y prácticamente anulan la legitimidad de esta reivindicación: En la actualidad no hay un pueblo homogéneamente vasco que ocupe un territorio definido. Los vascos están presentes en todo el territorio español; y en lo que se llama País Vasco o Euskal Herria, hay y ha habido desde hace siglos muchas personas no vascas, viviendo en paz y perfecta armonía con los vascos.
Está claro que se puede opinar libremente otra cosa, pero semejante opinión no es por ahora tan evidente ni tan universal como para fundar un derecho de aplicación inmediata que haga antidemocrática e injusta la situación vigente. Aparte de otras muchas dificultades que se podrían presentar contra la viabilidad del principio de autodeterminación. Comenzando por el territorio y el ámbito de esa autodeterminación, ¿quién lo determina? ¿quiénes votan y quienes no? ¿Van a votar los bilbainos sobre la autodeterminación de Navarra, o viceversa? ¿Tienen que votar todas las provincias juntas o cada territorio histórico por su cuenta? ¿Tendrían que votar todos los españoles y franceses o sólo los habitantes de Euskal Herría? ¿Y quien fija con autoridad las fronteras de este territorio? Por todo lo cual es preciso afirmar que actualmente los vascos no están sometidos a ninguna injusticia objetiva ni padecen tal restricción de sus derechos y libertades políticas que justifiquen la insurrección ni la lucha armada. Por lo cual los católicos vascos y la gente de buena voluntad, sea o no sea creyente, se encuentra en la obligación de desligarse de ETA y oponerse efectivamente a ella, a pesar de los posibles y legítimos sentimientos nacionalistas. Una conciencia cristiana bien formada tiene que afirmar que no es lícito actuar violentamente contra los funcionarios ni representantes del Estado español, ni es lícito actuar contra los simples ciudadanos de cualquier rango o profesión, en ningún lugar del Estado español, como instrumento de reivindicación o de actuación política. Las actuaciones y la misma naturaleza de ETA son absolutamente inmorales, contrarias a la ley de Dios y a la moral humana más elemental. En consecuencia, no es tampoco lícito apoyar de cualquier forma aquellas instituciones que colaboran con ETA, que aceptan su dirección, o simplemente no se desligan públicamente de ella mediante la condena explícita de sus crímenes y extorsiones. Quienes colaboran directa o indirectamente con el terrorismo se colocan fuera de la comunión cristiana y católica, faltan gravemente a la ley de Dios y al mandamiento supremo del amor al prójimo. Muchos nacionalistas están convencidos de que los crímenes de ETA son contrarios a los intereses del nacionalismo y están pervirtiendo el alma del pueblo vasco. La juventud vasca que cae bajo la influencia cultural y política del mundo de ETA pierde su patrimonio espiritual y entra en un nihilismo social y moral que compromete gravemente la prosperidad y la estabilidad de la sociedad vasca, con independencia y sin independencia. Este es un profundo dolor que llevan dentro muchos políticos vascos y muchos padres y madres de familia. 3. El nacionalismo democrático. Junto a este nacionalismo radical, más o menos contaminado por la violencia y por sus relaciones con ETA, existe también un nacionalismo vasco que quiere mantenerse en el marco de la moral objetiva y de las instituciones y procedimientos democráticos. El Partido Nacionalista Vasco existe desde mucho antes de la aparición de ETA. Y es evidente que su trayectoria ha sido democrática aunque haya estado fuertemente condicionada por sus pretensiones independentistas. Está claro que una opción política nacionalista puede ser legítima y perfectamente compatible con una conciencia cristiana. De hecho el nacionalismo vasco nació con la pretensión de conservar las tradiciones cristianas de los vascos contra las influencias liberales que se habían adueñado de las instituciones centrales. Hoy las cosas han cambiado mucho, pero aun así es evidente que, en teoría, la opción nacionalista puede ser una opción política perfectamente legítima para una conciencia cristiana. Junto a esta afirmación teórica y general, hay que hacer unas cuantas precisiones más concretas. Hay que tener en cuenta, en primer lugar, que ser nacionalista no es lo mismo que ser independentista. De hecho recientes encuestas muestras que son bastante Menos los independentistas que los nacionalistas. Puede haber un nacionalismo que pretenda defender y desarrollar los elementos específicos de un pueblo, con su historia, su lengua y su cultura, dentro de un Estado plurinacional, como son de hecho casi todos los Estados democráticos modernos, aceptando plenamente las instituciones comunes y sin la pretensión de crear su propio Estado. Hoy está comúnmente admitido que el viejo principio romántico, de "un pueblo, un Estado"no es fácilmente aplicable y que su reivindicación cerrada y cerril es una fuente interminable de discordias, divisiones, discriminaciones, enfrentamientos y conflictos. Otra consideración indispensable es ésta. Lo que en política es teóricamente posible, para que sea legítimo en la práctica, ha de manifestarse como un medio de conseguir un bien para la mayoría de la población. El independentismo es una opinión posible. Pero ¿es tan claro que la ruptura independentista es mejor para la mayoría de la población que la continuidad democrática? ¿Qué pasa con esa casi mitad de la población que no se sienten a la vez vascos y españoles y no quieren separarse de España? ¿Quién tiene el derecho y la autoridad para privarles de su plena ciudadanía en el territorio donde han nacido y nacieron sus antepasados? ¿Quién puede condenarlos a vivir en su propia tierra como extranjeros? ¿Qué pasa con los ciudadanos no vascos que han vivido y trabajado en el territorio reivindicado por los independentistas? ¿Y qué pasa con las inversiones y vínculos sociales, familiares, políticos y hasta económicos que se han ido tejiendo entre los ciudadanos vascos con el resto de los españoles durante tantos siglos de convivencia? ¿Cómo se puede suprimir de un golpe la red de relaciones humanas existentes, y el patrimonio cultural común, resultado de tantos siglos de vida común ininterrumpida? Actualmente la valoración actual del nacionalismo y el enjuiciamiento moral de sus actuaciones no puede prescindir de la existencia y la influencia de ETA en la sociedad vasca y navarra. En estos momentos los nacionalistas no pueden invocar el diálogo ni la libre manifestación de la voluntad popular como medio de resolver el contencioso político, sencillamente porque mientras exista ETA los ciudadanos no tienen libertad real para manifestarse. En el País Vasco, en Navarra, y aun en España entera, los ciudadanos no tienen libertad real para manifestarse en las mismas condiciones. Los nacionalistas pueden decir lo que quieran y nadie les va a matar por eso. En cambio los no nacionalistas, si hablan, si dicen lo que sienten, si votan libremente, se exponen a que ETA los mate por la espalda, o por lo menos se ven obligados a desafiar los insultos y los asaltos de los jóvenes guerrilleros nocturnos que ETA alimenta e impulsa. Basta ver lo que ocurre en muchos pueblecitos pequeños del País Vasco y de Navarra para convencerse de esto. Las dimensiones terribles de la amenaza del terrorismo internacional, tal como se ha manifestado hace unos meses en EE. UU. ha avivado la conciencia de esta obligatoria colaboración entre todos los hombres e instituciones civilizadas en contra del terrorismo internacional, también en contra de los terrorismo locales, conectados muchas veces entre ellos, que son siempre negación de las bases comunes e indispensables de la civilización y de la convivencia. Ante la presencia persistente del terrorismo, el nacionalismo democrático se encuentra en la obligación moral de formar un frente común con las demás instituciones democráticas del Estado para luchar eficazmente contra ETA. En el momento actual ésta es la primera obligación política de todos los cristianos y de todos los ciudadanos honestos y justos, estén donde estén y sean lo que sean. No se trata sólo de una obligación democrática, sino de una obligación moral, de una exigencia fundamental de la moral política más elemental. Desde un punto de vista moral, no se puede hablar de una primacía temporal o estratégica, sino más bien de una primacía moral, en grado de gravedad y de urgencia, que muy fácilmente puede traducirse también en una primacía temporal y efectiva. Quiérase o no, la coincidencia con la presencia y los fines de ETA, contamina las actividades de cualquier otra organización nacionalista, a no ser que exista al mismo tiempo una clara negación de cualquier coincidencia con ETA y una decidida colaboración con todas las instituciones del Estado para procurar eficazmente la derrota y la desaparición de ETA. - La primera obligación de las instituciones del Estado, y de los mismos Partidos políticos, estén en el gobierno o en la oposición, es la defensa de los derechos básicos de las personas, el derecho a la vida, a la seguridad, a la libertad de expresión en igualdad de condiciones para todos. Si el nacionalismo vasco quiere actuar moralmente, en las circunstancias actuales, tiene que unirse con las instituciones democráticas del Estado en una lucha decidida y eficaz contra el terrorismo. - El punto clave en la sociedad vasca es que, en el momento actual, los ciudadanos están divididos en sus preferencias políticas aproximadamente al cincuenta por ciento, un poco más de la mitad son nacionalistas (quizás no todos independentistas) y casi una mitad del país prefiere seguir viviendo como ciudadanos españoles y vascos a la vez. Ninguna solución unilateral que imponga las preferencias de una mitad y desconozca el sentimiento y la voluntad de la otra mitad puede ser justa ni estable. Nadie puede excluir a nadie. Parece que los ciudadanos vascos están históricamente y socialmente obligados a adoptar soluciones flexibles y sutiles que conjuguen hábilmente los sentires de todos con las circunstancias históricas y geopolíticas reales, sin apasionamientos, intransigencias, ni exageraciones caricaturescas de la realidad social, cultural e histórica. - En Navarra la situación es muy diferente. Según los resultados de repetidas votaciones, aproximadamente el 80 o el 85 % de los navarros se encuentra a gusto en la situación política actual. La mayoría de los navarros no tienen dificultad en seguir siendo navarros y españoles, y no quieren tampoco alterar su amplia autonomía foral integrándose en ninguna otra institución autonómica ni federal. - Hoy por hoy, la Constitución española, el Estatuto vasco y el Amejoramiento del Fuero en Navarra, son los instrumentos legales que garantizan la convivencia en paz y libertad. La única postura responsable y realista es la que se apoya en el reconocimiento de esta situación legal y política, para pretender mejorar estos ordenamientos por los procedimientos legales previstos, según el buen sentir y parecer de cada grupo o de cada Partido. sobre la base por medios consensuados lo más amplios y representativos posibles. - El magisterio y la autoridad de la Iglesia sólo llegan hasta donde llegan las exigencias morales. Es evidente que estos objetivos de la convivencia y del respeto a la libertad se pueden conseguir de distintas maneras y por procedimientos diferentes. Nada tiene que decir la Iglesia sobre ello. Basta con recomendar y exigir a quienes quieran escucharla que todo se haga con respeto a la verdad histórica, a la libertad real de los ciudadanos y al servicio sincero del bien común., sin exclusiones ni discriminaciones, sin recurso alguno a actuaciones ilegales o violentas. 4. Los partidos constitucionalistas. En la situación actual las personas y las organizaciones no nacionalistas, partidarios y defensores de la continuidad del País Vasco en España, tienen necesidad de ser apoyadas en su derecho opinar así y manifestar sus opiniones sin represalias ni molestias de ninguna clase. En muchos lugares esta libertad no existe o está muy disminuida. Por otra parte, los no nacionalistas tiene también la obligación de respetar la libertad de opinión y expresión de los nacionalistas, sin pretender condenar cualquier manifestación nacionalista unificándola o relacionándola con las actividades terroristas de ETA y las complicidades del nacionalismo radical y revolucionario. Es preciso reconocer serenamente la existencia de un problema político en el País Vasco que no se da en otras regiones de España. No se puede dar por buena la existencia de un "conflicto" como lo entienden ETA y el nacionalismo más o menos radical, pero tampoco se puede negar la peculiaridad de esos territorios y de esas sociedades. Allí hay una parte de la población que habla una lengua diferente y minoritaria, una parte de ciudadanos que reivindican unos derechos históricos, un tanto por ciento importante de personas que no aceptan la Constitución española y no quieren ser ciudadanos españoles. Por eso no es exacto decir que el único problema del País vasco es ETA y los crímenes de ETA. La realidad es que antes de que naciera ETA y después de que ETA desaparezca, en el País vasco y en menor proporción en Navarra, existe el problema singular de que un tanto por ciento importante en el País vasco y un número notablemente menor en Navarra, no quieren ser españoles, no ven compatible su identidad vasca con la ciudadanía española, no ven garantizados unos derechos o unas notas de identidad sino mediante la constitución de un Estado propio. Otros piensan de otra manera, y en este contraste de pareceres está el problema real, en sus verdaderas dimensiones y con sus verdaderos perfiles, que requiere atención, , que está pidiendo una clarificación y un acercamiento mutuo, con un esfuerzo de tolerancia, flexibilidad y buena voluntad, para encontrar fórmulas de convivencia que respeten los derechos de todos y ofrezcan a todos la posibilidad de una convivencia tranquila, pacífica y estable. 5. El uso de la lengua vasca. El lenguaje es un elemento decisivo en la creación de una conciencia colectiva y diferenciada. Los vascos tienen una lengua antiquísima y venerable, ciertamente minoritaria, que ellos aman extraordinariamente. Hoy la totalidad de los vascoparlantes hablan también en español. Hasta hace pocos años el vasco estaba en un proceso de rápida disminución. La conciencia de este riesgo de desaparición de su lengua fue sin duda un elemento activador de las actividades nacionalistas. Ahora, protegido por las autoridades y favorecido también por buena parte de la sociedad, el vasco está en un proceso de lenta recuperación y extensión. Conocedores de la importancia en la formación de la identidad vasca, los nacionalistas protegen el vasco y favorecen un proceso de ampliación y expansión que está dando sus frutos. El principal medio de expansión del vasco es la escuela, junto con los alicientes laborales que las administraciones le reconocen de una u otra manera. En manos de las organizaciones nacionalistas más radicales, el vasco es además un instrumento de difusión de sus ideas culturales y políticas. No basta aprender y hablar vasco, hay que "vivir" en vasco. Y vivir en vasco, para algunos, significa saber que uno no es español, sino que es miembro de un pueblo oprimido y ocupado. Vivir en vasco, en esta mentalidad, agresiva y proselitista, significa desarrollar la desconfianza hacia los españoles y las instituciones opresoras, vincularse afectivamente al movimiento y a las instituciones liberacionistas. Los padres que envían a sus hijos a ciertas ikastolas y aun a algunos colegios públicos del País vasco y de Navarra saben perfectamente lo que estoy diciendo. Unos lo aceptan porque participan de las mismas ideas, y otros lo lamentan a veces cuando ya no tiene remedio. Este es el principal instrumento de la revolución vasca en el campo de la cultura, base y fundamento de todo lo demás. Esta manipulación del vasco como instrumento de la difusión de la mentalidad y actitudes independentistas, provoca en los no nacionalistas reacciones diferentes. Una de ellas es el rechazo de cuanto pueda significar una muestra de interés por la lengua vasca aunque no lleve aparejada ninguna intención ni la menor significación política. Yo mismo he tenido que sufrir críticas y protestas, a veces de algunas personas vascoparlantes, por celebrar la eucaristía en vasco allí donde desde siempre el pueblo habla ordinariamente en vasco y se celebran en vasco todos los cultos ordinarios desde tiempos inmemoriales. El vasco, que era una lengua pacífica y entrañable, es hoy, en ocasiones, por culpa de la manipulación política, un verdadero elemento de lucha y de discordia. Es preciso saber sobreponerse a esta situación y seguir apreciando y protegiendo la lengua vasca como lo que es, un tesoro cultural, una seña de identidad de un pueblo y de unas personas, un instrumento de comunicación y una descripción de la realidad y de la vida. Los no nacionalistas no deben caer en la sospecha contra el vasco y contra lo vasco. Si los vascos son españoles hay que reconocer con agrado que la lengua vasca es también una lengua de algunos españoles, una lengua también española, que las instituciones públicas y los ciudadanos tenemos que mirar con aprecio y simpatía. Considerar al vasco como algo advenedizo y peligroso es dar la razón a los que dicen que los vascos no son españoles. El vasco es una realidad cultural muy anterior y muy superior a cualquier idea política, merece estima y protección como una creación cultural de primer orden. Así lo entiende la Iglesia sin ningún reparo a obrar en consecuencia. La Iglesia usa la lengua vasca habitualmente allí donde los fieles la utilizan en su vida ordinaria. No solamente la utiliza sino que la cultiva, la cuida, la inculca con amor y respeto. Sin utilizarla nunca como un instrumento de presión, de imposición o proselitismo. La misión y la vida de la Iglesia incluye la comunicación y la expresión de los afectos más íntimos en la lengua familiar y espontánea del pueblo. Por eso en ella se produce constantemente el milagro de Pentecostés. El nombre y la palabra de Dios son anunciados en todas las lenguas del mundo, sin conflictos, sin divisiones, con la armonía de una sola fe, de un solo amor universal y de una misma esperanza que nos une y nos hermana a todos por encima de todas las diferencias posibles, pequeñas y grandes, verdaderas o ficticias. . 6. La singularidad de Navarra Hablar de lo vasco y de los vascos desde Navarra es doblemente difícil y resulta siempre muy incómodo. Todo lo vasco tiene presencia en Navarra. Ahora mismo hay en Navarra entre un 12 o un 14 % de vascoparlantes. En Navarra tienen una presencia minoritaria pero significativa las instituciones y los partidos nacionalistas e independentistas, y está en marcha una campaña intensa y persistente en favor de la vasquización de toda Navarra. Los partidos nacionalistas dan por supuesta la unidad de todos los territorios que ellos consideran como parte del País Vasco, incluída toda Navarra. Esta pretensión es discutible desde el punto de vista histórico, pero es absolutamente contraria a la realidad en el momento presente. Esta situación provoca reacciones diferentes y contradictorias. Hay navarros que se sienten vascos y son partidarios del independentismo de los vascos, preferirían unirse con los vascos de la CAV aun poniendo en peligro su estatuto político actual. Otros, en cambio, alimentan un rechazo contra todo lo vasco y contra la misma lengua vasca, que antes no existía y que suscita actitudes que pueden llegar a ser contradictorias con la realidad de su historia y de los abundantes elementos vascos de la vida, la cultura y la misma toponimia de la Navarra actual. Estas reacciones dividen la sociedad, enfrentan a los ciudadanos y complican extraordinariamente la convivencia. Está claro que en Navarra, como en las demás entidades políticas y territoriales, no es posible legitimar las situaciones actuales a partir de épocas o situaciones pasadas. ¿Qué momento podríamos escoger como normativo? ¿El momento de la ocupación castellana? ¿Y por qué no antes, cuando Navarra era más extensa, o antes todavía cuando ni siquiera existía Navarra y todo estaba bajo la administración romana o visigoda? El realismo y la prudencia exigen partir de la situación actual, suficientemente legitimada por el refrendo popular y la voluntad efectiva de la inmensa mayoría de los ciudadanos navarros. Resulta además indispensable respetar la voluntad de los ciudadanos navarros ante cualquier pretensión de modificar la situación actual. Actuar de otro modo sería la guerra. Los partidos nacionalistas vascos no son realistas ni facilitan la concordia cuando repiten una y otra vez sus reivindicaciones sobre el territorio de la Comunidad Foral. La inmensa mayoría de los navarros están muy bien como están y no quieren modificar su estatuto político. En la situación actual de Navarra caben perfectamente las legítimas reivindicaciones nacionalistas con un nacionalismo verdaderamente navarro, que incluye también el vasco, la historia y la cultura vasca, así como las relaciones que siempre ha mantenido Navarra con Aragón, La Rioja y los demás pueblos de España. En cualquier caso el independentismo tendría que someterse de verdad a los procedimientos democráticos, sincera y lealmente compartidos. Si algún día los nacionalistas más radicales dejan de acosar la autonomía y el autogobierno de los navarros, Navarra podrá desarrollar con mucha más facilidad unas relaciones institucionales con la CAV proporcionales a las relaciones que mantienen las respectivas poblaciones y que han existido siempre a lo largo de la historia con mil acentos distintos y variadas vicisitudes según los lugares y las épocas. 7. La intervención de la Iglesia. La lucha contra el terrorismo, tal como se ha manifestado en estos últimos tiempos, tendrá que ser objeto de atención para la Iglesia universal y para aquellas Iglesias particulares especialmente afectadas por los golpes o las amenazas del terrorismo. En la actualidad, mirando sólo a nuestro territorio, la Iglesia de España y singularmente las Iglesias de la Comunidad Autónoma Vasca y de Navarra nos preguntamos con viva y aguda responsabilidad qué podemos y debemos hacer para contribuir a la desaparición de la violencia y el establecimiento de la tranquilidad y seguridad de todos en nuestros territorios y en España entera. Al pensar en el terrorismo local y en el internacional, una voluntad sincera de paz tiene que preguntarse también por las causas que han podido empujar a los terroristas a sus actitudes irracionales y fanáticas. No se trata de justificar lo que es injustificable pero sí saber qué es lo que tiene que cambiar en unos y otros, cómo podemos facilitar el cambio de mentalidad de los terroristas y la conversión de sus corazones sin abdicar de nuestros derechos ni condescender en lo que no es atendible. Después de esta larga exposición, podemos preguntarnos con fundamento qué es lo que puede hacer la Iglesia en este complicado mundo de la paz y de la convivencia en el País vasco, en Navarra y en España entera. El Papa nos ha dicho recientemente que no hay paz sin justicia y no puede haber verdadera justicia sin misericordia y perdón. Esta reflexión vale para las personas, vale para los pueblos y también para las instituciones sociales y políticas. Hay una primera respuesta que parece muy sencilla pero que está cargada de interrogantes y exigencias. La Iglesia tiene que denunciar y condenar la violencia, recomendar y apoyar todo aquello que favorezca la reconciliación y la paz. Nadie puede negar esta afirmación dicha así en términos generales e imprecisos. Pero bajando a lo concreto, qué es lo que hay que pedir a cada grupo, a cada participante de la vida social y pública en estos momentos Aquí comienzan las dificultades y los sufrimientos. Es evidente que a los miembros de ETA, a sus dirigentes, militantes y simpatizantes, hay que decirles que dejen de matar, que renuncien a la violencia y a la clandestinidad, que entren en el camino civilizado de las actuaciones democráticas, garantizando el respeto a la vida y la libertad de los demás, lo mismo que reclaman para ellos el respeto a sus propios derechos. A los nacionalistas radicales la Iglesia les dice que las ideas y los análisis marxistas no son verdaderos, ni justos, ni sirven de verdad para fomentar la libertad y la prosperidad de los pueblos. Las ideas y los métodos revolucionarios marxistas, incrustados en los sentimientos populares y nacionalistas pueden ser de momento un motor poderoso, capaces de movilizar y unificar a los pueblos, pero a la larga provocan intransigencias, violencias, graves injusticias que pervierten el orden básico de la convivencia y destruyen aquello mismo que pretenden conseguir. Cuando el ser "de aquí" o "de fuera" es razón suficiente para respetar o no respetar los derechos de una persona, cuando las ideas políticas diferentes justifican o atenúan la gravedad de un asesinato, y estamos cerrando el camino a cualquier proyecto de convivencia justa y pacífica. La exaltación idolátrica de una raza, de un territorio, de un proyecto político, lleva en germen la discriminación, la persecución, la guerra y la muerte. Eso es así y hay que tener el valor de prevenirlo a tiempo. Antes y ahora, la experiencia y la doctrina de la Iglesia, siempre han alertado contra los riesgos del racismo y de los nacionalismos radicales. En el enjuiciamiento cristiano del nacionalismo radical hay un aspecto de la cuestión del que apenas nadie habla. Es su compatibilidad o incompatibilidad con la fe y la vida cristianas. Es indudable que hay cristianos que votan y apoyan a estos partidos. La cuestión está en saber si la ideología, la praxis y las tendencias de aquellos partidos políticos que mantienen posturas nacionalistas radicales, por su naturaleza y su dinamismo propios, conviven fácilmente con la fe y la vida cristiana en una misma persona. Los hechos demuestran que no. Allí donde estos partidos entran y arraigan e imponen su manera de ver las cosas, desaparece pronto la práctica cristiana, la gente deja de asistir a la Iglesia y se prescinde de las celebraciones sacramentales, primero del matrimonio sacramental, y luego del bautismo y de la comunión de los hijos. No siempre es así, pero así es en la mayoría de los casos. Y tiene su explicación. El recurso radical a las viejas tradiciones lleva a considerar el cristianismo como un elemento extraño, añadido, del que hay que liberarse para vivir en puridad la propia identidad. La aplicación sistemática de esta manera de pensar llevaría a un terrible empobrecimiento histórico y cultural, pero esto es otra cuestión. En segundo lugar, y más profundamente, hay que tener en cuenta que, dentro del abertzalismo radical, hay un componente marxista que pone en cuestión los fundamentos de la vida cristiana y aun de cualquier sentimiento religioso. No niego el derecho de las personas a pensar y a vivir según les parezca mejor. Simplemente señalo un hecho que para quienes quieran ser cristianos de verdad, tiene que resultar decisivo. A los nacionalistas democráticos, sean independentistas o no, hay que decirles que no se pueden desconocer los vínculos y responsabilidades comunes con las demás instituciones democráticas en contra de la violencia y de los radicalismos. Valorar más las coincidencias nacionalistas que las coincidencias morales y democráticas en defensa de los derechos humanos es de nuevo una forma encubierta de caer en la idolatría de "los de aquí", es aceptar el juego del racismo y favorecer indirectamente el triunfo de las posiciones radicales y violentas. Hoy el nacionalismo vasco se encuentra ante la necesidad de legitimar su sinceridad democrática, enfrentándose eficazmente contra los partidarios de la violencia en una colaboración sincera con las demás instituciones democráticas. Pretender ganar bazas políticas y grados de soberanismo a cambio de la lucha contra la violencia sería en el fondo hacerse solidarios y dependientes de los violentos. El acercamiento y la colaboración entre las instituciones democráticas es una urgencia apremiante para los partidos nacionalistas y para los mismos partidos constitucionalistas. La defensa sincera y eficaz del derecho de los ciudadanos a la seguridad y a la libertad es condición indispensable para legitimar el ejercicio de la autoridad en cualquier nivel y con cualquier signo político. Esta doctrina es válida tanto en el ámbito nacional como en el plurinacional o internacional. Y esto mismo, desde otro punto de vista, es lo que la Iglesia debe decir a los partidos y las instituciones constitucionalistas. Es cierto que hay que luchar eficazmente contra ETA, es cierto que hay que garantizar eficazmente los derechos fundamentales de los ciudadanos y es cierto que esto requiere la derrota policial de ETA. Pero también es cierto que la paz y la justicia no llegarán del todo mientras no haya una voluntad política eficaz de encontrar una respuesta razonable a las pretensiones más o menos independentistas de la mitad nacionalista de la población vasca. Ellos no pueden imponer sus ideas a los demás por la fuerza. Pero tampoco sería justo no tenerlas en cuenta de ninguna manera. Esta es la dificultad real, la verdadera cuestión política, que no quedó del todo resuelta en la transición democrática y que está esperando la buena voluntad y la habilidad de nuestros políticos para ultimar el establecimiento y la consolidación de las instituciones democráticas en las entrañables tierras españolas de los vascos. La Iglesia no puede decir cómo tienen que ser esas soluciones. Sólo dice que son necesarias, que son también posibles y que tienen que tener en cuenta los derechos verdaderos de todos los ciudadanos, teniendo en cuenta los vínculos históricos y reales de convivencia entre todos los vascos y de los vascos con España entera. Puede ser necesaria la represión policial y penitenciaria, porque la sociedad tiene derecho a defenderse. Pero la solución definitiva sólo vendrá por el camino del diálogo y del entendimiento entre las fuerzas políticas verdaderamente democráticas y deseosas de establecer la paz con amplitud de miras, respetando las opiniones y los derechos de todos, buscando puntos de encuentro y de interés común, sometiendo los puntos de vista particulares y contrapuestos al bien común y al provecho de todos. En más de una ocasión, y desde todos los puntos de vista, será preciso recurrir no sólo a la justicia, sino también a la magnanimidad y al perdón. Habría que dar un paso más y preguntar cómo puede la Iglesia hacer efectivas estas recomendaciones y estos deseos. He aquí lo que yo veo en estos momentos. 1. La Iglesia puede y debe hacer mucho en una múltiple línea educadora. La Iglesia es la autoridad moral más escuchada y más atendida entre nosotros. Aunque nos critiquen, aunque nos marginen en muchos momentos, especialmente en las actividades más puramente religiosas, el pueblo sabe que en el fondo hablamos honestamente, que queremos su bien y que lo que decimos está inspirado en la palabra de Dios, en el mensaje pacificador del Evangelio de Jesucristo, en un deseo sincero de servir al pueblo y de ayudarle a procurar su propio bien. 2. La Iglesia es la primera educadora de las conciencias de muchos miles de ciudadanos, en la catequesis, en los colegios católicos, en las clases de religión, en las homilías, en los miles de pequeñas revistas y numerosas presencias en los grandes medios de comunicación. Por todos estos medios, los Obispos, sacerdotes, religiosos y seglares cristianos tiene que inculcar y promover el rechazo firme y efectivo de la violencia como instrumento político, el respeto a la verdad objetiva de la historia y a los derechos de todas las personas, la tolerancia, el respeto y estima de los diferentes, el deseo sincero de procurar la paz y establecer entre todos una verdadera convivencia con actitudes de respeto, estima y colaboración. Con una exclusión neta de cualquier método violento, agresivo, impositivo, sin dejarse engañar por las argucias de carácter racista y excluyente. Subrayando el valor y las ventajas en todos los órdenes de la convivencia, de la colaboración y de la continuidad justa y dinámica. Son muchas asociaciones las que pueden trabajar en esta dirección. Cuantas más mejor. Pero es indudable que las múltiples instituciones de la Iglesia tienen en este campo grandes posibilidades y también grandes responsabilidades. No me atrevería yo a decir que ahora mismo estamos haciendo en todas partes todo lo que podemos y debemos. La importancia de esta labor educativa es fundamental y decisiva. Por lo pronto, los amigos de la violencia la utilizan intensamente inculcando en los niños y jóvenes, a veces también en los adultos sencillos y receptivos, ideas y sentimientos que justifican, preparan y favorecen la violencia. Muchas actividades de estas tienen los caracteres de verdadera corrupción de menores y no encuentran una réplica adecuada de parte de las instituciones o personas amigas de la paz y de la justicia. Al fin y al cabo, son las ideas y las actitudes mayoritarias del pueblo y de las generaciones las que harán posibles las fórmulas políticas que necesitamos para consolidar la convivencia en libertad y justicia. Si estas actitudes están presentes, las fórmulas políticas serán posibles y eficaces. Si las actitudes correctas no están suficientemente presentes y operantes, las mejores fórmulas políticas fracasarán, desbordadas y trituradas por el fanatismo y la agresividad de los independentistas revolucionarios. 3. Al hablar de la influencia de la Iglesia no podemos pensar únicamente en la acción de los Obispos o de los sacerdotes, hay que valorar y estimular la acción de los cristianos seglares, presentes en todos los entresijos de la sociedad, verdaderos protagonistas de la vida social. Hay cristianos en la educación, en los medios de comunicación, en los partidos políticos, en los sindicatos, en todas las instituciones y actividades sociales. A todos hay que pedirles una posición clara y firme en el rechazo de la violencia y de cualquier colaboración con los violentos y en el apoyo positivo a todo aquello que favorezca sincera y eficazmente la convivencia y el cese de las agresiones violentas a los derechos de los ciudadanos, sin distinciones ni remilgos de orden racial, cultural o político. Seguridad, libertad y paz para todos. No conviene dejar de mencionar y estimular la posible influencia y la gran responsabilidad de las familias cristianas en la educación de sus hijos y en la vigilancia ante los muchos riesgos de mentalización que sus hijos pueden encontrar en los ambientes que frecuentan, colegios, amigos, fiestas, etc. 4. Y con la acción, la oración. Los cristianos tenemos que pedir a Dios el don de la paz con humildad, confianza y perseverancia. Precisamente porque la paz verdadera tiene que nacer de dentro del corazón, de las convicciones y de los sentimientos de las personas, la paz verdadera no llegará nunca sin una acción eficaz de la gracia de Dios que nos ilumine, nos fortalezca y nos mueva a hacer todo lo que está en nuestra mano por los caminos de la justicia y de la paz. Tenemos que pedir a Dios que nos ilumine a todos, que nos dé fortaleza para hacer lo que esté en nuestra mano para poner fin a la violencia. Sin miedo, sin respetos humanos, sin hipocresías ni aspiraciones interesadas de ningún género. No podemos desesperar de la posibilidad de conversión y cambio en los terroristas. Ellos son los primeros que tienen en su mano la posibilidad de la paz. Es más, la violencia no desaparecerá del todo mientras los que la ejercen no reconozcan su error y renuncien a ella definitivamente. Para eso tienen que ocurrir muchas cosas, pero no podemos perder la esperanza de que algún día llegue este milagro. Pedimos por los políticos, para que vean los verdaderos caminos de la paz y tengan el valor y la resolución que hace falta para recorrerlos, con sinceridad y energía, con honestidad y eficacia. Pedimos por las Fuerzas de Orden público, por los amenazados, por las víctimas del terrorismo, por los presos y sus familiares. Todos necesitamos la fuerza del Espíritu de Dios, que es espíritu de verdad y de amor, de universalidad y misericordia. Lo necesitamos todos para salir de nosotros mismos, para salir al encuentro de los demás, para poner la convivencia y la paz por encima de nuestras ideas y aspiraciones. Es curioso, y triste, comprobar cómo muchas personas no admiten esta sencilla recomendación. No quieren rezar por la paz, piensan que es humillarse demasiado, alinearse con unos o con otros, significarse demasiado. En los años de la transición en todas las Misas rezábamos por el reconocimiento de las libertades políticas, por el advenimiento de la democracia. ¿No son más graves los atropellos y las inmoralidades que ahora padecemos? Y sin embargo no tenemos la claridad ni la libertad que entonces teníamos. Muchos están todavía prisioneros de aquellos sentimientos. Piensan que oponerse resueltamente a ETA es volver a identificarse con las instituciones franquistas. No han vivido interiormente los más de veinte años de democracia, no se han liberado de los chantajes y las discriminaciones de los intolerantes disfrazados de demócratas. Algunos no soportan que los cristianos recemos por la paz porque dicen que no estamos en guerra. Piensan que la guerra es sólo el conflicto declarado entre dos partes beligerantes entre sí. Hay guerra cuando no hay paz. Y no hay paz cuando la gente inocente y pacífica no puede salir a la calle sin escolta, cuando hay personas que son tiroteadas por la espalda, cuando muchas personas viven amenazadas y atemorizadas. Es otra clase de guerra, pero es guerra. La guerra de un grupo que quiere eliminar a los disidentes y destruir las instituciones. . 5. Algo que puede hacer la Iglesia como ninguna otra organización y que resulta especialmente urgente en nuestros ambientes es relativizar las diferencias entre personas y grupos, favorecer el diálogo y la comunicación entre aquellos que piensan de manera diferente, luchar contra la fanatización de la política y fomentar la tolerancia. En todas partes se ve que la violencia está preparada y favorecida por un clima de radicalización artificialmente fomentada, que comienza generalmente por obra de los militantes del nacionalismo vasco radical, y a veces se desarrolla por la acción dialéctica de los radicalismos de signos opuestos. Esta mentalización comienza ya, en muchos casos, desde los primeros años de la juventud. Los padres deberían enterarse mejor y tener más en cuenta qué ideología social y política están recibiendo sus hijos, muchas veces de manera encubierta, en los centros o en las líneas de estudio, en los diferentes ambientes que frecuentan. En cualquier caso, los jóvenes y todas las personas en general necesitan esa educación intelectual y moral que les haga ver que vale más la convivencia, la confianza, el respeto y la estima de las personas, que cualquier ideología política. Ninguna invención ni proyecto político puede justificar la desconfianza, la incomunicación, el desprecio o el odio entre personas. Cuando no se dan estos sentimientos en una población determinada, allí crece el virus de la violencia. Donde la fe y el sentido común ponen la tolerancia y la convivencia por encima de las ideologías se mantiene sólidamente la convivencia y la paz. Las divisiones, las incomunicaciones, los insultos y menosprecios demuestran que se han perdido las actitudes cristianas y las ideologías fanatizadas están sustituyendo la objetividad del pensamiento y el sentido común. He aquí un campo urgente de trabajo para los sacerdotes, educadores, agentes de la opinión pública y hasta para los políticos de todos los niveles y de todos los partidos, sobre todo si son o quieren ser cristianos. 6. Además de educar y rezar, la Iglesia y los cristianos podemos y debemos hacer otras muchas cosas. Podemos manifestarnos, crear opinión pública, formar dirigentes sociales y políticos para el día de mañana, apoyar a los que luchan de verdad contra el terrorismo, estar cordialmente con las víctimas, apoyar y acompañar a las familias que han padecidos los zarpazos del terrorismo, visitar a los familiares de los presos y a los mismos presos de ETA. Ellos son también víctimas del terrorismo, víctimas de sus propios sentimientos y a veces de su propia organización. En más de una ocasión he podido hacer revisión de sus convicciones y de sus actuaciones con alguno de ellos. Es preciso estar con los más directos protagonistas de esta guerra para ver sus verdaderas dimensiones, la gravedad de las distancias psicológicas y de la dificultad de entendimiento que se da entre personas que viven materialmente muy cerca unas de otras. Hay que estar con las familias de los asesinados. Muchas veces he pensado que no se percibe la verdadera monstruosidad del terrorismo hasta que no se vive de cerca el dolor y el sufrimiento de una de estas familias heridas por la muerte injusta de un asesinato. Habrá que trabajar mucho hasta recuperar la claridad y la confianza entre los diversos sectores de una sociedad tan dividida y enfrentada como la nuestra. 7. Después de señalar estas posibles actuaciones de la Iglesia, es preciso decir que la intervención de la Iglesia más profunda y eficaz en contra de la violencia y a favor de la paz es simplemente el ejercicio normal y diario de su misión evangelizadora y espiritual, desarrollado con autenticidad y plenitud. Todo lo que la Iglesia hace en la predicación y difusión de la palabra de Dios, en la formación de las conciencias y en la educación religiosa y moral de los jóvenes, en la formación de grupos juveniles, en la atención a la vida familiar de los matrimonios y familias cristianas, en una palabra, todo aquello que ayuda a la gente a vivir en el santo temor de Dios y en el camino de sus mandamientos, es fortalecer el fundamento de una convivencia recta y pacífica, preparar las conciencias para rechazar la tentación de la violencia y favorecer las verdaderas actitudes que hacen posible la convivencia justa y pacífica entre personas y grupos de distintas opiniones y preferencias distintas. Y por el contrario, todo aquello que favorece una vida sin religión y sin moral, todo lo que debilita el respeto a la moral objetiva religiosamente fundada, cuanto debilita el respeto a las personas débiles y excita el deseo intolerante de disfrutar de la vida sin atender a los derechos o a las necesidades de los demás, en definitiva prepara a nuestra juventud para desoir las llamadas a una vida recta y aceptar más bien los razonamientos subversivos, egoístas y hasta violentos, aunque tengan menos argumentos y traigan peores consecuencias que la vida sensata y justa de unas generaciones bien educadas religiosa y moralmente. Esta consideración debería hacer pensar a muchos educadores, escritores, comentaristas y políticos. No se está del todo contra la violencia si no estamos del todo a favor de la justicia y de la virtud, desde el no matarás hasta el amarás a Dios sobre todas las cosas y al prójimo como a ti mismo. Donde está Dios no crece el terrorismo. Y donde crece la inmoralidad se prepara la tierra para que brote la injusticia y la violencia. Esto es así aunque muchos en nuestra tierra no quieran admitirlo. La postura de algunos políticos y comunicadores de izquierdas, que disfrutan criticando a la Iglesia, con razón o sin ella, y que quieren educar a los jóvenes en el menosprecio de la religión, de las tradiciones cristianas y de la moral objetiva, como si éste fuera un camino de libertad y felicidad, me parece gravemente irresponsable y a la larga favorable para el crecimiento de una sociedad egoísta, dura, moralmente confusa y débil, sin recursos espirituales firmes para superar los ataques y la tentación de la violencia. Para muchos democracia ha sido sinónimo de agnosticismo religioso y relativismo moral. No es fácil explicarse la prontitud y unanimidad con que algunos políticos y medios de comunicación critican severamente a la Iglesia y a los eclesiásticos. Hay entre nosotros no pocas personas que piensan que todo iría mucho mejor si no tuviéramos el inmenso patrimonio espiritual que tenemos. Algunas concepciones de la política y de lo político quieren todo el poder para sí y tienen miedo de la presencia mayoritaria de la Iglesia católica en nuestra sociedad y de su posible influencia. No ven que el "poder" que pueda tener la Iglesia, sobre todo después del Vaticano II, es un poder espiritual, un poder que consiste en la credibilidad de su doctrina y de sus enseñanzas morales y religiosas, un poder que es más de Cristo que de la Iglesia. Quieren para sí un espacio limpio de cualquier otra influencia para poder desarrollar su poderío sin cortapisas de ninguna clase. Este pensamiento está demasiado cerca de las aspiraciones totalitarias. La política que no admite el contrapunto de la Iglesia no admite tampoco la autoridad de Dios y se ve fácilmente dominada por las terribles aspiraciones del totalitarismo. Lo mismo vale para los poderes económicos o los imperios mediáticos, que suelen encontrarse en los mismos intereses y en los mismos fines. Las frecuentes y repetidas agresiones a la Iglesia y al orden religioso y moral, han debilitado gravemente la capacidad moral de nuestra sociedad para reaccionar con sinceridad y energía ante la agresión terrorista. Donde no hay convicciones morales claras y firmes, no puede haber tampoco claridad ni energía en el rechazo de nada. No hay verdadera libertad para estar con la verdad y la justicia. Una sociedad sin religión y sin moral es una sociedad moralmente débil y enferma. Una sociedad así no es capaz de defenderse desde dentro de sí misma contra otras posibles deficiencias morales de las que nace y se alimenta el terrorismo. Queremos sinceramente la paz. La necesitamos para que nadie más sea asesinado por sus ideas políticas, para que nadie más sufra secuestros, chantajes o amenazas. La necesitamos para poder vivir en libertad. La necesitamos para poder convivir sin temor a las diferencias, para poder hablar de todo y con todos, para recuperar la alegría de la vida confiada y tranquila. La necesitamos para los jóvenes no sean educados en el odio, para que no crezcan con el resentimiento contra unos pretendidos opresores, para que no sean inducidos al crimen. La necesitamos para que los presos puedan cancelar pronto sus penas y sus deudas. La necesitamos para tener despejado el horizonte, para poder preocuparnos de los que sufren sin culpa suya, para alcanzar las metas de un desarrollo humano y de una sociedad más justa y más feliz, más cercana a lo que el buen Padre del Cielo quiere para nosotros. Este es mi deseo y ésta es mi oración de cada día, una oración a la cual invito a todos mis hermanos: "Señor no nos ocultes tu rostro, danos la alegría de tu salvación, guíanos por el camino de tus mandamientos, bendícenos con el don de la paz".
Pamplona, 15 de enero de 2002 + Fernando Sebastián Aguilar Arzpo. Pamplona, Obpo. Tudela |