Cartas desde la fe |
Homilía en la ofrenda ante Sta. María la Real
Para mí la vida es Cristo. Vuestro orgullo de ser cristianos será mayor a causa de mí. Os pido que lleveis una vida digna del evangelio de Cristo. Los primeros pensaban que cobrarían más. Pero recibieron también un denario cada uno. Hemos soportado el peso del día y del calor. No puedo hacer lo que quiero con lo mío? O es que tienes envidia porque yo soy bueno? Los últimos serán los primeros y los primeros serán los últimos. El Evangelio que hemos escuchado está lleno de enseñanzas. En una primera significación Jesús se refiere a los fariseos que se sienten los mejores y con derechos ante Dios para recibir sus dones y bendiciones en exclusiva. Pero el significado de las palabras de Jesús va mucho más allá de la polémica del momento y tiene enseñanzas muy actuales y muy prácticas para nosotros. La primera es que todo lo que recibimos es don y gracia de Dios. En un plano humano podemos sentirnos personas privilegiadas, tenemos medios de vida, cultura, vivimos en una tierra abundante y en una sociedad desarrollada, tenemos una historia envidiable y un futuro lleno de posibilidades. En cierta manera todo ello es fruto de nuestro esfuerzo, de nuestras instituciones, del trabajo de todos, contando con el legado de nuestros antepasados, y con el esfuerzo actual de muchas personas. Si miramos las cosas más profundamente veremos que cuanto somos y tenemos es don y gracia de Dios. De Dios hemos recibido la vida, de Dios viene la riqueza de nuestra tierra que nos sostiene y nos alimenta, de Dios viene el don de la fe, el amor de nuestros familiares, la fuerza de nuestro cuerpo y las capacidades de nuestra mente y de nuestro espíritu. Si podemos estar satisfechos de nosotros mismos, nadie se puede vanagloriar como si fuera él el origen último de lo que es y de lo que tiene. Este recuerdo de la generosidad de Dios tiene otra consecuencia importante. Precisamente porque los fariseos se creían merecedores exclusivos de las bendiciones de Dios no quisieron admitir que Dios fuera también Dios y Padre de los pecadores, de los pobres, de los extranjeros. Este fue el centro del conflicto que provocó el rechazo de Jesús hasta condenarlo a muerte. En contra de esta religiosidad orgullosa y exclusivista, Jesús hablaba de un Dios que era el Padre bueno de todos los hombres, que ama por igual a todos y que quiere el bien de todos. No quiere decir esto que Dios ame igual a justos que a pecadores, Dios nos llama a todos para que vayamos a trabajar a su viña, es decir, para que salgamos de nuestros pecados y seamos justos haciendo el bien en su nombre. En esta justicia que Dios espera de nosotros entra necesariamente la humildad, la gratitud y la estima de los demás. Para ser verdaderos discípulos de Jesús, hay que comenzar por situarse ante Dios como un hombre humilde y agradecido, que ha recibido gratuitamente todo lo que es y todo lo que tiene. Este sentimiento de gratitud nos llevará a reconocer con gusto la bondad universal de Dios, su amor gratuito hacia todos los hombres, y este reconocimiento nos ayudará a respetar al prójimo, a ayudarle a conocer y vivir con gratitud y con alegría la bondad de este Dios Padre común que nos ama a todos, nos bendice a todos con sus dones, y quiere que vivamos como hermanos en relaciones de fraternidad abiertas y universales. Este hermoso patrimonio de fe y de humanidad lo tenemos siempre presente en la figura cercana y entrañable de la Virgen María. Ella es una invitación viviente y persuasiva a vivir estos sentimientos y a impregnar el conjunto de nuestra vida de esta limpia humanidad que se desprende espontáneamente de nuestra comunicación filial con Dios. Aquí radica el sentido y el valor de la ofrenda que hoy hacéis en nombre de todos los navarros y muy especialmente de los navarros cristianos, que ven en Santa María la Real uno de los símbolos más hondos de su historia y de su identidad personal. Hoy es especialmente importante que valoremos en todo lo que vale la fuerza configuradota y santificadora de nuestra fe cristiana. Un pueblo sin religión es un pueblo sin raíces y sin unidad espiritual. Las circunstancias del momento nos están haciendo ver cómo la diferencia de religiones crea inmensas distancias culturales. Y como la falta de religión y de fe rompe la unidad de la cultura y debilita sus fundamentos más profundos. Defender y proteger la fe cristiana, en el marco de la vida y de las instituciones civiles, sin ofender a nadie ni crear privilegios de ninguna clase, es también una manera eficaz de defender y proteger la consistencia y la salud moral de nuestra sociedad y de nuestra convivencia. De la fe nace un espíritu, una visión del mundo, una manera de relacionarse, una verdadera cultura de la fraternidad, del afecto, de la paz, Nada de está seguro cuando se pierden las raíces de donde nacieron estos sentimientos y convicciones. Pero para mantener los frutos no basta cuidar las ramas, ni el tronco, hay que cuidar también las raíces. Esta es la importante contribución de la Iglesia a la prosperidad y la paz de los pueblos. Esta es también la contribución silenciosa y eficaz de los cristianos desde sus responsabilidades civiles y de sus diferentes puestos de trabajo atendidos con actitudes y criterios cristianos y católicos. Que Santa María la Real, madre espiritual de Navarra y de los navarros, nos bendiga a todos y nos ayude a trabajar eficazmente, desde las diferentes instituciones, y según las características de la vocación de cada uno, a favor de una Navarra próspera y pacífica, enriquecida con el incomparable patrimonio de nuestra fe cristiana, vivida en el fondo de nuestras conciencias, en la realidad entrañable de nuestras familias, en la complejidad de la vida pública y en la abundante riqueza de las actividades culturales, sociales y políticas de nuestra sociedad. Pamplona, 22 de febrero de 2002 + Fernando Sebastián Aguilar Arzpo. de Pamplona, Obpo. de Tudela |