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Cartas desde la fe

 

La Iglesia, hogar de vida

Al ponerme a pensar en la Iglesia, siento ante todo un gran agradecimiento. En ella he encontrado lo más noble, lo más amable, lo más grande de mi vida y de la humanidad. Nací ya en una familia que era Iglesia, donde se adoraba a Dios, se rezaba cada día, en la que los mandamientos de Dios y de la Iglesia eran norma habitual e indiscutible de vida. Todavía Recuerdo la intensidad con que yo vivía la Misa de los domingos de los primeros años de la infancia, cómo me impresionaba ver rezar a mi madre, a mis abuelos. El ambiente de la Congregación Mariana y la honda espiritualidad de mis formadores en la Congregación de Misioneros Hijos del Ido. Corazón de María me ayudaron decisivamente a crecer en el amor a Cristo y a su Iglesia.

Cristo y María son la Iglesia. Cristo es la fuente, la cabeza, el principio. María, a la vez que la Madre, es el pueblo redimido y santo, resumen y modelo de todos los discípulos. En ella está la vida y la belleza de la humanidad entera tal como fue pensada y querida por Dios.

Para mí la Iglesia comienza en Jesús, en su primera familia de María y José, en el pequeño círculo de sus discípulos, de sus amigos, de las santas mujeres que lo acompañaban. De entre estos discípulos salieron los Apóstoles, elegidos para continuar en la comunidad y en el mundo la misión personal de Jesús, para anunciar su palabra, ofrecer su perdón, mantener viva su memoria y dirigir a su pueblo en la vida de la caridad y en el camino de la vida eterna.

La Iglesia es ante todo memoria viviente de Jesús, la humanidad iluminada, purificada y santificada por obra de Cristo, signo e instrumento de su presencia, de su piedad filial hacia el Dios del Cielo, de su amor vivificador y de su perdón misericordioso. En la Iglesia, los cristianos compartimos la experiencia filial de Dios que Jesús tenía en lo más intimo de su conciencia, su piedad, su fraternidad universal y sus buenas obras, su comunión universal y su paz. Con El y como El somos hombres ante Dios y en comunión con todos los hombres, con la creación entera.

Hay muchas maneras de ser Iglesia. En realidad, la humanidad entera es diferente y está llamada a ser Iglesia desde que el Hijo de Dios nació de María como uno de nosotros. Los que todavía no lo conocen son como la familia que ha recibido en herencia un gran patrimonio y han cambiado de situación, aunque no lo sepan todavía Llegará el día en que se enterarán, se alegrarán y le darán gracias.

Los cristianos hemos conocido esta nueva situación, hemos creído en Jesús como principio y cabeza de una humanidad renovada, redimida, engrandecida, santificada: Gracias al testimonio de los Apóstoles y a la mediación de la Iglesia, tenemos la dicha de conocer y vivir los designios de gracia y misericordia que Dios tiene para la humanidad entera.

Un falso respeto a los no cristianos, hace que algunos no se atrevan a decir esto por miedo a parecer arrogantes o excluyentes. Pero para un cristiano es evidente que vivimos en los tiempos últimos de la humanidad, en el estadio perfecto y definitivo, punto de convergencia de todas las demás religiones y de todas las adquisiciones de la historia. Cristo es el principio y el fin de todas las aspiraciones del corazón humano y de todos sus hallazgos y creaciones..

Algo de esto puede quedar velado por nuestros pecados y abundantes debilidades. Por eso es preciso que tengamos la humildad de reconocer nuestras deficiencias intentando continuamente acercarnos a los orígenes y recuperar el vigor y la autenticidad de los primeros discípulos. El verdadero progreso de la Iglesia y el aumento de su credibilidad no viene mediante la acomodación a la mentalidad y a los modos de vivir del mundo, de la humanidad no santificada por Jesús. El vigor y la fuerza de la Iglesia, su credibilidad y su atractivo ante los hombres aumentan a medida que los cristianos vivimos más cerca de los orígenes, más cercanos a la piedad y a la bondad de Jesús, más dóciles a las inspiraciones del Espíritu, adorando y amando a Dios más intensamente, viviendo al estilo de los santos en el Cielo con más sinceridad y eficacia.. No podemos mejorar el evangelio de Jesús, basta con dejarlo ver.

Dos momentos me parecen ahora fundamentales y del todo necesarios en mi vida cristiana y eclesial, la celebración de la Eucaristía que me permite asistir con los Apóstoles al ofrecimiento de Cristo en el Cenáculo y entrar en presencia de Dios de la mano del Resucitado, y la celebración sacramental de la penitencia y del perdón de Dios que me renueva en la inocencia inicial del bautismo, consagrado a la Trinidad Santa y habitado por su gloria.

La vocación religiosa, sacerdotal y misionera me abrió el camino a una inserción total en la Iglesia de los discípulos y los seguidores de Cristo. No he sido un religioso ejemplar y me arrepiento de ello. Desde que soy Obispo he podido vivir la pertenencia a la Iglesia con mucha más intensidad. Al ser nombrado Obispo uno se siente llamado a ser totalmente de la Iglesia y para la Iglesia. Hay que dejar la propia tierra, los amigos, las ocupaciones habituales y preferidas para vivir enteramente disponible al servicio del Pueblo de Dios, en unión y amistad con los demás Obispos, en un sincera comunión con el Papa, cercana, cálida, piadosa y obediente. Doy gracias a Dios de haber podido vivir por dentro la hermosura de su Iglesia. Siento no haberlo hecho más santamente, emulando los ejemplos y el heroísmo de tantos grandes Obispos como ha habido y hay en la Iglesia, siempre y en todas partes.

Hoy, en Occidente, muchos cristianos han desertado de la Iglesia. Aumentan los descreídos y los niños quedan sin bautizar o se acostumbran a vivir sin Dios y sin Iglesia. Muchas familias cristianas han perdido el tesoro de la fe y la dignidad de las virtudes cristianas. En España los que viven en el balcón de la opinión pública se sienten obligados a silenciar los valores y la importancia de la Iglesia. En los ambientes públicos cae bien criticar a la Iglesia, despreciar la ley de Dios, presumir de descreído. Los cristianos vivimos la humillación y el menosprecio que padeció Jesús. Seguramente tiene que se así. Pero, aun con toda la comprensión del mundo, es difícil de comprender la facilidad con que muchos cristianos menosprecian y malbaratan su herencia cristiana, religiosa y cultural. Detrás del abandono de la fe cristiana, verdadera y eficiente, hay un sentimiento confuso, no siempre formulado, de que Cristo y el mismo Dios han podido ser cuentos piadosos y bien intencionados, pero que ya no son necesarios para los tiempos presentes. Los que se dejan llevar de esta cultura secularista, creen sólo en el hombre, esperan que la ciencia, los servicios sociales y la libertad sean suficientes para conseguir la felicidad.

En España muchos creyeron que la democracia traería la verdadera redención y podría sustituir a la religión con ventaja. De hecho, para algunos, todavía los consensos y decisiones del Parlamento son la única fuente de la moral y del derecho. No se dan cuenta de que la democracia es sólo una forma de organizar la convivencia y la participación general en el gobierno. Pero la vida social en democracia necesita motivaciones, objetivos y valores, algo que ella misma no se puede proporcionar con suficientes garantías. Las sociedades democráticas necesitan de una Iglesia clara y vigorosa, que ofrezca a los ciudadanos lo que no pueden recibir de las instituciones civiles y seculares. La vida común en libertad necesita hombres cultos y virtuosos. La justicia interior sólo crece con vigor en la tierra de la religiosidad verdadera y de la piedad. Tengo la impresión de que entre nosotros, esto todavía no ha sido bien entendido.

A esto se añade la pereza y la debilidad espiritual de muchos cristianos que se acomodan demasiado fácilmente a las opiniones y preferencias de los no cristianos. La fe y el mismo Dios quedan medio olvidados entre los recuerdos amables o doloridos de la niñez. En nuestra sociedad hay todavía mucha confusión, algunos cristianos critican a sus Pastores con argumentos de los no cristianos. Otros, que han dejado de pensar y vivir como cristianos, pretenden a veces imponernos lo que la Iglesia tiene que enseñar y vivir. Una distinción más clara entre la Iglesia y lo que no es Iglesia, una noble y serena dialéctica entre la fe cristiana y la cultura del descreimiento serán beneficiosas para todos. Pero ello requiere que alcancemos en la Iglesia niveles algo más altos de conocimiento y estima de la fe, un cumplimiento más diligente de nuestras obligaciones como cristianos, una mayor comunicación y unidad entre nosotros, un comportamiento moral y práctico bastante más coherente.

Estoy convencido de que el crecimiento en el saber y la rectificación moral, que tiene que llegar en un momento u otro, ayudarán a nuestros sucesores a valorar de nuevo la fe cristiana como la columna vertebral de la vida personal y social. El menosprecio del cristianismo que ahora padecemos no es normal, sólo se explica por el deslumbramiento de la reciente abundancia y por el sometimiento de muchos a la opinión dominante, la más fácil, la más rentable. Vendrá el tiempo en que la Iglesia vuelva a ser reconocida y estimada como reveladora del amor de Dios y del destino de la humanidad, semillero de buenos sentimientos y de buenas obras, instrumento permanente de reconciliación y de acercamiento universal.

En estos tiempos de desierto y purificación, la Iglesia sigue siendo memoria de Cristo y anticipación de los tiempos futuros. Así tenemos que pensarlo y agradecerlo frente a las ingenuas pretensiones de ciertos movimientos culturales o políticos que se presentan como monopolizadores del progreso y del futuro. Los cristianos de hoy tenemos que ser la minoría vigilante y decidida que salve el patrimonio de la fe cristiana para las generaciones futuras. Conservar la memoria de Cristo, vivir los dones de Dios, anunciar y difundir el conocimiento y la aceptación de sus promesas es la misión exigente y estimulante de quienes formamos ahora la Iglesia en medio de tanta incertidumbre y tanta deserción. La palabra de Jesús sigue en pie: No tengáis miedo. Yo estoy con vosotros hasta el final de los tiempos.

 

Pamplona, 3 de abril de 2002

+ Fernando Sebastián Aguilar

Arzpo. de Pamplona, Obpo. de Tudela

 
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