Cartas desde la fe |
Para los cristianos que no van a Misa
Los cristianos nos reunimos cada domingo para celebrar la memoria de Jesucristo, su muerte redentora y la gloria de su resurrección, que es la esperanza de nuestra salvación. Esta es la teoría, lo que tendría que ser. Pero la realidad en Navarra es muy diferente. La mayoría de los cristianos jóvenes no van a Misa. Ni siquiera los que van a clase de religión o asisten a la catequesis. Entre los 30 y los 50 años, en Navarra sólo van a Misa el 15 % de los cristianos. Casi todos los navarros se consideran cristianos. Pero no van a Misa. Entre los jóvenes la proporción es muy baja. Entre los 20 y los 30 años, solamente un 5 % de los jóvenes navarros van a Misa asiduamente. Y los que van tienen que soportar frecuentemente las burlas de sus compañeros. Hoy entre los jóvenes navarros, ser religioso es algo así como estar mal de la cabeza. Se puede creer en los astros, en los adivinos, en la magia blanca o negra. Pero creer en Dios y en Jesucristo levanta sospechas. La superstición está mejor vista que la verdadera religión. Es duro pero es verdad. Los sacerdotes, los educadores cristianos, los padres y madres de familia tenemos que examinar seriamente este fenómeno y tratar de cambiar la tendencia. La participación en la eucaristía es el ejercicio primordial de la fe y de la piedad cristianas. Hay en esto una gran confusión. De decir "la Misa de los domingos es obligatoria bajo pena de pecado mortal", hemos pasado a decir"da igual, los que van a Misa muchas veces son peores que los demás", "no me dice nada", "voy cuando me apetece". Es decir, de una religiosidad impositiva y poco fundamentada, hemos pasado al subjetivismo y a un menosprecio devaluación blasfemo de la Eucaristía. La reacción no puede consistir en insistir más en las antiguas consideraciones. Si no hay verdaderos convencimientos y una auténtica valoración personal de la Misa no vamos a conseguir nada. Hoy los mecanismos de la mera imposición , del castigo o del temor no funcionan. Tenemos que despertar en los cristianos jóvenes una estima y valoración personal de la Eucaristía como una necesidad para la propia vida. ¿Cómo? Esa es la cuestión. Primero y principal, desarrollando en nosotros esa misma estima y valoración. Si los jóvenes ven que sus padres no van a Misa, si ven que algunos de sus catequistas tampoco van y todo esto ocurre silencio resignado de los sacerdotes, es lógico que saquen la conclusión de que se trata de algo poco importante. Si le hacen alguna recomendación, lo interpretan como una hipocresía más de los mayores. Primero dar buen ejemplo, sentir, vivir, sacudir la pereza y el respeto humano. ¿Y después? Junto con el testimonio de las personas cercanas y valoradas, los jóvenes necesitan una buena presentación de los valores fundamentales de la Eucaristía. Una buena catequesis y unas buenas explicaciones harán surgir y crecer la estima y la valoración. Con tal de que sean entendidas y personalmente asimiladas. Hay que llegar al terreno de las convicciones personales. Con tiempo, de manera muy personal. La estima de la Eucaristía tiene que apoyarse en unas ideas claras, bien explicadas y comprendidas, sinceramente aceptadas y personalmente asimiladas. Podemos decir que la Eucaristía es la celebración, la presencia misteriosa del ofrecimiento de Jesús en la Cruz, como acto supremo de adoración de Dios, como el mayor gesto de fraternidad y justicia de la historia de los hombres, como la verdadera puerta del Cielo. Naturalmente, para que estas afirmaciones resulten significativas y convincentes tienen que ir precedidas de un buen conocimiento y una fuerte estima de la persona y vida de Jesús, de su palabra, de su significación irrepetible como Hijo de Dios y Salvador de los hombres. Junto con una buena catequesis, hablada y escrita, en la parroquia, en el colegio y en la propia familia, será importante hacer algunas celebraciones en plan catequético, explicando cada día una cosa. Se pueden intercalar explicaciones de dos o tres minutos al comienzo, antes del momento penitencial, antes o después de las lecturas, en el momento del ofertorio, al comenzar el Prefacio y la Anáfora, al final de la misma, antes o después de la Comunión. En vez de organizar con ellos muchas subidas y bajadas en la Iglesia, hay que ayudar a los jóvenes a vivir la Misa por dentro, a entrar en ella con la fe y con el corazón, a rezarla y gustarla personalmente. La Misa de los domingos tiene que ser una Misa parroquial, Misa de la comunidad, con asistencia y participación espiritual de las familias cristianas enteras y de todos los grupos o comunidades de la parroquia. Pero entre semana se pueden celebrar Misas explicadas y compartidas con pequeños grupos homogéneos, con los chicos de la catequesis, con los de los diferentes cursos de los colegios, con un grupo de familias o de jubilados. Todo, menos la inercia y la falsa resignación. Quiero animaros a todos a hacer este esfuerzo de renovación y de apostolado. Un cristiano que vive habitualmente sin la Eucaristía es un cristiano desnutrido, raquítico, condenado a la esterilidad espiritual y a la deserción eclesial y religiosa. Se lo comerá el desierto. Una comunidad cristiana donde la mayoría de sus miembros prescinden habitualmente de la Eucaristía, es una comunidad empobrecida, sin aliento espiritual y colonizada por las ideas y las costumbres de la indiferencia religiosa y del desconcierto moral. Los días de esta Cuaresma pueden ser un buen momento para iniciar este trabajo y comenzar una reacción. Sería un buen programa cuaresmal. Luego tendremos que seguir trabajando hasta vencer el ambiente contrario y cambiar la tendencia. Hasta que nuestros jóvenes sean capaces de ajustar sus horarios y limitar sus entretenimientos en atención a las exigencias de su vida cristiana, de su Eucaristía dominical, de su respuesta convencida de amor y fidelidad a su amigo Jesucristo, el Hijo de Dios que nos ama y nos salva. ¿Nos ayudarán los padres?
Pamplona, 15 de febrero de 2002 + Fernando Sebastián Aguilar Arzpo. de Pamplona, Obpo. de Tudela |