Cartas desde la Fe |
Oremos por la paz
Los cristianos estamos convencidos de que la justicia y la paz son bienes inseparables. Su realización social es fruto de la justicia interior de los corazones y la rectitud de las conciencias. Es evidente que la convivencia pacífica tiene que ser promovida y protegida desde las instituciones del Estado. Es preciso tener en cuenta que la convivencia es también fruto de la educación que las personas reciben desde los primeros años de su infancia en el seno de la propia familia, y más tarde en las instituciones educativas de diferentes niveles y características. Sería un error muy grave no reconocer y apoyar la labor de las familias y de los educadores en esta preparación remota y profunda de la convivencia. Si vamos al fondo de las cosas, tendremos que reconocer que el clima social de justicia y el respeto sincero a la verdad, a la libertad y a los derechos de todos, nacen de las convicciones personales de los ciudadanos y de la determinación de cada uno a ser justo y proceder siempre con rectitud y justicia. Sabemos que las actitudes interiores nacen en buena parte de la conciencia, que es como la voz de Dios que resuena en el corazón de todos los hombres. Pero sabemos también que nuestra voluntad está herida por el pecado, por lo que es débil frente a las asechanzas del mal y con frecuencia encuentra dificultades para hacer el bien. "No siempre hago el bien que quiero, sino que obro el mal que no quiero", nos dice San Pablo hablando de la condición moral del hombre (Rom 7, 19). Por eso la convivencia pacífica y segura, a la vez que fomentada y protegida desde las familias, las instituciones educativas y las diferentes instituciones del Estado, para nacer de dentro de nosotros mismos, requieren la ayuda de Dios, aceptada y correspondida libre y sinceramente por cada uno, con una mentalidad bien formada y una voluntad recta, fundada en la verdad, en el respeto a la ley de Dios, en la justicia y en el amor al prójimo. Movidos por estas consideraciones, desde hace dos años establecimos unas prácticas de oración pública por el fin del terrorismo en nuestra tierra y por la paz del mundo. Al comenzar este curso pastoral nos parece oportuno recordar, recomendar y renovar estas oraciones públicas, a la vez que os exhortamos a todos a pedir a Dios estos bienes tan importantes y necesarios en vuestras oraciones personales. Durante dos años hemos mantenido una Hora santa de Oración por la Paz en una parroquia de Pamplona y hemos exhortado a que hicieran algo semejante en las parroquias de las cabeceras de zona y de comarca. Los Jueves han acudido las diferentes parroquias, grupos y asociaciones a esta convocatoria de oración. Editamos también un formulario para facilitar que en todas las Iglesias de la Diócesis se incluyera una petición por la paz y por el fin del terrorismo en las Preces de los fieles. Los acontecimientos nos obligan a insistir en esta petición. En nuestra tierra siguen las amenazas terroristas y siguen las tensiones y perturbaciones de la convivencia. En varios lugares del mundo sigue habiendo guerras y tensiones sangrientas que menosprecian los mandatos de Dios y atropellan los derechos más sagrados de los hombres, generalmente de los más débiles. Las personas que sufren estas amenazas y estos horrores de la guerra o del terrorismo tienen derecho a esperar de sus dirigentes y de las diversas instituciones del estado que hagan cuanto esté en su mano, dentro de los imperativos de la justicia y de la legalidad, para terminar con las actividades delictivas y establecer un orden justo y pacífico. Pero los dirigentes necesitan la ayuda de la sociedad entera, y todos necesitamos la ayuda de Dios para proceder con acierto y fortaleza en un asunto tan arduo y tan importante. No sería sensato pensar que la oración es inútil en un asunto tan de naturaleza temporal cómo éste. Sólo de Dios nos puede venir la necesaria sabiduría, prudencia y fortaleza. Sólo de Dios puede venir la iluminación interior que cambie los corazones de los terroristas y de quienes colaboran con ellos. Sólo de Dios pueden venir los deseos sinceros de poner los medios para llegar eficazmente a la concordia y a la paz. A la luz de estas consideraciones, os exhortamos a todos a pedir a Dios el fin del terrorismo y el don de la paz en el mundo entero, con confianza y perseverancia. "Pedid y se os dará, buscad y hallareis, llamad y se os abrirá. Porque todo el que pide, recibe; el que busca, halla; y al que llama se le abre... Si vosotros, siendo malos, sabéis dar cosas buenas a vuestros hijos, ¡cuánto más vuestro Padre que está en los cielos dará cosas buenas a los que se las pidan!" (Mt 7, 7-11). Además de lo que cada uno haga en su vida personal, en virtud de mi autoridad pastoral dispongo que, durante este curso pastoral, en todas las Parroquias y Unidades parroquiales, el primer jueves de cada mes, se organice y ofrezca a los fieles una Oración por la paz y por el fin del terrorismo, siguiendo las normas de la Iglesia y aprovechando los materiales preparados por la Delegación diocesana de Liturgia. Además de esto recomendamos que en todas las Parroquias y templos abiertos al culto público se utilice con frecuencia el formulario de la Misa para pedir la paz, según las normas litúrgicas. Por último recordamos que sigue vigente la obligación de incluir una petición por la paz y el fin del terrorismo en las Preces de los Fieles en todas las Misas que se celebren en Navarra con asistencia de fieles. Nuestro Dios es un Dios de paz. Nuestro Dios bendice a su pueblo con la paz. Que El haga brillar la luz de su rostro sobre nosotros, nos infunda su sabiduría, purifique nuestros corazones, convierta a los violentos y nos dé a todos el gozo de una convivencia justa y pacífica. + Fernando Sebastián Aguilar Arzpo. Pamplona, Obpo. Tudela |