Cartas desde la Fe |
Los cristianos y la política
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En
noviembre del año pasado la Congregación para la Doctrina de la Fe, con
expresa aprobación del Papa, publicó una Nota
Doctrinal
sobre algunas cuestiones relativas a la intervención de los católicos en
la vida política. Como es natural, el texto de la Santa Sede se centra en
la clarificación de algunas cuestiones de orden general, que, aun siendo
de carácter doctrinal, tienen en nuestra situación evidentes e
interesantes
aplicaciones posibles.. Pasadas ya las elecciones es buen momento
para invitaros a repasar estas ideas. Graves acusaciones aparecidas
recientemente en alguna prensa recomiendan también estas explicaciones. .
1ª,
La fe cristiana extiende su influencia a todas las áreas de la vida,
también a las actividades políticas. Estas, en la medida en que son
acciones humanas,
tienen que estar reguladas y justificadas por unos criterios
morales. Cuanto se pueda hacer en política,
tiene una dimensión moral, arraigada en la naturaleza misma de las
cosas y regida por la ley suprema del respeto a la dignidad y a los
derechos de las personas. La vida política de un país no puede fundarse
únicamente en el consenso de los diferentes grupos, sin ninguna
referencia moral superior y objetiva. Un pueblo sin convicciones morales
absolutas es un barco a la deriva. 2ª,
Cualquier actividad política, concebida desde una visión cristiana de la
vida, ha de entenderse y realizarse como un servicio efectivo a la
comunidad, con el fin de proteger y favorecer el bien común de todos los
ciudadanos. La búsqueda sincera del bien común es la indispensable
justificación de cualquier institución o iniciativa política.
Este bien común
consiste en la promoción
y garantía de
las condiciones necesarias para que los ciudadanos puedan
desarrollar su vida y disfrutar de los bienes comunes en las mejores
condiciones posibles. En cualquier situación, las instituciones políticas
deben garantizar a todos los ciudadanos, en cualquier situación, el
derecho a la vida y a la educación, a la sanidad, al trabajo y a la
vivienda; la libertad de expresión, la capacidad de iniciativa y
responsabilidad en el proyecto y realización de su propia vida.
La invocada autonomía de lo temporal no significa que la vida política
pueda quedar exenta de la conciencia moral de sus autores. Significa que
no puede ser intervenida por la autoridad religiosa, aunque sí tenga que
ser regulada por la conciencia moral de cada uno teniendo en cuenta el
bien común. 3
ª, La
fidelidad a las exigencias de la moral social cristiana, suscita unas
características y obligaciones comunes en la acción política de los católicos,
independientemente de las preferencias políticas que tengan o de los
partidos en que militen. En el momento presente, las principales
exigencias éticas para el voto y la actividad política de los católicos
son: la defensa de la vida humana desde el momento de su concepción hasta
la muerte natural; la defensa y protección de la familia en todas sus
implicaciones económicas, sociales, culturales y morales, sin equipararla
a otras formas de vida posibles; la defensa de los menores y de los más débiles
o necesitados, como pueden ser los inmigrantes, los sin trabajo, las
mujeres amenazadas, los enfermos crónicos y terminales; la defensa de la
libertad, de la convivencia y de la paz contra todas las agresiones,
discriminaciones y amenazas; la protección de la libertad religiosa; la
promoción de la justicia y la solidaridad entre los pueblos, las
religiones y las diferentes culturas;
el respeto y la defensa de las enseñanzas morales de la ley
natural y de la fe cristiana en la inspiración de las relaciones y
actividades sociales en los diferentes órdenes de la vida. Los católicos
tenemos derecho a promover una política que esté de acuerdo con nuestras
convicciones antropológicas, sociales y morales, siempre por métodos
democráticos y de acuerdo con las exigencias del bien común y de las
libertades civiles.
Negarnos este derecho sería tanto como querer instaurar una política
restrictiva y discriminatoria. Los políticos católicos, estén donde estén,
tienen obligación de favorecer sincera y eficazmente estos objetivos.
Dejar de hacerlo voluntariamente sería una grave omisión. Criticarlos
por hacerlo sería intolerancia y discriminación. 4ª,
A partir de unas convicciones morales comunes, los católicos tienen
verdadera libertad para actuar en política según su mejor saber y
entender y bajo su estricta responsabilidad personal. En estos asuntos,
aun respetando las mismas normas morales, hay situaciones diversas
y no pocos elementos opinables que dan lugar a opiniones distintas y a
proyectos diferentes, todos legítimos, aunque no todos tengan el mismo
valor. No conviene confundir la libertad y diferencia de opiniones y
proyectos con el relativismo o indiferentismo moral. En el orden moral,
como en el técnico y profesional, no todo es igual. Hay unas referencias
objetivas y comunes, y las diversas iniciativas valen más o menos según
respondan mejor o peor a los valores morales comúnmente reconocidos como
garantía del bien personal y social. La idea de que la democracia
necesita desarrollarse en un clima laicista y moralmente relativista no
tiene un fundamento intelectualmente serio y esconde graves peligros prácticos.
La política y los políticos tienen que sentirse guiados y regidos por
unas referencias morales objetivas, superiores a ellos y respetadas por
todos. Lo contrario abre el camino a la arbitrariedad y al autoritarismo
civil, cultural
y moral. 5
ª, Estos criterios no valen sólo para los dirigentes políticos, sino
que iluminan también la intervención de los ciudadanos en la vida política
y en la gestión de los asuntos comunes mediante el ejercicio del voto y
su intervención en la opinión pública. Los votantes tienen que apoyar
con su voto a quienes mejor garanticen los diferentes elementos del bien
común, en sus dimensiones materiales, culturales, morales y religiosas,
según su propia importancia y las urgencias de cada lugar y de cada
momento. Al votar,
cada uno podemos defender nuestros derechos y buscar nuestros legítimos
intereses, pero teniendo también en cuenta el bien de los demás y de
todo el conjunto de la sociedad. El respeto a la verdad, la voluntad
sincera de favorecer el bien general, la defensa decidida de la libertad,
la justicia y la convivencia, en el marco del Estado de Derecho, valen más
que las agrias polémicas, muchas veces más ficticias que reales, o las
luchas y discusiones partidistas interminables. Cuando la política se
enreda en discusiones partidistas,
dejando en segundo lugar las verdaderas necesidades de los
ciudadanos, entramos en un proceso de deterioro que desprestigia las
instituciones políticas y empobrece la vida de la comunidad social. 6
ª, La Iglesia tiene la obligación y el derecho de instruir y animar a
los cristianos para que ejerzan sus derechos y actúen en los diferentes
momentos y niveles de la vida política en conformidad con las exigencias
sociales y morales de la fe cristiana, sin perjuicio de la libertad y del
legítimo pluralismo de los cristianos en materia política, en colaboración
con los demás ciudadanos y sin instrumentar en ningún momento las
instituciones o realidades eclesiales y cristianas a favor de sus ideas o
intereses políticos. A la vista de estas consideraciones cada uno tiene
que ver qué ideas, qué líderes y qué instituciones políticas se
acercan más y atienden mejor, con más garantías y menos deficiencias,
al bien común de todos los ciudadanos según la moral social de la
Iglesia católica. Hay valores de orden moral, que afecta al bien de las
personas, de las familias y de los diferentes sectores de la vida social,
cultural y económica, en donde los católicos tenemos que hacernos
escuchar sin miedos ni titubeos, como puede hacer cualquier otro grupo. Y
todo ello, no para provecho propio sino para el bien integral y general de
nuestra sociedad, actual y futura. Estos mismos valores tienen que
aparecer en la gestión de todos los políticos cristianos
independientemente de los cargos que ocupan y de las instituciones en las
que militen. En definitiva, La fe y la moral cristianas tienen que ser
operantes en todas las esferas de la vida, también en las opiniones y las
actuaciones políticas.
17 de mayo de 2003 + Fernando Sebastián Aguilar Arzpo. Pamplona, Obpo. Tudela |