Cartas desde la Fe |
Más gimnasia, menos religión
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Parece que el Sr. Rodríguez Zapatero se ha
manifestado partidario de aumentar el tiempo dedicado a la gimnasia en los
centros docentes y disminuir el que se dedica a la enseñanza de la religión.
No tengo nada contra la
gimnasia. Lo que no entiendo es por qué hay que favorecerla a costa de la
religión, qué contraposición hay entre una y otra. Dejando aparte los
detalles, vale la pena reflexionar un poco sobre lo que esto significa. Parece que el Partido Socialista en vez de avanzar hacia una
mentalidad más democrática, está volviendo a las antiguas posiciones
del anticlericalismo y de la intolerancia. Es verdad que los socialistas
no aprobaron el reconocimiento de la libertad de enseñanza para la
Iglesia contenido en los Acuerdos entre la Santa Sede y el Estado español.
Pero sí aceptaron esta misma libertad tal como está descrita y
reconocida en el artículo 27 de la Constitución. No sin dificultades,
las cosas marcharon medianamente bien durante los largos años de los
gobiernos socialistas. ¿Por qué ahora vuelven a amenazar con el recorte
de las clases de religión en los centros públicos? ¿Querrán también
suprimir la enseñanza concertada y echar de la escuela pública las
clases de religión como desearían hacer otros partidos de izquierda? Detrás de estas posiciones siguen vigentes dos ideas que merecen un
buen debate público, con serenidad y claridad. La primera es que el
Estado, para ser neutral, debe excluir la religión de las instituciones y
de las actuaciones públicas. La segunda, más escondida, es una visión
negativa de la religión como algo irracional y pernicioso. Vayamos con la primera. Un Estado que no quiere reconocer las opciones
religiosas de los ciudadanos ¿puede considerarse del todo democrático?
Un Estado aconfesional no es un Estado que está contra la religión, sino
un Estado no beligerante en cuestiones religiosas, que no hace suya
ninguna confesión religiosa, pero que reconoce y favorece la libertad de
los ciudadanos para profesar, practicar y exponer públicamente sus
convicciones y preferencias religiosas. Así es como está descrito en el
artículo 16 de nuestra Constitución. Si ahora esta aconfesionalidad se
quiere convertir en la reclusión de la religión al ámbito de lo
privado, bajo un régimen de simple tolerancia o ignorancia,
con la imposición del laicismo en todas las actividades públicas,
nos estaríamos alejando de los consensos constitucionales y regresando a
posturas autoritarias y discriminatorias. Un Estado aconfesional no impone
ninguna opción religiosa, sino que se limita a valorar positivamente la
religión como un factor socialmente positivo y favorecer las opciones
religiosas de los ciudadanos, en proporción a su implantación y a su
significación histórica. Si en una ciudad aparece un grupo suficiente de
musulmanes que pide enseñanza coránica para sus hijos, los católicos
apoyamos esa petición. Pero si el 80 % de las familias españolas piden
enseñanza del catolicismo para sus hijos, negársela es un reflejo
autoritario y discriminatorio. Y vamos a la segunda. Para los cristianos y las personas enteradas en
estas cuestiones, la fe religiosa es un ejercicio insigne de libertad. El
respeto a las diversas posiciones posibles no obliga a reconocer que todas
tengan el mismo valor objetivo. El respeto a la libertad religiosa
necesita el complemento de la obligación moral de buscar la verdad. La
humanidad avanza a medida que descubre la verdad del mundo, la verdad
integral de nuestra vida, también en la dimensión religiosa de nuestra
existencia. La afirmación de la existencia y de la providencia de Dios
tiene un serio fundamento racional que todos pueden percibir y aceptar. La
verdad histórica de Jesucristo sigue siendo una interpelación para
cualquier persona enterada y honesta. El valor humanizador del ideal
cristiano de vida, vivido con coherencia, es un argumento al alcance de
todos difícilmente rechazable. Es explicable que en la larga historia del
cristianismo haya habido errores y pecados. Pero lo que aquí se ventila
no es la coherencia de los cristianos, sino la legitimidad intelectual y
el valor humanizador del cristianismo en sí mismo, de la doctrina y de la
misma persona de Jesús. No sabe uno por qué, en estas últimas semanas la intolerancia y la
agresividad contra la Iglesia y la doctrina católica ha alcanzado niveles
sorprendentes. Algunos lo explican como una estratagema de las propagandas
electorales. Prefiero no aceptar esta explicación. Prefiero unos
dirigentes políticos que hablen con verdad en la difusión de sus
programas y en la captación de los votos. Prefiero unos dirigentes políticos
que respeten sinceramente la madurez de los ciudadanos y sus convicciones
religiosas. Si hay un 80 % de ciudadanos que se manifiestan como católicos,
¿por qué nos ofrecen un proyecto de vida anticatólico y laicista? Si la
mayoría de las familias españolas quieren que sus hijos reciban enseñanza
de la religión católica en los centros públicos, ¿por qué no
respetan, si es que no quieren apoyarlo, este deseo de los ciudadanos? No
hay duda de que los políticos han hecho sus cálculos. Ellos creen que
sus posiciones laicistas les van a dar votos. A lo mejor los católicos
tenemos alguna culpa en esta situación. En los tiempos de la transición política, la Iglesia católica apostó fuertemente a favor de la democracia. Honestamente hay que reconocer que sin esta decisión de la Iglesia española, en estrecha comunión con la doctrina conciliar y la Iglesia de Roma, las cosas hubieran sido bastante más difíciles. Pues bien, desde entonces la Iglesia no ha negado nunca su decisión a favor del ordenamiento democrático de la vida política. Los católicos, obispos, sacerdotes, religiosos y fieles seglares, queremos vivir como Iglesia libre en una sociedad libre, en un Estado sinceramente democrático. Los católicos no debemos entrar en el juego de los conflictos y las incompatibilidades. Nos limitamos a reclamar serenamente nuestros derechos civiles como cualquier otro ciudadano. Si somos capaces de mantener la actitud de consenso que hizo posible la transición, otras muchas cosas serán posibles y podremos esperar un futuro próspero y pacífico. En cambio, si algún grupo influyente y poderoso se empeña en activar las antiguas posturas de rechazo e intolerancia, sobre todo si estas posturas llegaran a condicionar o configurar las actitudes y decisiones de los gobernantes, podríamos poner en peligro cosas importantes. Vale la pena que todos lo pensemos seriamente.
13 de febrero de 2004 + Fernando Sebastián Aguilar Arzpo. Pamplona, Obpo. Tudela |