Cartas desde la Fe |
Convertidos como Javier
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Muchos pueden creer que eso de la conversión es cosa de otros tiempos. Ahora cunde más la idea de que hay que ser uno mismo, de manera casi espontánea, dejándose llevar de sus gustos y aficiones. Pero los hombres no somos así. No nacemos
ya hechos, ni estamos “programados” por dentro como una máquina.
Somos libres y podemos orientar nuestra vida de muchas maneras. Ser libre
es la capacidad de orientar la vida y de hacer en cada momento lo que nos
parezca más verdadero y más justo. Tenemos delante muchos modelos
diferentes. Podemos escoger distintos objetivos que despierten nuestras
energías y dirijan nuestros pasos. “Conversión” es el momento en el cual un hombre o una mujer deciden
de verdad orientar su vida según la enseñanza y los ejemplos de
Jesucristo, buscando en El la
verdad más auténtica de la propia vida. No hace falta haber sido un
“bala perdida”, ni venir de otros mundos. Todos tenemos que definir en
algún momento qué y cómo queremos ser. Todos tenemos que elaborar a
tiempo el proyecto de nuestra vida. Y si no lo hacemos, ya con eso lo
estamos elaborando con materiales de frivolidad y vulgaridad. Por las
secretas galerías de la conciencia y de nuestros sentimientos más
profundos, Dios nos invita a ser de verdad cristianos,
es decir, a ser de verdad discípulos de Jesucristo, semejantes a El, en
el amor de Dios y del prójimo. Un programa muy sencillo lleno de
sorpresas. Un programa que nos asusta. Francisco de Javier vivió a fondo esta
experiencia de la conversión. Tenía sus planes de vida, quería ser un
clérigo ilustre, un buen jurista, un hombre famoso. Era inteligente y
simpático, se le abrían fácilmente todas las puertas. El se resistió a
renunciar a estos proyectos. Pero un día, en 1533, cuando tenía 27 años,
vio claro que la verdad de su vida no estaba en las cosas de este mundo,
lo principal era salvarse para la vida eterna y enseñar a los demás el
camino de la salvación, desde entonces Jesucristo comenzó a ser el
verdadero fundamento y el amor central y poderoso de su vida. “Si Jesucristo vivió y murió por mi
salvación, ¿cómo le estoy respondiendo?” Tres preguntas se clavaron
como dardos en su corazón: “¿Qué he hecho por Jesucristo?” “¿Qué
estoy haciendo por Jesucristo?” “¿Qué
debo hacer por Jesucristo?” Terminó sus estudios, se unió con otros
compañeros y comenzaron a vivir juntos según el modelo de la vida de los
apóstoles y los discípulos de Jesús. Dejaron sus bienes, vivían de
limosna, predicaban el evangelio, enseñaban la doctrina cristiana a los
niños, cuidaban a los enfermos. Y así, andando, se fueron desde París
hasta Roma. Luego le encomendaron el anuncio del
evangelio por el Oriente recién descubierto, y en diez años admirables
llevó el conocimiento de Dios y de Jesucristo hasta las puertas de China.
El entregó su vida entera a Jesucristo, y Jesucristo se la engrandeció y
se la embelleció hasta hacerle ser el Javier admirable que hoy admiramos
y veneramos. Fuera de Jesús y María, nadie nace santo. Pero todos
podemos llegar a serlo. Dios tiene sus planes y proyectos para cada
uno de nosotros. Creer en Jesús, amarle, intentar revisar nuestra vida y
programarla de acuerdo con sus ejemplos y enseñanzas, es el camino
obligado para todos los cristianos. Ser cristiano es precisamente eso,
creer en Jesucristo, bautizarse y sumergirse en El, revestirse de El,
intentando vivir de verdad como un discípulo suyo, siguiendo sus
ejemplos, asimilando y practicando sus enseñanzas, centrando y unificando
nuestra vida en El. Creer en Jesucristo y ser discípulo suyo, es imitarle
en su vivir filialmente delante de Dios y en su apasionada voluntad de
ayudar a todos los hombres a conocer y alcanzar la salvación de Dios. Para llegar aquí todos tenemos que revisar
y rectificar nuestra vida, romper amarras, librarnos de falsos objetivos,
prescindir de muchos criterios dominantes, cambiar de aspiraciones,
renunciar a nuestros propios caminos y entrar por el camino de Jesucristo,
de la Iglesia y de los santos. Eso, exactamente, es la conversión. No puede haber buenos cristianos sin pasar
por esta puerta estrecha de la conversión. Hace falta convertirse para
ser cristiano en el mundo, en la familia, en una profesión, en la vida
consagrada o en el ministerio sacerdotal. Donde Dios quiera y como Dios
quiera. Ese es el resumen y el estribillo permanente de la vida de todos
los verdaderos cristianos, en cualquier estado, en cualquier lugar y en
cualquier momento de la historia. Para el siglo XXI, con tantos egoísmos,
con tantas injusticias y crueldades, con tanta apostasía e idolatría,
con tanta soberbia de la vida y concupiscencia de la carne, hacen falta
cristianos convencidos y convertidos, cristianos verdaderos y libres, que allí donde estén, vivan con el espíritu,
los criterios, las aspiraciones y los sentimientos de Jesús, que iluminen
las cabezas y ayuden a los hombres de buena voluntad a vivir en este mundo
alcanzando ya y practicando las riquezas de la vida eterna, la bondad, la
generosidad y la felicidad de los santos. Una vez más, San Francisco de Javier puede ser un estupendo modelo para los cristianos navarros y para los cristianos del mundo entero en estos años iniciales del siglo XXI. El se convirtió de la tibiera a la fe decidida, generosa y emprendedora. Nosotros tendríamos que hacer lo mismo. Así se lo tenemos que pedir en las largas horas de nuestra peregrinación a Javier, así se lo pediremos a Ntro. Señor Jesucristo, unidos a nuestro Patrón, en el Vía Crucis y en la Misa de Javier.
+ Fernando Sebastián Aguilar Arzpo. Pamplona, Obpo. Tudela |