Titulo2.gif (14196 bytes)

Cartas desde la fe

LA AMENAZA DE LA EUTANASIA

La Conferencia Episcopal acaba de publicar un documento en el que los Obispos denuncian los riesgos de la eutanasia. Os presento las ideas principales.

I. Una campaña engañosa en favor de la eutanasia

En el mundo desarrollado se está librando una "lucha" por el reconocimiento social y legal de la eutanasia. Hay que respetar la conciencia de las personas, santuario en el que cada uno se encuentra con la voz de Dios. Pero no se puede negar la existencia de una batalla jurídica y publicitaria con el fin de obtener el reconocimiento del llamado "derecho a la muerte digna". Es esta postura pública la que tenemos que enjuiciar y denunciar como equivocada en sí misma y peligrosa para la convivencia social.

No es cierta la impresión que se da de que las personas que padecen alguna deficiencia estén deseando terminar con su vida. Lo normal es que estas personas deseen vivir y esperan la comprensión y la ayuda necesarias de los sanos para superar las limitaciones que padecen. Ellos ni son ni se consideran a sí mismos seres indignos de vivir. Pero una de las argucias de la lucha por el reconocimiento social y legal de la eutanasia es precisamente ésa: hacer pasar por normal y común los casos extremos y extraordinarios.

Tampoco es cierto que la eutanasia sea un progreso en la historia de la humanidad. Era ya conocida y practicada por los antiguos. El verdadero progreso, aportado por el cristianismo, fue el de reconocer el derecho a vivir de las personas incapacitadas y el desarrollar en los demás las actitudes morales necesarias para ayudarles a vivir.

II. La eutanasia es un grave mal moral

Para entendernos debemos tener en cuenta que cuando hablamos de eutanasia nos referimos a la acción cuyo objeto es causar la muerte a un ser humano para evitarle sufrimientos, bien a petición de éste, bien por considerar que su vida ya no merece ser vivida ni mantenida.

Así considerada, la eutanasia es siempre una forma de homicidio, pues implica que un hombre da muerte a otro, ya mediante un acto positivo, ya mediante la omisión de la atención y cuidados debidos.

Esta eutanasia propiamente dicha resulta aceptable para algunos a causa del extendido individualismo y de la consiguiente mala comprensión de la libertad como una mera capacidad de decidir cualquier cosa con tal de que el individuo la juzgue necesaria o conveniente.

La existencia humana es vista y querida una mera ocasión para disfrutar. No faltan los falsos profetas de la vida "indolora" que nos exhortan a no aguantar nada en absoluto y a que nos rebelemos contra el menor contratiempo. Cuando ya no se puede disfrutar de la vida, la única salida razonable sería el suicidio, directo o asistido. Estas son las verdaderas recomendaciones de la eutanasia.

Los cristianos sabemos de dónde viene el valor de la vida. El ser humano, creado a imagen de Dios, es capaz de relacionarse personalmente con Dios y de vivir libremente en alianza con El por toda la eternidad. Todo ser humano tiene, por eso, una misteriosa dignidad divina. Cada persona vale por sí misma, independientemente de las circunstancias buenas o malas en que viva. Cuanto más débil aparezca más digna es de nuestro respeto y ayuda.

El "no matarás" (Ex 20, 13) se refiere también a la propia vida. El quinto mandamiento del Decálogo expresa en forma normativa que la vida del ser humano no está a disposición de nadie, pues no es propiedad exclusiva de nadie, sino don de Dios.

La experiencia y la sabiduría humanas, entienden, por lo general, que la vida pertenece a esa clase de bienes intocables que no podemos negociar con nadie, ni siquiera con nosotros mismos: esos bienes que tienden a identificarse con el misterio mismo de la existencia y de la dignidad humana.

III. El mal moral de la eutanasia compromete la vida social.

La aceptación de la eutanasia trae muy malas consecuencias. Cuando las leyes permiten la eutanasia, poco a poco se va haciendo normal que los sanos y fuertes dispongan de la vida de los enfermos y decidan cuando ya no tienen derecho a seguir viviendo.

La aceptación social y legal de la eutanasia genera una presión intolerable sobre los ancianos, los discapacitados o incapacitados y sobre todos aquellos que, por un motivo u otro, pudieran sentirse como una carga para sus familiares o para la sociedad. Ellos mismos terminan pensando que no son dignos de vivir a costa del sacrificio de los demás.

El reconocimiento legal de la eutanasia conduce a un modelo de sociedad dominada por el egoísmo, sin amor, sin generosidad, sin sacrificio de los unos por los otros. Una vida organizada así termina con la riqueza interior de las familias y hace crecer el miedo y las sospechas en lo más sagrado de la vida y de las mismas instituciones sanitarias y sociales.

Ante la realidad innegable del sufrimiento la verdadera respuesta cristiana es el amor, la generosidad, la atención y la ayuda al que sufre y necesita de nosotros. Hoy la ciencia tiene suficientes recursos para luchar contra el sufrimiento y evitar situaciones límites que resultarían intolerables para el enfermo. El verdadero reto actual es el de ayudar a vivir con dignidad y suficiente felicidad a los ancianos, a los discapacitados, a todos los que tienen mermadas sus facultades. La verdadera respuesta es el amor.

El servicio amoroso a los necesitados pone a su disposición los recursos de los sanos, aumenta las posibilidades de vivir de los enfermos, estimula sus deseos y sus esperanzas.

A la vez, el amor hace el milagro de enriquecer moralmente la vida de quien los atiende y se sacrifica por ellos, aumentando el gozo y la felicidad de todos. La fe en Dios y la esperanza en sus promesas de vida eterna hacen posible esta maravilla, mucho más humana que la gélida sociedad de la muerte programada.

Fernando Sebastián Aguilar
Arzobispo de Pamplona y Obispo de Tudela

 
Volver al índice de cartas (1997-1998)
 
Volver a Cartas pastorales
 
Volver a Documentación