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Homilía en la Solemnidad de San Saturnino
29 de noviembre de 2005
Año tras año nuestra Ciudad celebra con gran solemnidad la fiesta de su patrono San Saturnino. Se cierran los comercios. Sacamos la imagen del Santo en procesión y luego nos reunimos para celebrar solemnemente esta Eucaristía con asistencia de los ediles de la ciudad, con alegría y regocijo de nuestros paisanos. Todo esto está muy bien. Con una condición. Que lo hagamos de verdad.Estas fiestas y esta alegría serán verdaderas mientras la conmemoración de la fiesta de San Saturnino y de su significado para nosotros sea de verdad la causa de la alegría de estas fechas. La tradición nos señala a San Saturnino, primer Obispo de Toulouse, pregonero del evangelio y mártir, como el primer predicador de Jesucristo en la Pamplona romana del siglo III ó IV. Desde entonces la fe en Jesucristo ha sido fermento de transformación personal, social y cultural para nuestro pueblo. La mejor manera de celebrar esta fiesta sería avivar nuestra fe en Dios y en Jesucristo, valorar esta fe como el tesoro más grande nuestra vida, hacer todo lo posible para que nuestros jóvenes encontraran en Jesucristo la verdad y las mejores ilusiones de su vida. Los cristianos de hoy somos conscientes de que vivimos tiempos exigentes que pueden ser también especialmente fecundos. Nuestra sociedad es una sociedad libre y diferenciada, en la que convivimos cristianos y no cristianos, creyentes y ateos o agnósticos. Las diferencias no tienen por qué ser causa de conflictos, pero sí tienen que ser tenidas en cuenta. Una sociedad abierta y pluralista requiere de todos una mayor claridad en su propia identificación. Cada uno tiene que saber quién es y cómo se sitúa frente a las opiniones de los demás. Cada uno tiene que tener claras las razones de sus propias convicciones. Y cada uno tiene que tener la libertad y la coherencia suficiente para vivir y actuar de acuerdo con sus propias convicciones, en el marco de las leyes comunes y con el más exquisito respeto a las opiniones o profesiones de los demás. Contra una sociedad uniformemente laica, con un laicismo impuesto a la fuerza, en la que la fe de los cristianos fuera ignorada por las instituciones públicas y recluida a la vida privada de los creyentes, nosotros defendemos la legitimidad de una sociedad en la que la vida y las instituciones publicas tengan en cuenta y reflejen la pluralidad religiosa de los ciudadanos. Una sociedad no hecha a la medida de ninguna ideología, sino a la medida de las convicciones y de la vida real de los ciudadanos, también a la medida de sus convicciones religiosas, como fruto del ejercicio de la libertad religiosa de los ciudadanos y parte importante del patrimonio cultural y espiritual de la sociedad entera. Hace años que en España alcanzamos un consenso plasmado en la constitución que nos permite vivir sin discriminaciones ni tensiones por razones religiosas. En el momento presente parece que algunos grupos pretenden trasladarse a épocas anteriores al consenso constitucional para justificar unas descalificaciones que nos podrían llevar de nuevo al enfrentamiento entre católicos y laicistas. En estas circunstancias, los católicos no debemos alterarnos ni inquietarnos. En estos momentos los cristianos sabemos cómo profesar y vivir nuestra fe en el marco de una sociedad pluralista, sin el apoyo de ningún privilegio legal. La verdad y la fuerza salvadora de nuestra fe están por encima de todas las vicisitudes políticas. La Iglesia viene de Dios y se apoya en la fuerza del Espíritu Santo. Los cristianos tenemos que fundamentar nuestra fe en el amor y seguimiento de Jesús. El es nuestra Fuerza y nuestra Salvación. La verdad de la Iglesia se mueve en unas dimensiones del ser humano bastante más profundas que aquellos niveles de la vida en los que se mueven las actividades sociales y políticas de cada momento. En estos momentos de cierta dificultad, los católicos tenemos que ser ejemplo de libertad, serenidad y firmeza. No necesitamos ningún privilegio legal para profesar y vivir nuestra fe. Nos basta un reconocimiento sincero y neutral de la libertad religiosa. Nos basta que las instituciones políticas, independientemente del partido que esté en el gobierno, respeten y favorezcan el ejercicio de la libertad religiosa de los ciudadanos sin hacer ninguna discriminación en favor ni en contra de los católicos, de los miembros de otras religiones y de los laicistas o agnósticos.
En esta situación de libertad, pluralismo, neutralidad y tolerancia, los católicos hemos de mostrar la verdad de nuestra fe y el potencial humanizador y salvador de la persona y del mensaje de Jesús, con la fidelidad entusiasta a nuestra fe, con la coherencia de nuestro comportamiento y la fecundidad de nuestras buenas obras. ¿Qué argumentos convincentes puede haber contra la religión de Jesús, el Hijo de Dios hecho hombre, que vivió haciendo el bien y ofreció su vida por nosotros amando y perdonando? Hace pocos días aparecían en la prensa las opiniones de algunos personajes de la izquierda que reconocían que la Iglesia era digna de subvenciones a cargo de los fondos públicos por sus muchas actividades sociales difícilmente asumibles por la administración. Un verdadero sentido democrático tendría que hacerles reconocer que también las instalaciones estrictamente dedicadas al culto y al ejercicio de la religión merecen apoyo público si las consideramos como nacidas de la libertad de los ciudadanos creyentes, al servicio del bienestar espiritual de quienes las utilizan y aun de toda la sociedad. La consolidación de nuestra democracia requiere que se terminen las reticencias respecto de la presencia de la Iglesia en nuestra sociedad, considerando la religión como parte del bien común y del derecho de los ciudadanos que el Estado tiene que tutelar. Con un corazón abierto pedimos hoy a nuestro Patrón San Saturnino que esta fe cristiana que él predicó a nuestros antepasados se conserve viva y fecunda enriqueciendo la cultura y la vida de los pamploneses y de los navarros del futuro, que sepamos vivirla con modos adecuados a los nuevos tiempos para que sea fuente de tolerancia y respeto, garantía de libertad y de paz en una sociedad verdaderamente civilizada que sea la obra y la casa de todos, sin imposición, descalificación ni exclusión de nadie. |